La visión de los muertos

Por Rainer Castellá Martinez/ Foto Lázaro David Najarro Pujol

Mayo 1860 Santa María de Puerto Príncipe

I

Sept, 2021.-El Padre Valencia percibía el modo en que se filtraba el hedor por los ventanales. En sus ojos se dibujaron cenizas que alrededor de las columnas, formaban espirales en el vacío. Se apresuró en doblar a la derecha.

Unas monjas le pasaron de lado con la cabeza gacha, llevando un rosario entre sus manos. A medida que avanzaba las columnas ganaron en deformidad y tamaño. Le inquietaba la agitada respiración del esclavo que le acompañaba. Entonces el Padre Valencia se detuvo ante el umbral amurallado como si se dibujase en ella el mismo demonio.

-¿Padre, ha visto algo?- balbuceaba el esclavo.

-¿¡Hijo mío qué se supone haya visto!?

-No lo sé. En todo caso prefiero escucharlo de un hombre sabio.

El Padre Valencia volvió a escuchar el quejido ahogado del esclavo. Le resultaba al extremo tan desagradable que no pudo disfrazar el reflejo de una mueca en su rostro. Un reflejo que el tono lúgubre salpicado por las antorchas en filas a lo alto de las paredes, apenas si discernía. Guardó silencio un instante y luego le puso la mano en el hombro.

-Solo Dios conoce los secretos que habitan este universo. Yo apenas soy un humilde y siervo mortal.

En los ojos del negro se dibujaba una punzante luz.

-Ni lo diga padrecito, usted es un santo. Un emisario divino.

El padre Valencia se sonrojó un tanto. Le retiró la mano al esclavo y sintió cierto orgullo de le educación que Jacinto había recibido. Se trataba de un esclavo con relativos privilegios. Jamás había pisado los cañaverales a menos que fuese para llevar en la calesa, a su niña Gertrudis, la condesita De Asensio.

Los Asencio formaban parte de la familia más rica e influyente entre los hacendados de la región. El padre de la niña Gertrudis, un conde que simpatizaba con las ideas abolicionistas durante los sucesos de la Conspiración de Aponte, no precisamente por razones morales sino más bien económicas.

Consideraba la esclavitud como un rasgo innecesario y poco productivo para el desarrollo industrial de la Isla. No obstante, su formación progresista y el amor entrañable a su hija Gertrudis, quien quedaría huérfana a los tres años tras la muerte de su madre, el Conde Asensio jamás se resistía a ninguno de sus caprichos.

Por razones ajena a su voluntad el esclavo Jacinto nació en la casona de la villa, hijo de una hermosa esclava doméstica que se comentaba, solía calentar las sábanas del Conde. La señorita Gertrudis creció viendo a Jacinto como algo más que un simple esclavo.

A pedido de su hija, accedió a que fuese alfabetizado y le educasen en las enseñanzas católicas bajo la tutela del propio Padre Valencia y fuera de sus labores como calesero, le ayudase en todo lo que le indicase, como muestra de generosidad y aprecio a un párroco que gozaba de gran prestigio y altos méritos de voluntad humana a la que por igual el Conde correspondía, como principal benefactor del patronato que sustentaba el hospital Lazarote para enfermos y leprosos.

El sacerdote franciscano recordaba con tristeza la imagen de la condesa sumida en su agonía y su mano en alto zigzagueando el vacío, al practicarle la extremaunción. A cada segundo, tras cada paso que acusaba el filo del suelo, el semblante hiriente de la condesa, en su lecho de muerto, le producía una sensación más turbadora que la misma respiración de Jacinto.

Una respiración capaz de sepultar todos los murmullos de los enfermos, los nidos de roedores que tras hundirse el ocaso en la niebla indulgente del cielo, daban riendas sueltas a su propio festín, como si cada criatura apenas visible dentro de las celdas en el hospital de San Lázaro, se aferrase a la conquista de los fantasmas que cosechaban suspiros bajo el fértil auspicio de la muerte.

¡Muerte, muerte, muerte injusta, brava, muerte inútil! Se repetía el franciscano para sus adentros, a medida que el corazón le latía presuroso, una vez sus pupilas rebotaban en la lumbre de las farolas hasta asfixiarse en los espacios de inminente oscuridad  que bañaban las columnas. « ¡La decimotercera!» que se erguía como un velero en alta mar, ante el fuego de San Telmo, contaba intuitivo el franciscano a medida que la brisa tapizaba su nariz y la respiración de Jacinto se filtraba en sus oídos como un silbido agónico. No tuvo de otra que volver a interrumpir la marcha. Los ojos del esclavo parecían liberarse de su rostro y rodar por el hábito estrujado y sudoroso del sacerdote, dejando un eco altisonante en el murmullo imperioso de las celdas a su espalda.

-Hijo mío, ¿lo has escuchado?

Jacinto negaba incesante con la cabeza. El Padre Valencia reparó en los anclajes de las columnas. Luego se volteó al frente. Intentaba escudriñar el misterio encerrado en los labios de Jacinto.

-¡Juraría que respiras por la boca como un potro salvaje!-exclamó. Ante lo que el esclavo negaba atontado. Una línea de sudor le dividía la frente en dos mitades uniformes a medida que sus ojos detuvieron el estrepitoso ruedo. Cerró la boca y contuvo la respiración por si aún quedaban dudas y se dispuso a dar un paso adelante.

Un trazo esperanzador de brisa pincelaba su rostro cuando el murmullo se hizo eco en las paredes, estremeciendo las columnas, procurando que perdiese el equilibrio, y la exigua porción de brisa se esfumase a merced del graznido ensordecer que le puso la sangre helada. Arrodillado en el suelo, con la cabeza hundida entre las rodillas, le preguntó al sacerdote:

-¡Padre han sido los demonios. Los demonios que otra vez vienen por otras almas desgraciadas!

Jacinto se refería a la peste que había azotado a la villa de Puerto Príncipe, quince años atrás, y que entre tantas víctimas había cobrado la muerte de la condesa consorte de Asensio. Con la mano temblorosa señaló al frente. Los ojos del sacerdote escudriñaron hasta tanto donde la visión humana le permitía, el imperfecto umbral que destellaba en las celdas de los enfermos.

Prolongó el estado de quietud unos segundos hasta que el escalofrío le encogía el vientre con la nueva emersión de chirridos. La columna, ¡sí!, sería la última por su cuenta. ¡Había recorrido estas galerías tantas veces! La última antes de salir a la inmensa terraza central que ahora servía para soportar el impacto de su caída. Sopló un viento frío que sepultaba el trémulo reflejo del fuego, y como si no fuese suficiente la antorcha más cercana a su posición se hacía añicos en el filamento.

El sacerdote tuvo la sensación que una energía, hosca a lo sumo, se divertía en el recinto, vaticinando un gran holocausto. Con la poca voluntad que restaba en su espíritu imperfecto rebuscó a puro tacto el hombro de Jacinto y tiró de él con fuerza. Jacinto lo siguió, tanto como le fuese posible, dos metros adelante y siempre a la derecha. La brisa le sacudía con esmero las gotas de sudor que nacían en sus mejillas como cipreses. Se le acercaba un sujeto alto y delgado, un bigote amplio le cubría los labios, llevaba unos espejuelos redondos ajustados a su nariz aguileña, que culminó deteniéndose frente al sacerdote. «Padre, Padre…» Sería todo lo que Jacinto alcanzó a escuchar, una y otra vez lo repetía aquel sujeto, dueño de una agonía perpetua. No tardaría mucho para que la sombra del viento se deslizase como un manto infernal sobra la compacta amalgama de cadáveres que medio centenar de hombres robustos depositaban en el suelo.

Apenas si reaccionaba a las palmadas del Padre Valencia, otorgándole un pañuelo para que cubriese la boca. Dudó en tomarlo. Por un segundo hasta hubiese anhelado que aquellos aterradores chirridos procediesen de su tortuosa respiración o del murmullo agudo de los enfermos en las celdas, ¡pero no!, estaba convencido que su origen se apertrechaba de una desazón aún más siniestra e irreductible. «Padre, Padre… » Reiteraba en su consciencia el eco de aquellas palabras como un lamento.

La peste, la maldita peste que había sido causante que la niña Gertrudis quedase huérfana de madre a los tres años, había vuelto por nuevas víctimas. ¿¡Qué pecado tan grande debía continuarse pagando en estas tierras!? «¡Dios sálvanos, sálvanos y perdona nuestros culpas, y aléjanos de tanto mal. Destruye a las tinieblas con tu luz divina y perdónanos por todos y cada una de nuestras faltas! Amén.»

II

Rezaba el conde en la capilla de la finca dos días después, procurando por la salud de la señorita Gertrudis. El doctor le había aconsejado que la sacase de la casona de la villa. El aire fresco del campo le haría bien a esa enfermedad que ocasionaba la muerte sin respetar edad, años o sexo.

-No hay privilegios para los vivos en el mundo de los muertos. ¡No los hay!- le reiteró a Jacinto la anciana de ojos cerrados y manos agrestes con las que cortaba el aire continuamente entre bocanada y bocanada de tabaco. Soledad era la esclava más vieja y sabia del batey.

El pañuelo rojo que llevaba en la cabeza no solo le resguardaba de las canas sino también le protegía del inclemente sol en los ardientes veranos del trapiche, función que ejecutó hasta el cansancio durante su infancia y primera juventud hasta que le preparó un brebaje al mayoral que lo dejó tieso y ladrando como perro por el resto de su vida cuando se dispuso a darle de azotes a un negro con ínfulas libertas que sostuvo amoríos con la entonces jovencita y hermosísima Soledad.

El mayoral se quedó con el látigo en alto, las pupilas comenzaron a inflarse y las corneas se cubrieron de grietas rojizas, le faltaba el aire, hasta que cayó al suelo y comenzó a convulsionar como loco; unos minutos después, se levantó poseído por un acceso de risa sin recordar nada, ni siquiera se recordaba a sí mismo, las pupilas inflamadas y la córnea rojiza de los ojos habían desparecido, tampoco hubo vestigios de asfixia ni de otro malestar, que no fuese la extraña actitud asociada al ocultismo de los dioses africanos que al parecer invocaron en conjunto para que el mayoral pagase todas sus perversidades en el único rasgo, sobradamente tajante, que le dejaba aquel penoso percance. Para resumir: el mayoral comenzó a ladrar y olfatear como perro, hábito que el día del incidente ofrecía sus primeros vestigios, y cuentan que se perdió en el monte transformado en un perro rastreador de cimarrones.

Aunque hay quienes aseguran que aquello no fue castigo divino, por tanto cepo y latigazos que dio a los esclavos, ni de la invocación de los dioses de Soledad por haberse metido con su negro, sino de algo más efectivo y directo, un brebaje que Soledad se ingenió para darle de beber. « ¡Brujería, de la más efectiva!» Le decía de pequeño a Jacinto la niña Gertrudis que se mofaba con las historias de los negros en África antes de ser esclavos, en sus respectivas aldeas, tanto como se encantaba con aquellas leyendas llenas de mitología y exotismo.

A la niña Gertrudis le gustaba escabullirse por las noches de verano, cuando el cielo parecía una alfombra salpicada de estrellas, hasta la barraca de los esclavos, para escuchar sus historias, amenizadas por cánticos tribales y repique de tambores.

Jacinto nunca tuvo el valor de escabullirse con la niña Gertrudis. ¡Ni siquiera de pequeños! Si el Conde los descubría pagaría doble precio por sus faltas. Jacinto siempre tuvo claro que a pesar de ser un esclavo con privilegios, no  era un hombre libre y mucho menos recuperaría la confianza del Padre Valencia, si este se enterase de sus cuitas con la señorita Gertrudis, bastante tenía ya con la punzante mirada del Padre cada vez que Jacinto se desvivía por la señorita desde que sus caderas ancharon y tuvieron que comprarle de la casa de moda más exclusiva de la Capital, una nueva talla de corsé. Jacinto creía que con llamarle moderadamente delante de todos: niña Gertrudis, y esconder los ojos debajo de las rodillas, como lo hacía desde pequeño cada vez, que algo le atemorizaba, bastaba para confundir al Padre Valencia, que se hacía de la vista gorda; desde que eran niños fingía no darse cuenta mientras le practicaba el catequismo, el especial afecto que le tributaba Jacinto a su hermana de crianza. Como le decía la niña entre carcajadas y cachetes rollizos, al propio Padre, y hasta el Conde, cada vez que a Jacinto se refería. «Ah, Sole, si es la puritita verdad.

La niña Gertrudis y yo somos como hermanos… no hay más que ver esos ojitos verdes que parecen te atragantan de golpe como la maleza del monte cada vez que me lo dice…» La negra Soledad se llevaba el dedo índice al párpado inferior de sus ojos, lo guiñaba y le refutaba: « con que ojitos verdes, ojitos verdes… » Reiteraba entre irónicas carcajadas. Luego se ponía muy seria y agregaba en voz baja: que no se te olvide, que para los blancos, por muy bien que te traten tú no eres más que un esclavo. El calesero de la señorita y nada más. ¡Que no se te olvide nunca mijo! Porque tanto ir y venir para aquí y para allá te puede trastornar los sesos. Cuando se te olvide. Primero mírate la piel y sabrás que somos lo que somos. »

-¡Bah!, Soledad tú siempre echando resabios.

-Negrito zalamero. ¡Abrase visto!  Y lo botaba de la cocina. No sin antes llevarse unas frutas frescas del canasto de la mesa, porque la niña Gertrudis se lo pedía para ir de excursión al río. Una excursión a la que el Conde no opondría la menor resistencia siempre que fuese en compañía de un tercero y más si ese tercero se trataba del propio Padre Valencia.

El recuerdo se posaría en la consciencia de Jacinto como la grata tibieza del río cuando su apacible corriente absorbía el fuego de la luz en sus veranos más densos, recorría con la inocente visión de sus ojos el hilo de agua que se confundía con el sudor de la niña Gertrudis subiendo desde la orilla con las faldas del vestido en alto, el sudor ágil y discreto que le nacía de su fino mentón, y esos ojos, ¡ah!, esos ojitos verdes que se abalanzaban sobre el carruaje como dos cocuyos enormes, ningún otro detalle podría ser más perfecto, ni llenar su silencio bajo un caparazón de emociones floridas.

En todo caso una alfombra de lirios secos se arrojaba al pie de su cama, la niña Gertrudis no quería, ¡no le permitía!, bajo ningún concepto que entrase a su habitación. ¡No esta vez!, no ahora que se había convertido en una mujer que estaba a punto de ignorar en su espejo el reflejo de la vejez. Jacinto insistió desde el corredor, pero el Conde le cerró el paso. Recordó las palabras de Sole, una vez percibida la sombría expresión del Conde. Cabizbajo, se dio la vuelta y fue hasta la cocina. Soledad no estaba. Pero sí sus manos en el aire mostrándole el dorso oscuro. «No eres más que un negro.

El calesero de la niña Gertrudis.» Se repetía con furia a medida que la desesperación le hacía perder los estribos, golpeándose insistente la cabeza. «Sole, Sole, Sole…» Escudriñaba el eco entre las llamas del fogón. No soportaba más aquella muestra de saña aferrada al lívido desparpajo de unos sentimientos nobles que nada deberían dañar más que a sí mismo. Fatigado se dejó caer en el taburete cercano a la puerta. « ¡Sole, es verdad que más sabe el diablo por viejo! Asombró los ojos, añadió para sí: Tú lo sabías desde un principio.

Nadie te puede engañar, ¡nadie!» Sintió un inquieto cosquilleo que le enervaba desde lo profundo de sus entrañas hasta quebrarle la garganta. Envuelto en un estado de posesión infernal que le perturbaba por completo no le fue posible percatarse de inmediato de la presencia del Conde firme y resignado en hacerle llegar una nota al Padre Valencia. Hizo un alto en el camino procurando poner en orden sus ideas. ¿Sería posible ante semejante desgracia? La niña Gertrudis ni siquiera quería verlo. Él que siempre había estado a su lado en sus momentos felices, en sus instantes ahogados por la soledad, en los nimios, en los intrascendentes, en cada uno de los detalles que le dejaba con la respiración agitada y a ella con esos ojitos verdes saltando entre la maleza, a la cuesta del río donde por primera vez se atrevió a rosar su piel blanda y lisa como hoja, se atrevió por primera vez a soñar con sus besos, con escuchar aquellas palabras de amor insaciables a la levedad amortajada de su sonrisa y la ternura con que se ciñe una hermandad evidente.

No le bastaba, ¡nunca le bastó!, y la negra Sole, lo sabía. Liberó un suspiro reparador y apartó el carruaje del trillo. Aún quedaba una legua de camino a Puerto Príncipe. El cielo formaba una especie de pesebre que acompañaba su sombra a una distancia prudencial donde calzó la rueda trasera del carruaje con una pesada roca para que el nivel del trillo no le arrojase al río y echó a andar unos metros adelante, en dirección a la cabaña que vertía una extraña humareda por las ranuras del techo de yagua. Por la puerta entreabierta se filtraba un murmullo espantoso. Un murmullo que le resultó muy familiar.

Se llevó las manos a los oídos. ¡¿Qué absurdo?! Nada podría afectarle ya. Su vida iba cesando con cada latido agónico de la niña Gertrudis. «Sálvamela Sole, haz unos de esos brebajes que le diste al mayoral y revierte el efecto, que la desgracia caiga en los ojos del mal. Que la desgracia caiga… La luz que desfilaba desde el techo de la cabaña se fue disipando y Jacinto percibió la energía fatal que atraía hacía sí. La repentina oscuridad de su consciencia se hizo eco en los vestigios meditabundos de la cabaña abandonada.

Poseído por una cólera delirante estalló en carcajadas que silenciaron los truenos y la lluvia ácida que ofrendaba el cielo como puntas de flechas. Pasaría toda la noche resguardado de la furia del tiempo, abrigando en la memoria el desconcierto de la noche en el hospital Lazarote. La imagen se reiteraba una y otra vez: el fuego de los cuerpos quemados en la terraza para evitar la inútil propagación de la peste, harto de llamas, la lluvia alzaba en el repunte irascible del cielo unas violáceas pinceladas continuamente agitadas bajo el inusitado vuelo de las auras que rasgaron el cielo con sus garras como un telón de teatro a medida que el espanto de los balas, rastrillos y azadas, se hacía letal. Solo un aura se resistía a la fuga.

Ni siquiera el hedor a carne macilenta le seducía como corresponde a su especie, con el pico acariciaba la quebrada piel de los cadáveres, tal como si llevase un paño de preparos medicinales para sanarles, sus garras flameaban con cuidado las formas del fuego, saltarinas y excitantes, hasta llegar a los pies del Padre Valencia que contemplaba admirado la actitud de tan rara especie. Jacinto fecundaría en sus ojos, anudaba más bien, en sus pupilas, el asombro insólito del aura blanca que se estremecía en su consciencia como una señal divina, y la memoria se cubrió con una encantadora luz que disipaba las tinieblas. El amanecer no solo traía un novedoso remanso de  albores sino también el fin de la epidemia. Milagrosos alaridos de júbilo afortunado recorrían las callejuelas de Puerto Príncipe, trillos, senderos y montes se erigían con el milagro de la vida.

La negra Sole fue quien primero acudió al encuentro de Jacinto. Era casi el mediodía cuando Jacinto apareció en las inmediaciones de la finca. Tiraba de las amarras por puro instinto, virtud utilitaria que servía de trazo a los caballos para que por sí solo desasen el camino de vuelta. Apoyado en la mano de la anciana esclava, el calesero que nunca antes se había sentido tan calesero como ahora, fue conducido al interior de la finca. El Conde salió a su encuentro en el zaguán. Recobraba el brillo en su semblante. Pero Jacinto no lo podía ver. Demasiada luz habitaba en sus ojos.

-Jacinto, ha sido un milagro, Gertrudis, Gertrudis… parece que vive.

Con la voz quebrada, Jacinto le dijo:

-Vivirá, amo, no lo dude, la niña Gertrudis vivirá.

El semblante del Conde volvía a apagarse de súbito. La esclava Soledad oscilaba con los dedos de su mano derecha sobre los ojos de Jacinto, conteniendo el llanto. El Conde fijaba la atención en la ausencia de pupila que denotaban sus ojos. Se llevó una mano al pecho y se apartó para que Soledad, con la ayuda de otro esclavo de la finca le condujese a su aposento.

El Conde no perdió tiempo. Apenas notó la recuperación palpable de su hija, comandó una cuadrilla de rastreadores para descubrir qué había sucedido con Jacinto la noche en que resignado lo mandó a Puerto Príncipe por el Padre Valencia para que le practicase a la señorita Gertrudis la extremaunción. La lluvia borró las huellas del camino, pero dieron con la pesada roca que ancló Jacinto a la rueda del carruaje y no les fue difícil hallar la cabaña junto al río.

En el piso de tierra hallaron la nota que había escrito para el sacerdote pero nunca se supo mucho más. Los motivos por los que Jacinto había quedado ciego ni lo que realmente sucedió aquella noche de tormenta fue un tema cerrado en la familia Asensio. Cuando retornaron los rastreadores, Soledad fue la única que se atrevió a maldecir al Conde en plena cara. Pero la felicidad de recuperar la vida de su hija y el final de la epidemia eran motivos suficientes para que le pasase por alto semejante afrenta. «Al final somos lo que somos». Pronunció entre conjuros, mascando tabaco y sorbos de alcohol que enjugaba en su boca y luego expulsaba en ofrenda a sus santos.

Cuentan que la bruja de Soledad invocó con toda su sabiduría milenaria, a las energías oscuras para que una maldición mayor cayese sobre los Asensio y le devolviese la vista al negrito Jacinto. Nunca se supo si en verdad lo consiguió, como tampoco qué fue de la familia Asensio. Lo cierto es que poco tiempo después el Conde vendió la casona en la Villa y el Ingenio y se fue con su hija, dicen que a Madrid. ¿Qué fue de Jacinto? La historia lo recuerda conduciendo ciego su carruaje, pintoresco y pomposo como era el negrito, con su traje de calesero, y que el aura blanca sobrevolaba desde lo bajo, guiándole el trayecto sirviéndole de ojos.

También cuentan que aquella noche de tormenta los esclavos aseguran que un aura blanca igualitica a la que apareció en el hospital Lazarote, de Puerto Príncipe, se posó en la ventana de la habitación donde la niña Gertrudis agonizaba, no se sabe si con la intención de guarecerse de la lluvia.

Lo cierto es que al parecer estuvo toda la noche hasta que asomó el alba y emprendió el vuelo según se dice a iluminar los campos y ciudades. Y hay hasta quien asegura que iba en el carruaje junto a Jacinto cuando al mediodía retornó a la finca.

Nadie puede afirmarlo en verdad, como tampoco que no haya sido así. Lo cierto es que el calesero Jacinto emprendió un viaje sin retorno por los trillos de la Isla en el vistoso carruaje, llevando en la memoria la visión única y singular de aquellos ojitos verdes de la niña Gertrudis  que parecen te atragantan de golpe como la maleza del monte, y aunque recordaba las palabras de Soledad, afirmando: « No hay privilegios para los vivos en el mundo de los muertos», no estaba muy convencido. De alguna forma sí había tenido sus privilegios. El privilegio de ser un vivo con una visión divina en el mundo de los muertos. Porque en el mundo de los vivos le había bastado con mirarse la piel y ya ¡no!, ya no pretendía nada más ver.



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