La fragancia del mar (Fragmento del relato Muchachos de los Canarreos)

Como el mar es el alma: Un oleaje/

La remonta hasta  el cielo: otro la lleva/

Hasta el siniestro abismo: El sol colora/

Cuando el mar cielo arriba la ola empuja,/                       

Los Claros pliegues y las cretas blancas:

Cuando se hunden en la sirte, rugen.

Revientan y oscurécense las olas— José Martí.

Con la llegada de un nuevo día recibimos también la buena nueva. Se corre la noticia de que nos tienen una sorpresa. Ciertamente, en el espacio de pocos meses hemos vencido tanto la etapa de preparación teórica como política.
–Oye, David, veo mucho movimiento de gente hoy. ¿Qué pasará?
–Lo de todos los días, Miguel.
–No, .no, no. Lo de todos los días no. Porque los instructores están muy amables hoy. Nos han dejado el día libre.
–Si, pero dijeron que debemos estar localizables. Que no podemos alejarnos mucho de la escuela. ¿Qué será? si ya terminamos la preparación técnica y política.
–Mira, mira, David, David, por ahí viene el director.
–No, Miguel, yo lo vi salir temprano. Él no debe estar en la escuela.
Efectivamente, ahí está Julio Cárdenas, el director de la escuela. Es un hombre, delgado, maduro, responsable… Aparenta alrededor de 35 años de edad. Es una persona quemada por el sol y el salitre del mar. Sus  manos tienen callos y su piel es trigueña. Las palabras del directivo me sustraen del abismado:

–¡Compañeros! ¡Compañeros! ¡Muchachos! Atiendan acá. Escuchen por favor. El Departamento de Capacitación del Instituto Nacional de la Pesca nos orientó seleccionar a los alumnos con mejores resultados docentes para iniciar las prácticas de marinería en Cayo largo del Sur. Allí van a superarse. Con ustedes también viajarán los profesores de las asignaturas técnicas. No todos podrán marchar. Hemos seleccionado sólo dos grupos.
« Yo no estoy en la lista del primer grupo. Pero no voy a regresar al pueblo como un rajao. ¿Qué van a decir la gente de allá y el viejo Vicente Sánchez que confía en mí? Si no estoy en la relación me mandarán para Santa Cruz».
–¡Oye David!, ¡tú no apareces en la lista! –me dice Miguel preocupado.
–Vamos a esperar, aún el director no ha terminado. Dicen que son cuarenta y dos. Oye, tú si que tienes suerte. Estás entre los primeros en mencionar. Claro es por orden alfabético.
–Oye, anímate. Te veo impaciente. ¿Qué te pasa? ¿Por qué te sudan las manos? ¡Escucha! ¡Escucha! ¡Estás en la lista!
–¡Al fin me enfrentaré al mar! Sí, porque en Santa Cruz del Sur nunca nos separamos más de diez millas de la ribera. Ahora sí vamos a saber lo que es el mar en Cayo Largo.
–¡Caballero, recojan que nos vamos!
La voz recorre las ocho plantas como un rayo de luz.
–¡Recojan que nos vamos!
–¿Qué pasa? ¿Para dónde vamos? –pregunto.
–¡Apurase que las guaguas ya llegaron!
Los ómnibus que nos conducirán hasta el Surgidero de Batabanó esperan por nosotros. En la recepción del edificio 54 se destaca la foto de Carlos Adán Valdés y un almanaque con un buque pesquero donde se marca el miércoles día 9 de octubre de 1968. Le propongo a Miguel:
– Miguel, tenemos que aprovechar ahora para despedirnos de las muchachitas. Pero tiene que ser rápido. Ya las guaguas están ahí.
–No hace falta, David… Mira, Mira ya vienen por ahí. Vaya, tu amiga Gely te está llamando.
Las amistades que habíamos hecho en La Habana del Este están alrededor del ómnibus para darnos la despedida. Hablamos poco, pero a medida que se aproxima la hora de la salida se rompe el silencio denso. Nos intercambiamos algunos objetos como muestra de cariño.
–Recuerden escribirnos en cuanto lleguen, muchachos.
–Nos veremos dentro de seis meses…Esperen cartas –le dije a Gely…
–¡No dejen de escribir!
Nos despedimos de las muchachas y los muchachos en medio del mayor entusiasmo.
Partimos hacia el Surgidero de Batabanó buscando el suroeste. Recorremos un largo tramo de frondosa vegetación y maravillosos paisajes de grandes arboledas. Entramos a una zigzagueante carretera. El ómnibus que viene delante del nuestro se detiene. Mantiene las luces encendidas y los intermitentes activados. El Instructor se pone de pié.
–Oiga, chofe, ese cacharro desde que salió viene fallando. Yo sé un poco de mecánica, si usted quiere – se ofrece uno de los nuestros.
El chofer de nuestro ómnibus aminora la velocidad y aplica los frenos.
–¿Qué sucede? ¿Qué le pasa a esa guagua? –pregunta al otro conductor.
–¡Este cacharro viene fallando! —responde molesto.
El chofer de nuestro ómnibus se baja.
–Vamos a ver. Aquí parece que hay un mecánico que viene a darles una mano.
–Claro, dile que venga. ¡Ah! Ya estás aquí.
–Vamos a ver. Chico, eso es el carburador que está tupido. Vamos a limpiarlo.
–¿Tú crees que sea el carburador?
–Completamente seguro.
– Bueno, vamos a limpiarlo.
Limpian el carburador.
–¡Ya está! Dale, arranca.
–Menos mal que todo se solucionó.
Para satisfacción de todos se escucha el motor ronronear. Hemos perdido alrededor de media hora. Proseguimos el viaje.
Cincuenta y cinco minutos más tarde llegamos a Ñancahuazú. Todos nos asomamos por las ventanillas del ómnibus para observar al poblado que asume el nombre de la comunidad mencionada por el Che en su diario. Más tarde dejábamos a la izquierda a Batabanó, pero el otro ómnibus decide entrar al poblado. Onelio me toca con la punta de los dedos.
–¿No sientes el olor a mar?
–Si, claro.
–Estamos llegando al Surgidero.
–Ya se respira un ambiente salobre –digo a Onelio.
Pasada las diez de la noche hicimos nuestra ruidosa entrada a la pequeña comunidad pesquera. El centro está bullicioso aún envuelto en los sonidos de una demarcación que está de fiesta; con plácidos olores a comidas marinas, a lechón asado y a cerveza. Por las calles, la gente va y viene con botellas de cerveza en las manos. Un hombre, enmascarado, nos brinda cerveza en un orinal.
–Oiga, compañero, ¿qué es eso? –pregunta Onelio.
–¿Qué tu piensa, que es otra cosa? Muchacho eso es un chorizo.
Todos reímos, aunque no aceptamos la invitación. Pero agradecemos el gesto y lo aplaudimos.
–Oye, ¿tú no eres de la playa de Santa Cruz? –me pregunta el enmascarado.
–Quítate la mascara. ¡Ah, claro, tú eres Joseito…! ¡Qué casualidad!
–Yo a ti te conozco desde que eras un niño. De verdad, ¿quieren cerveza?
–No, gracias. Otro día, compadre. Ya tenemos que irnos.
–Vamos muchachos, que ya nos están llamando. Hasta luego compañero –dice Miguel.
Desde el ómnibus percibimos la fragancia del mar, el efluvio de los barcos y la humedad características de las costas cenagosas. Todas estas emanaciones se entremezclan con las bellezas y encantos del Surgidero.
–¡Qué es esto!
–Son pequeños canales para regar los campos de arroz –responde alguien.
La naturaleza ha favorecido estos terrenos comúnmente llanos y muy fértiles, con los ríos Santa Gertrudis, San Felipe, San Juan, Pacheco y Guanabo.
Transitamos lentamente por las calles del Surgidero. Apreciamos la emblemática iglesia y el hotel Dos Hermanos, desde donde se escucha el golpeo suave del oleaje contra el espigón. El aire del sur, fresco y agradable, riza las suaves olas que se deslizan y besan el muelle. Llegamos al embarcadero. La noche ahora está cerrada y la iluminación escasa. No podemos distinguir los nombres de dos barcos que nos esperan para zarpar.
Nos recibe un hombre alto e indiano. Nos da las buenas noches. El compañero no es otro que un funcionario del Ministerio de la Pesca. Mira el reloj con impaciencia.
–¿Ya están todos?
–No, compañero. Falta una guagua. Parece que se averió otra vez.
–Entonces esperemos que llegue el otro grupo. ¿Ustedes, cómo están?
–Estamos muy bien, compañero.
–¿Usted vive, aquí, en el Surgidero? –le pregunta Onelio.
–Actualmente no, pero me crié aquí. Procedo del mar. Esa es mi verdadera vocación.
–Pero usted es bastante joven.
–Yo fui practicante como van a serlo ustedes ahora. Y empecé así, con la edad de ustedes. Bueno, vayan organizándose.
Se escucha una voz:
–¡A formar!

Capítulo 1: ¡Soñar despierto!

Capitulo 2: Haz lo que digo…

Capitulo 3: Los Guachos

Capitulo 4: El ritual

Capitulo 5: Si demoran se les muere

Capitulo 6: Rajado, ni muerto

Capitulo 7: La fragancia del mar

Capitulo 8: Magnitud de coral

Capitulo 9: ¡Muchacho al agua!

Capitulo 10: La felicidad se va

Capitulo 11: Un enjambre de mosquitos

Capitulo 12: El Sargento

Capitulo 13: Temporal en alta mar

Los siguientes capitulos no están disponibles en  este blog

Capitulo14: ¡Un día detrás de otro!

Capitulo 15: Proa a una Isla Mágica

Capitulo 16: La fuerza del amor

Capitulo 17: Las Picolinas

Capitulo 18: Ojeada centellante

Capitulo 19: ¡La caldera del Diablo!

Capitulo 20: Peces ciegos (Solo disponible un fragmento)

Capitulo 21: Carnada para tiburones

Capitulo 22: La confianza

Capitulo y final  23: El pretexto


One Comment on “La fragancia del mar (Fragmento del relato Muchachos de los Canarreos)”

  1. liuba dice:

    BESOTESSSSSSSSSSSSSSS


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