Dama Daiz: escándalo de miel en los artificios de la imagen (+Fotos)

Por Rainer Castellá

Agosto 2021.-Recuerdo la metáfora en el verso aquel de Cesar Vallejo  “escándalo de miel,” refiriéndose a la salida del sol. En aquellos años apenas si leía a Vallejo, era más de Neruda o Bécquer, mis primeras plegarias poéticas, por así decirlo, llevaban agazapadas una influencia enorme del romanticismo clásico.

Poco o nada sabía de las corrientes de vanguardia y los otros modos inventivos del arte tan de moda en las primeras décadas del siglo veinte. Como todo joven, recién vencida la adolescencia, mi culto por el arte se reducía a lo que este podía representar desde los modos formales de la belleza externa.

No niego que ese ser helénico aun fecunda las mareas de mar sangrante que corren por mis venas, pero sin lugar a dudas el hilillo conductor de la corriente, navega en una embarcación edificada por los rasgos naturales del subconsciente.

El artista, pienso, busca en un inicio lo que le falta de espontaneidad a cuanto circunda al hombre, patentiza con ansias inmortales su noción personal sobre la belleza, hasta que en una segunda etapa, (más madura) se refugia no en las ansias plausibles del arte por el arte, sino en el concepto que le edifica y antepone un sin números complementarios de símbolos a los que pretende dar nombre o respuestas en lugar de prolongarlo en acertijos.

Por tanto, le importa el concepto o mejor, se limita a crear a raíz del diseño que dibuja sus rasgos naturales porque existe un pensamiento latente en lo analítico y lo analítico tiene su semilla en las ideas, y las ideas no se ven, pero sí son capaces de diseñar un mundo más allá del comprensible a lo ideal.

Quiero decir con esto que el arte académico francés, jamás hubiese caído en la probable petulancia de pintar figuras extravagantes como incursionaron los pintores de las corrientes postimpresionistas, porque los academicistas eran artistas de espíritus nobles y corrientes pasmosas, como un bebé ingenuo al que se le da de nalgadas para conseguir su llanto.

En la literatura romántica de finales del siglo XIX, sucede exactamente igual, con el decadentismo y su tesis filosófica contrapuesta a los parnasianos del arte por el arte; claro que la literatura por tratarse de una modalidad que utiliza el lenguaje escrito a razón del pensamiento, no pone límites al campo reflexivo, ni al espacio cuantitativo de objetos en el tiempo edificante, como suele suceder en la pintura, si lo analizamos visceralmente desde una perspectiva visual.

No obstante la nobleza queda latente en los literatos románticos, cuya presumible rectitud del arte a lo largo del siglo XIX no fue otra que el medido esfuerzo de la estética. Incluso los poetas malditos Verlaine, Baudelaire, Rimbaud, o narradores de la talla de Joris-Karl Huysmans, este último en su famosa novela

A contrapelo, se acompañaron de un afán de esteticismo, remarcado por el típico exotismo e interés de países orientales y atmósferas prerrománticas, por tanto desde lo estético, si bien arremete contra la pasiva postura en lo social de los parnasianos, no renuncia a los modos elementales del arte clásico.

Lineamiento que sí hayamos en la pintura de vanguardia con la creación del cubismo picassiano, y el surrealismo daliniano a merced del seguimiento ilustrativo en la teorías freudianas del subconsciente que ya mostraba una base imperfecta en la última etapa romántica. 

Claro que existió un período intermedio, en específico de la pintura, que no hemos mencionado aquí. El puente entre las posturas clásicas en unos y alegría estética de símbolos en otros, tendría en la Bella Epoque francesa su génesis transicional en la pintura postimpresionista de Vincent van Gogh y Paul Gauguin sus máximos exponentes.

Aún recuerdo la escena del filme (intitulado desde la memoria) sobre la vida y obra de Paul Gauguin, cuando una señora de sociedad se mofa del perro morado que mostraba uno de sus cuadros. Jamás comprendería el novato espectador parisino, acostumbrado a los colores claros y sutiles pinceladas de un Pizarro, que el artista (Gauguin) conseguía el efecto anhelado.

Dígase burla, mofa, carcajada, desorden absoluto del ideal que pretendía le mostrase Gauguin, esa pura e inadvertida ausencia de ideas que responde alterable al inconsciente, a merced del estallido de emociones que ofrece como resultado, representa una ferviente contraposición al ideal estético, pero no por ello renuncia al estímulo de las ideas, muy al contrario, advierte de un mundo interior, rico e inexplorable, en aquel entonces, para el artista, mundo interior creacionista que absorbe de bandera la vanguardia modernista y que acaso, no deja de parecernos, a simple vista, una huella inverosímil cultivada por los esteticistas.

Esto es lo que veo, (fue lo primero que vi, en las obras de la contemporánea pintora española Dama Daiz. La fuerza en su paisajística, asumida por la mezcla de colores que posibilita una emoción gradual a la vista del espectador, en particular por su obra paisajística, y pueblerina, típicos en la región costeña de Costa Brava o escenas citadinas donde la artista utiliza con relativa timidez, un efecto impresionista de movimiento a golpe de gráciles pinceladas, con el azul, rojo y amarillo muy bien distribuidos, como si de algún modo, ( esta no es una atenuante de la que se exime el artista postmoderno) le brindase vital importancia a la reacción del espectador, que infiere, me atrevería a decirlo, un agradable equilibrio entre la imagen que recepta y la sensación que le trasmite.

Por otro lado sus bodegones de puro estilo realista, reúnen la búsqueda de un trazo académico que si bien no conquista desde la técnica, sí llega a hacerlo si analizamos la composición plena del esquema visual que representa, refleja el vino y el licor como un puntal de atmósfera bohemia que nos sugiere Dama Daiz, no debe prescindir la naturaleza humana, en especial la artística; la perspectiva en sus obras paisajísticas es mucho más compleja y diversa, el rojo intenso, acicalándose en tonos amarillos y naranjas al verde sutil, que muestran apacibles escenas pueblerinas, denota una necesidad en la autora más allá de lo estético, el reflejo emotivo imprescindible acaso, al que me refería cuando comenté la anécdota del perro morado de Gauguin, sugiere la exploración de lo interno, de nuestra propia naturaleza humana y su lado, en comparación con Gauguin, menos agresivo, así sucede con sus paisajes de costas, nos seduce e invita a explorar la vida desde una inventiva más noble y apacible.

La fuerza, el carácter de Dama en su pintura, radica precisamente en la seducción constante de los modos y costumbres que refleja su naturaleza y exhibe como un límpido espejo en cada una de sus pinturas, cuya influencia, nace de un corpus amalgamado de eclécticas fracciones, por así decirlo, entre el postimpresionismo, y el modernismo francés.

Escenas que reflejan una tendencia al costumbrismo, que coquetea con el art decó de Tamara de Lempicka hasta el expresionismo tardío alemán de mediados del cuarenta, (me refiero en especial a una de sus pinturas, que muestra la escena de una joven alzada en brazos de un hombre, que le besa en el andén y ambos quedan exentos de rostro bajo la sombrilla roja mientras se acerca el tren.

Al fondo, el cielo se viste de un azul sinuoso de igual color a la línea y superficie) Dama cuida, y esta es una característica esencial en sus obras, del claro reflejo que enerva en sus escenas también citadinas, como si enunciase en la luz, que maneja a la perfección, génesis al resto de sus colores impresionistas, el asomo a la proporción gradual de plenitud que yace en el interior de todo excelente artista que ama y se desvive para y por el arte.

Y no tengo de otra, podría argumentar muchas, mas prefiero definirla en el abrazo a las cenizas del perro morado de Gauguin desdibujando el escándalo de miel que los ojos del poeta vislumbraron en aquel amanecer. Un amanecer, que es metáfora poética y sucumbe a los artificios de la imagen que se gasta, reinventa y de plenitud define la pintura de Dama Daiz.       



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