El ritual (Fragmento del libro inédito Muchachos de los Canarreos)


En el Cuerpo de Guardia de la escuela depositan todos los días los periódicos. Luego lo ponen en una tablilla al alcance de los interesados. Cada diario tiene su tabloncillo. Pocos alumnos vienen a leer el periódico. «No saben lo que se pierden. Deja ver primero los titulares. Esta información me interesa. Déjame ver la cartelera de cine. Esta película me importa. Hoy mismo la voy a ver. Déjame marcarla con el lápiz. Un círculo rojo, así está bien», digo para mí.
–¿Qué, otra vez leyendo la prensa?
–¡Ah, Ángel, que haces ahí!
–Nada, te vi ahí y vine a invitarte a ir a la heladería.
–No, hoy no puedo. Tengo otros planes.
–Sí, me lo imagino. Vas al cine.
–Mira, en este periódico del 2 mayo aparece una nota sobre la inauguración de la emisora de Santa Cruz.
–Deja ver…
Sigo el ritual de cada mediodía. Un profesor me ausculta de reojo pero no le presto atención. El hombre también todos los días va en busca de noticias. Es normal verlo ahí.
Camino hasta la puerta. El profesor ocupa el asiento que segundos antes yo había abandonado.
Unas horas más tarde, en el atardecer, me escabullo por una ventana rota. Es el aula de Artes de Pesca. Unas redes prenden del techo, ondeando del extremo de cordeles y cubren las paredes fijados con tornillos galvanizados. Son redes nuevas tejidas con hilo de caprón. Salgo a la calle. Camino con paso rápido pero sin correr por una calle desolada, solo salpicada con una luz tenue del alumbrado público. Una parada más allá de la escuela abordo la ruta 65. Me dirijo al Cine Payred.
A las diez de la noche regreso a la escuela. Entro por el mismo sitio por donde había salido. Camino de puntillas por encima de las redes de pescar como temiendo que alguien me descubra. Pálido, doy vueltas por el aula en penumbra con paso furtivo. De pronto alguien enciende la luz.
–¡Instructor!
Emerge de la oscuridad como una aparición. El corazón me late aún con más fuerza.
–¿De dónde tú vienes? ¿Quién te autorizó salir de la escuela, David?
–Yo… Yo…
–Sí, si, tú… ¿Tú qué?
–No, mire, profesor, yo sólo vine a recoger una ropa que cayó de allá arriba, desde la ventana del apartamento.
–Usted miente. Vamos al puesto de guardia. Usted viene del cine Payred.
–¿Del cine, qué? No, profesor, yo vine a…
–Le demostraré que usted no dice la verdad.
Me lleva al puesto de guardia. Busca la tablilla donde aparecen los diarios.
–Mire, aquí en este periódico del 2 de mayo, usted circuló los estrenos de películas. Y hoy había un buen estreno en el Payred. Y si reviso bien sus otras fugas, coinciden con estrenos de películas que usted marcó en estos periódicos.
–Miré profesor…
–Espero que sea la última vez. Mañana me buscas en la dirección. Allá continuaremos esta conversación.
Sin decir nada a mi hermano y amigos preparo la maleta de madera que yo mismo había fabricado. Separo los libros que son de la escuela. A las 8 de la mañana me presento en la dirección. «Seguro me expulsan de la escuela». Pienso. La presencia del director afianza mi presentimiento. Decido esperar la descarga sin decir una palabra. Suficientes pruebas tienen en su poder para expulsarme de la escuela. Por menos motivos ya habían regresado a muchos alumnos. Y yo no iba a ser una excepción. «Este puñetero hábito de marcar el periódico y esta inmoderada devoción por las películas». Digo para mí.
Sólo se me ocurre decir los buenos días.
–Mire, compañero Julio, este es el alumno del que le hablé. Él de los periódicos.
Julio Cárdenas, el director me mira de pies a cabeza sin decir una palabra. Me observa con dudas.
–¿Estás seguro?
–Perdón, director. El profesor tiene toda la razón, yo me hago responsable… –digo con humildad.
–No cabe duda, director, él es el que marca los periódicos con un lápiz rojo.
Experimento la amargura del error como una culpa. Espero las palabras sentenciosas: «Recoge tus cosas que te llevaremos a la Terminal para regresarte a tu casa».
–Estoy dispuesto a asumir la responsabilidad. Pero…
–Sí, director. Este es el hombre que se hará cargo de buscar en el ICAIC las películas que vamos a proyectar todas las semanas. Es el que más conoce de títulos de filmes. Lee todos los días el periódico. Está muy bien informado. –dice el profesor haciéndome un guiño.
Al escuchar las palabras del profesor me regresa el alma que se había ido. «¡Mí madre, me libré de ésta!».
Le cuento la historia a mi hermano Manuel.
—Usted sí tiene suerte.
Manuel es mayor que yo. Siempre está inventando historias, en las que él, por supuesto, es la principal estrella del espectáculo. Fingía magistralmente. Para que las historias sean “creíbles” está obligado a aumentar su edad. Santiago Lastre le pregunta:
–Mano, ¿qué edad tú tienes?
–A ver, a ver…
Se queda pensativo y no responde.
–Porque de acuerdo a las narraciones usted debe rondar los 100 años.
Todos reímos menos él.
–Les puedo decir que fui timonel de un buque mercante. Conozco todos los océanos y el Mar Caribe.
Nos cuenta que sus novias residen en La Coloma, La Habana, Cienfuegos, Trinidad. Es cierto que estudió en una escuela allá en Caguama, Varadero. Pero lo demás es fruto de su invención: tal vez lo escuchó a otra persona o lo leyó en algún libro. Yo no puedo decir que Mano es tres años mayor que yo.
–Si alguien se entera de mi edad, te mataré a golpes.
Mano tiene una escritura casi perfecta, y además un talento excepcional para las artes plásticas, pero mi hermano no los desarrolla. Nació para ser pescador.

Capítulo 1: ¡Soñar despierto!

Capitulo 2: Haz lo que digo…

Capitulo 3: Los Guachos

Capitulo 4: El ritual

Capitulo 5: Si demoran se les muere

Capitulo 6: Rajado, ni muerto

Capitulo 7: La fragancia del mar

Capitulo 8: Magnitud de coral

Capitulo 9: ¡Muchacho al agua!

Capitulo 10: La felicidad se va

Capitulo 11: Un enjambre de mosquitos

Capitulo 12: El Sargento

Capitulo 13: Temporal en alta mar

Los siguientes capitulos no están disponibles en  este blog

Capitulo14: ¡Un día detrás de otro!

Capitulo 15: Proa a una Isla Mágica

Capitulo 16: La fuerza del amor

Capitulo 17: Las Picolinas

Capitulo 18: Ojeada centellante

Capitulo 19: ¡La caldera del Diablo!

Capitulo 20: Peces ciegos (Solo disponible un fragmento)

Capitulo 21: Carnada para tiburones

Capitulo 22: La confianza

Capitulo y final  23: El pretexto



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