Magnitud de coral (Fragmento del relato Muchachos de los Canarreos)


Todos estamos en la formación, con los equipajes a nuestro lado. Estamos bien vestidos con el uniforme gris de la escuela y las botas bien lustradas. Los profesores nos hablan de la disciplina en Cayo Largo. Dedican algún tiempo a dialogar sobre este puerto marino. El funcionario de la pesca nos explica:

–El Surgidero tiene una rica historia como todos los poblados de pescadores de Cuba. Al igual que nosotros, pero 476 años antes, durante un caluroso día de junio de 1492, Cristóbal Colón navegó con las tres famosas carabelas hasta el entonces desconocido Golfo de Batabanó, indiscutible puente entre el Surgidero y la Isla de Pinos.
Nos explican que a diferencia de nuestro grupo, el almirante observó una amplia población indígena amante de la caza y la pesca y que llamaban originariamente a estos parajes Matamanó (como señal de perdón a los españoles para que no los mataran), aunque algunos estudiosos se inclinan por el nombre de Bataguanó, que significaba la residencia del Cacique.
Nos cuenta también que esos habitantes eran experimentados agricultores y excelentes ceramistas. El Almirante Genovés admiró la verde vegetación compuesta generalmente por mangle rojo y una flora y una fauna muy virgen.
El puerto, fundando en 1688, ha tenido una marcada vinculación con los hechos históricos más importantes ocurridos en Cuba: las batallas libradas por el General Antonio Maceo, las consecuencias de la reconcentración de Weyler y las deportaciones hacia la Isla de Pino de José Martí, Evangelina Cossío Cisneros y Fidel Castro, este último junto con los demás combatientes que asaltaron los cuarteles Moncada y «Carlos Manuel de Céspedes».
–Mira, mira, David, van a salir esos barcos pesqueros –me dice Onelio.
–Ya me contaron que se dirigen a la Isla de Pino y al Golfo de Batabanó. Además, no solo son barcos pesquero, también de pasajeros, cabotaje.
–Eso comentaba el funcionario. Mañana saldrá de la escuela el otro grupo de nosotros que se quedará en el Surgidero para apoyar la extracción de la esponja y la captura de langosta.
–A la langosta se le denomina por sus atributos, características y propiedades como la Reina del Caribe.
– Sí, eso leí en una revista.
En el Surgidero de Batabanó nos enrolamos en dos embarcaciones. Allí se nos unen Blanquita, Mercedes y otros profesores.
–¡Ven como cumplimos nuestra promesa!
Todos les dimos un:
–¡Viva Blanquita! ¡Viva Mercedes!…
Aún el otro ómnibus no ha llegado al espigón. Las dos embarcaciones tienen un horario establecido para zarpar al mar. Si no nos embarcamos a la hora prevista tendremos que retornar a la escuela o dormir a la intemperie en el espigón.
–Oiga compañero, todo indica que el ómnibus se ha averiado nuevamente. ¿Por qué no sale una avanzada? –propone alguien.
–Hasta que no estén los dos grupos no se puede zarpar. Es conveniente que las dos embarcaciones salgan juntas y mantengan permanente comunicación durante la travesía. Es importante prever cualquier imprevisto en alta mar –resuelve el funcionario del Ministerio de la Pesca.
Por suerte para todos se observan las luces de un ómnibus que se aproxima. Un minuto más tarde se detiene en el espigón. Se escucha la algarabía y exclamaciones de satisfacción y alegría.
–¿Quién de ustedes es David? ¿Quiénes de ustedes son de Santa Cruz? –alguien pregunta.
–Yo, soy de Santa Cruz. David está por allá.
Es un tripulante del barco El Patao. Observo, recortado por la luz del farol del ómnibus, la figura de Onelio que apunta hacia mí con el dedo índice. El hombre se aproxima con pasos lentos. Examina una hoja de papel que trae en sus manos. Se detiene frente a mí y pregunta mi nombre y apellidos. Un poco extrañado respondo. El hombre vuelve a comprobar en la hoja de papel y ya seguro de que se trata de la misma persona que está buscando dice:
–Mire, David. Su hermano Ezequiel, me pidió que lo localizara. Le estuvo esperando esta noche.
–¿Mi hermano? ¿Qué hermano? Mi hermano regresó a Santa Cruz. ¿Qué hace aquí?
–Yo me refiero a tu hermano Ezequiel. Hijo de su papá. Me dijo que ustedes no se conocen.
–¡Ah! Si, si, si, tengo un hermano, por parte de padre, pero reside en Pinar del Río. ¿Dónde está mi hermano? ¿Qué hace aquí?
–Su hermano es mecánico. Salió hacia Cayo Largo a reparar unos motores. Está enrolado en el otro barco que zarpó hace poco. Me pidió que le dijera que allá se encontraran.
– ¿Está seguro?
–Claro que sí. Él habló conmigo antes de zarpar.
Mi hermano Manuel me había contado de la existencia de Ezequiel y también de Maritza. Los había conocido en sus viajes a La Coloma, en Pinar del Río. No imaginaba que coincidiríamos en Cayo Largo y mucho menos que nos encontraríamos de manera tan casual.
Mientras medito se escucha la orden.
–Ya pueden abordar las embarcaciones, muchachos.
–¿Ya están todos los que viajaran? Chequeen en el despacho que no se quede nadie.
–Descuide, compañero. Ya chequeamos la lista. Ya estamos todos –le asegura el Instructor.
–Todo esta bien… Ya pueden zarpar a Cayo Largo del Sur.
El Patao, así se nombra nuestro barco, construido con maderas sólidas. Soltamos las amarras, pusimos proa mar adentro, rumbo hacia Cayo Largo del Sur, situado en pleno Mar Caribe, en el extremo oriental del archipiélago de los Canarreos.
–Mira, David… las luces de reglamento del otro barco.
–Si, Onelio, es que ya estamos alcanzando la otra nave. Y eso que salió unos minutos antes que la nuestra.
Ya entrada la madrugada perdimos de vista el otro barco como consecuencia de una neblina invisible y cerrada, aunque las dos tripulaciones mantienen la comunicación a través de la radiofonía.
–¡Fíjate hacia allá! –me indica Onelio.
–Si, si. Parece como un islote.
Por doquier se pueden observar, con la ayuda de los relámpagos o los potentes reflectores, unos puntos oscuros en el horizonte: son las cayerías. De vez en vez divisábamos las balizas que guían nuestros pasos. El casco de El Patao, pintado de gris y blanco, se desliza por las tranquilas aguas del Golfo de Batabanó. Nuestra embarcación se levanta suavemente para después caer, provocándonos una sensación de mareo.
–Que va. Si la marea sigue con este vaivén, voy a vomitar –me dice Onelio.
–Eso, después se te pasa. Siempre me han enseñado que no se debe mirar hacia abajo, así que mira hacia allá, al frente.
En popa algunos tripulantes conversan sobre las fiestas que se desarrollaran en el puerto y en las que quizás no podrán participar. Me llama en extremo la atención lo que expresa uno de los tripulantes.
–Bueno, si no podemos disfrutar de las fiestas de Batabanó pues iremos al Festival de la Toronja, en la Isla de Pinos.
–¿Festival de la Toronja? –pregunta Onelio, adelantándose siempre.
–Sí, son las festividades que se desarrollan en Isla de Pino para celebrar el final de la cosecha citrícola –responde el timol.
Ni fiesta ni festivales nos hacen desviar de nuestro propósito: llegar a Cayo Largo del Sur. Poco a poco la tripulación fue a los camarotes y sólo quedamos en la cubierta del barco el timonel de guardia y yo.
Una suave brisa comienza a soplar del noroeste. No se divisa otra embarcación en el mar abierto. El timonel observaba con insistencia a estribor.
– ¿Dónde estará la otra embarcación? ¿Se habrá desviado de rumbo?
–En eso estábamos nosotros. Lo que pasa que la neblina está cerrada. Así no se puede ver nada.
–Es verdad. Pero me voy a comunicarme a través de la radiofonía.
El timonel es un hombre fuerte curtido por el sol y el salitre. Tiene las manos callosas. Me comenta sobre las características de la zona y la existencia de variedades de corales.
–Yo quisiera que tú vieras los arrecifes. ¡Son lindos y grandes! Todos son así: los de María la Gorda, Cayo Campo, Cayo Blanco, los de Diego Pérez, Thaelmann y el Anillo de Cazones.
–En la escuela aprendimos que el centro del golfo presenta un fondo de lodo aplanado.
–Así mismo es. Ese fondo aplanado propicia una gran diversidad de especies y población de peces.
–Usted sabe, compañero, en la etapa de preparación teórica estudiamos mucho sobre el Golfo de Batabanó. Nosotros nos especializamos en el cultivo de la esponja, pero como somos menores de edad nos asignaron a Cayo Largo. Por eso es que conocemos algo de esta zona. ¡Claro, no cómo usted!
–Ustedes son más teóricos y nosotros tenemos la práctica, pero no sabemos esos detalles. Pero te entiendo. Es cuestión de palabras.
–Unas palabras, yo diría, más técnicas, pero coinciden con sus conocimientos prácticos. No es así.
–Si, señor. Positivo, positivo.
–Además, nos explicaron que en aquí prevalece una zona arena y arcilla de poca profundidad.
–Ya esa zona la dejamos atrás.
–Por donde perdimos el otro barco.
–Anjá. Si te decía que esa área de bajo calado la dejamos atrás. Pero, ahí mismo en el Surgidero, cuando baja la marea los buques de mucho calado quedan atrapados en el puerto.
–Mire, compañero, las cayerías van desapareciendo de nuestra vista.
–En la medida que nos alejamos de la costa se van perdiendo.
A través de la extensión de manglares se distinguen numerosos ríos y lagunas que desembocan en la costa.
–De día todo esto debe ser bonito, ¿verdad?
–Así es, muchacho. Este mar es precioso.
El timonel está muerto de frío. Los otros pescadores se retiran hacia sus camarotes con la seguridad de no ser molestados hasta la salida del sol. Me acomodo a esperar un hermoso amanecer. Pero el reloj parece que se detiene. Se percibe el silbido del viento.

Capítulo 1: ¡Soñar despierto!

Capitulo 2: Haz lo que digo…

Capitulo 3: Los Guachos

Capitulo 4: El ritual

Capitulo 5: Si demoran se les muere

Capitulo 6: Rajado, ni muerto

Capitulo 7: La fragancia del mar

Capitulo 8: Magnitud de coral

Capitulo 9: ¡Muchacho al agua!

Capitulo 10: La felicidad se va

Capitulo 11: Un enjambre de mosquitos

Capitulo 12: El Sargento

Capitulo 13: Temporal en alta mar

Los siguientes capitulos no están disponibles en  este blog

Capitulo14: ¡Un día detrás de otro!

Capitulo 15: Proa a una Isla Mágica

Capitulo 16: La fuerza del amor

Capitulo 17: Las Picolinas

Capitulo 18: Ojeada centellante

Capitulo 19: ¡La caldera del Diablo!

Capitulo 20: Peces ciegos (Solo disponible un fragmento)

Capitulo 21: Carnada para tiburones

Capitulo 22: La confianza

Capitulo y final  23: El pretexto


2 comentarios on “Magnitud de coral (Fragmento del relato Muchachos de los Canarreos)”

  1. […] Cayo Largo es hermoso, ubicado en un fascinante archipiélago: Los Canarreros que deviene seductora extensión del Archipiélago cubano compuesto por una inmensa ciénaga […]

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