Con los Humildes y para los Humildes

Obra del pintor cubano Raúl Martínez

Rainer Castellá

Aún recuerda la grotesca imagen de aquel juez, asegurando que venía a su país a crear el caos y violar las normas establecidas por los buenos y nobles ciudadanos norteamericanos fundadores de una gran nación.  ¿Su delito? Romper un foco de jardín a plena luz del día, mientras su padrastro le daba clases de conducir.

Tenía unos dieciocho años y cuando pulsó el acelerador en lugar del freno para incorporarse a la senda de la izquierda, el auto se desestabilizó y la camioneta  que le pasaba de lado se vio obligado a evadir el impacto hasta que estabilizó la dirección, alejándose por la calle contraria a donde fue a dar su auto, con un foco de jardín convertido en añicos bajo la rueda delantera. Sería esa misma chica que conducía la camioneta, ¿tal vez? Quien avisó a la policía.

Una hora después estaba el sheriff tocando a la puerta y censurándole a mi padrastro el uso del idioma, dado su tez rubia y nariz aguileña, lo había confundido con un norteamericano y creía que su hijo, de cabellos negros y facciones latinas debía parecerse a su madre, latina también y que en su defensa, le gastaba una broma, hablando en español. «Sr, ¡do you Speak spanish, please!» Se mostraba más amable cuando vio salir al tío abuelo de su madre.

Hablaron en inglés por algún rato. Parecían entenderse. Luego supo que no había remedio. Debía comparecer a la Corte. No se trataba de pagar una simple multa. El tío de su madre era un  millonario como todos los que pueden permitirse pagar impuestos en Apollo Beach, pero hay cosas que ni el status social ni el dinero lo arreglan en un país como Estados Unidos, sobre todo si se trata de un emigrante y latino, por muy emparentado que esté con un hombre rico o así viva en una vecindad como Apollo Beach.

«Las reglas de este país son rigurosas pero necesarias. Aquí no se puede hacer lo que te dé la gana. Ya no estás en Cuba. Este es un gran país y debes agradecer la oportunidad que te ha dado de un futuro mejor. » Le decía el tío de ultraderecha y miembro legendario de la Fundación Cubana americana.

Ya le había escuchado sus anécdotas con Gutiérrez Menollo, sus reuniones para tumbar la revolución cubana, la justificación sobre los fallidos intentos y hasta su resignación de no perder más dinero en ello y de no volver más a su Caibarién querida para reclamar los negocios familiares del tatarabuelo que incluían un gran almacén de azúcar, una pequeña naviera, barcos, bares, cafeterías, fondas, casas de alquiler, las acciones familiares en el Yath Club de la Playa, y hasta retomar los contactos con senadores y otros políticos, tal como lo hiciese su padre durante el período Republicano.

Toda esa ínfula de poder era parte de un pasado remoto que no volvería y que el adolescente escuchaba como salido de un libro de historia de Cuba, a la que no le ponía ni la menor reflexión o sensibilidad. «¡Rufino!» Le llamaba. Jamás le dijo su nombre. Como si pretendiese borrar toda huella de su niñez en la Isla. Le aseguraba que el triunfo llegaría si se olvidaba de Cuba. Debía concentrarse en las oportunidades que le daba ese gran país y mirar hacia delante, sin detenerse nunca, hasta ver dónde podía llegar. Esa era su frase favorita.

La repetía como escuela de la vida donde no cabe otra filosofía de éxito ni medios puntos. Para el tío abuelo de aquel adolescente todo era blanco o negro. Para el adolescente que ya comenzaba a escribir sus primeros versos y soñaba con musas y parnasos le importaba poco o nada la política. Ni siquiera le interesaba entenderla. “Todas las normas de una sociedad están regidas por patrones que encarcelan el espíritu del poeta.”

Así se sintió al entrar a la sala de la Corte en la ciudad de Tampa. Su padrastro, madre y tío abuelo debían esperar fuera. Su mente se concentró en el cabello blanco de la chica de la camioneta que en aquella mañana de domingo sería el único testigo de haberse saltado las reglas de un país inmenso y lleno de oportunidades como Estados Unidos de Norteamérica.

Lo curioso es que basó esa teoría en su reclamo a la traductora para que el juez, con actitud de águila enardecida, le hablase un poco más alto, consiguiendo descifrar su despectivo inglés, a lo que el juez objetaba una falta de respeto y aumentaba el precio de la multa hasta que decidió callar sin que su mente renunciase a visualizar el idéntico cabello de la chica de la camioneta con la del juez o lo que años después se vería trasgredida en el perla blanquecino y pulido del presidente Donald Trump.

El resto de los que yacieron en la sala eran mexicanos, a los que el juez les obligaba a bajar la cabeza, como en el más puro sistema esclavista, les humillaba verbalmente, alegando que eran escorias no dignos de un país magnífico, e incapaces de formar parte de una sociedad mesiánica como la suya. El adolescente le seguía mirando a los ojos.

El juez se lo permitía a pesar de lo que consideraba una conducta petulante. Al menos sirvió de algo el tío abuelo millonario y que residiese en Apollo Beach. El adolescente guardó silencio. Porque cada vez que intentaba hablar le subían cien dólares la cuota de la multa que fue pagada unos minutos después de salir de aquella sala, donde al fin pudo respirar, aunque ya no estaba seguro si quería seguir el consejo de su tío de mirar hacia delante y no parar, no parar nunca.

Estaba convencido que el racismo neo nazista jamás lo dejaría ser quien verdaderamente era, un cubano, poeta, descendiente de burgueses, pero también de la clase obrera a la que nunca renunciaría. Aun hoy recuerda aquellas imágenes de esclavitud moderna, de los mexicanos con la cabeza gacha, obligados a aguantar insultos e humillaciones de aquel juez que parecía descendiente de la más pura y casta raza aria neonazi.

Años después le persiguen muchos recuerdos. El adolescente no volvería a ser el mismo. La política sería una constante en su camino y para bien o para mal el eje central de su vida, su arte, y pensamiento posterior, convencido que su lucha estaría siempre con los humildes y para los humildes.  Fue un 9 de abril del 2001. Hoy tiene treinta y nueve años y aquellas imágenes cada vez laten más en la consciencia de ese adolescente de entonces que era yo.



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