El domingo, En De Verso a Verso: La lluvia, Sísifo y la roca emblandecida

Santa Clara, Cuba.-La tertulia De Verso a Verso que la Casa de Cultura Chichí Padrón, de la ciudad de Santa Clara, dedica cada semana a creadores cubanos presenta la prosa a cuatro manos La lluvia, Sísifo y la roca emblandecida de Luis Boitel y Rainer Castellá, con una perspectiva de la poética en la mayor de las Antillas.

                                             La lluvia, Sísifo y la roca emblandecida

En la imagen pincelada de la ciudad descubro la lluvia

Ahora tan frágil y mal oliente, como si tuviese nariz

Para amañar sudores, luces, vestigios, sombras,

Algo más que una hojarasca raída en su carapacho de estambre

Corteja el estío del transeúnte,

Cuelga el tiempo entre sus dedos pecaminosos,

No somos más que una agónica caricatura del absurdo

Que trasmuta en el espejo como un animal supremo

Decorado con sauces y carmines el marco se erige

Ante la noble concupiscencia de las goteras que delinean la pared.

Antes creía ser esa cicatriz que enerva desde los confines perdurables del reflejo.

Hoy, reconozco que el reflejo solo muestra un hoyo incoloro donde sumergir la lluvia.

Ni siquiera pajarillos cantan junto a mi epitafio.

Tampoco las calles se adosan al escalofrío del viento,

¡Miles de lenguas!, ¡otras lenguas acaso!, se saturan con el dorso de la roca que cae y rueda hasta la saciedad.

¡Detente Sísifo! Abre los ojos, da la espalda y ante su llanto inclínate.

Plegarias, plegarias, plegarias.

Ruegos, ruegos, ruegos.

¿Qué mezquino amanecer le sería concedido?

No hay privilegios para el pecaminoso.

No es culpa del pecador

No lo es, nunca lo ha sido.

A la imagen pincelada de la ciudad ofrece sus vestigios,

En cada asidero requebrado por la indulgente miseria de sus huellas,

Las líneas ennoblecen como el carbón.

Los senderos baldíos recurren al naufragio de los cilancos,´

Las estaciones alzan su espada como guerreros milenarios,

Trazan la batalla inútil que has vejado

En el quebranto del tiempo

En lo desdeñable de la memoria,

En el juicio ególatra de los carretones y pregoneros,

En la inherencia del silencio,

En el eco de recintos y abadías,

En el cristal de la ventana que otra niebla vislumbra

 a los ojos del afligido,

Con la misma visión que encegueces a Sísifo,

Tú que le has prestado los suyos a la lluvia de esta ciudad que rueda como piedra

Al pie de la sepultura, harta de tantos ocasos sin rostro,

La dicha se desnuda y levita en las cienes del impío.

¡Deja de perseguir la roca!

No comprendes que igual te esperan sus retazos, que no hay prisa para desandar el único trayecto recorrido, una y otra vez, una, otra ¿vez?

¡Miles de lenguas!, ¡otras lenguas acaso!, se saturan con el dorso de la roca que cae y rueda hasta la saciedad.

¡Detente Sísifo! Abre los ojos, da la espalda y arrodíllate ante su llanto.

Plegarias, plegarias, plegarias.

Ruegos, ruegos, ruegos.

¿Qué mezquino amanecer le sería concedido?

La muerte es una esclava fiel del tiempo.

Renuncia a la conquista e ignóranos, como la roca te ha ignorado a ti y sálvate Sísifo, sálvate.

No esperes más milagros.

Ella no estará siempre allí para limpiarte de pecados.

También se colma de arideces la imagen pincelada de la ciudad.  

Sálvate Sísifo, sálvate y elévate,

elévate hasta el más puro abismo.

 



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