La Soledad del Artista

Por Rainer Castellá Martinez/Foto Lázaro David Najarro Pujol

Iglesia de las Merced, Camagüey. Autor Lázaro David Najarro Pujol. Dimensión 12 x 18 cm

I

 Sep, 2021.-El trazo de las luces se abrazaría al desafuero indulgente de los transeúntes que cruzaban huellas alrededor de la Plaza de los Trabajadores, custodiada por el puntal de la iglesia de La Merced erigida como un faro en la sombra arañada por la amalgama de cornisas circundantes, ignorarían entonces que el efecto abrazador de sombra y luz, prolongaba el rosetón de césped uniforme, bañando la punta de mis pies; como un dragón que ignora el poder de su garganta para enervar fuego en sus garras, permanecí extasiado bajo uno de esos balcones coloniales. Llamaba la atención en demasía el ventanal a mi derecha que espléndido lucía su rojizo tejado.

De joven  fantaseaba con habitar uno de aquellos sitios coloniales, cercanos a cualquier anillo patrimonial del país, mis fantasías siempre recogían escenas extremas de jolgorio altisonante a esas atmósferas bohemias tan tradicionales que por lo general concluían en el vicio sugestivo del arte cuando se abandona al placer del cuerpo.

Imagino el semblante contraído del músico que la habitaba detrás del ventanal, (para darle mayor encanto a mi fantasía), y el sarcasmo inocente de Lázaro David deformando con su figura, la franja de sombra que descendía de la barandilla. «¿Cualquiera cosa puede ser posible siempre y cuando se crea en ella? Camagüey está llena de leyendas, historias de amor y desamor.

Es una villa tan legendaria como bella.» Me dijo categórico, aunque sin estar muy convencido de lo que le acababa de contar. Por mi parte, no tenía la menor duda que un Brindis de Salas pinceló el vacío con su melodía encantadora dentro de aquel recinto, que si le memoria no me traiciona, nadie atendió al llamado de la puerta. Lo que hicimos el resto de ese día ni siquiera lo recuerdo.  Las horas se diluyeron en una nube de incertidumbre trasegada por el reflejo insólito de aquel balcón que sugería los secretos más íntimos de su inquilino. Una soledad necesaria en el artista, pienso; aunque a veces se pague un muy alto precio, el verdadero creador sabe y reconoce que requiere de las tinieblas para encontrar las claves de su arte, un arte que viril rueda por consciencias ominosas como un dado con sus cuatro caras. Hoy relato apenas una de ellas y si es posible desde la imperfección de la memoria esgrimiremos a plenitud los insondables y magros laberintos de la soledad del artista.

II

Nunca antes el reflejo del pasado se mostraba ante mí con tanta crueldad. Sentí que la tierra se abría a mis pies, reclamando su cuerpo. Vestía el suelo y sus latidos parecían animar el temblor de las pulsaciones. Me acerqué sigiloso. No debía tocarlo. Su pecho yacía bañado en sangre. El reflejo inerte de sus ojos parecía esfumarse por la ventana. Di la vuelta y deposité con sigilo mis manos en el marco. Temía que alguien me viese.

Me sobresaltó el sonido de un violín. No obstante fui incapaz de retirar las manos del marco. Alguna conexión debía existir entre aquella melodía y yo. Volteé ligeramente la cabeza. El cadáver se recogía en el silencio. Devolver la vista al frente cobraba en mi instinto una entrañable seducción.

La melodía continuaba filtrándose en mis oídos, endulzaba mis venas y perfumaba el aire que resarcían los pulmones. Fue un instante de éxtasis. No necesitaba otra cosa que la suprema oscuridad, insertada al idilio de las sensaciones, capaces de pincelar las figuraciones que ocuparon el paisaje. «Allá afuera, la vida es menos amarga. Sin dudas lo es». Reiteré para mis adentros una, dos… Bebí el último suspiro cuando me llené de un valor que ya no requería y pasé junto a los pies del cadáver.

Abrí la puerta con sigilo. El crujido se asilaba en el lúgubre sendero que trazaba el pasillo. Lo abordé como quien busca la luz al final del túnel. Una de mis manos no tardaría en hacer contacto con una superficie sólida y áspera. Descendía las escalares apoyado por la barandilla con tal fragilidad que parecía un papel flotando en el vacío. Quedé a un paso del salón ubicado en la planta baja ante la ausencia del primer escalón.

No me atrevía a saltar. La melodía acechaba como una fuerza bruta. Pero también supe que podía alejarse de un momento a otro. El salón estaba rodeado de cristales de la mitad hacia arriba. Alguien había corrido las cortinas. Pude distinguir el violín coronándose derredor al agasajo  de la algarabía. ¿Quién sería el artista que le acompañaba? Resultaría inútil vislumbrarlo entre tanta multitud expectante y más improbable si juzgamos mi posición. ¡Tenía que saltar el escalón! De lo contrario correría el riesgo de renunciar al idilio de sus notas. Tenía que hacerlo cuanto antes. Mis pulmones volvían a rellenarse con la dulzona melodía.

Aspiré con levedad, una, dos… Mi cuerpo ganaba peso. No obstante permitía que la punta de mis pies punzase la superficie de madera. Un deforme rectángulo se dibujaba alrededor. Apenas unos metros me separaba del exterior. El murmullo de la brisa zumbaba en mis oídos. Un murmullo que reconocí en el trazo final de la melodía, seguido de aplausos, vitoreos y más jolgorios. Una extraña energía se apoderó de mí.

Era como si el mar de sangre que corría por mis venas se hubiese congelado. El pulso me temblaba, dolía la carne en su extrema rigidez, ante la flexión de mi mano sobre la manigueta de la puerta. El sonido de la campanilla extraviaba mis sentidos. Entonces pensé cuánto de misterio diverge en los sonidos para sí. En especial si comunes materias se dosifican. ¡Un salto al vacío! Así definiría el primer contacto con el mundo de afuera.

Cerraba los ojos y allá, mucho más allá percibía la brisa rosando la punta de mi nariz, un lago, en mis sueños siempre hay un lago de aguas tranquilas, una hojarasca delinea el borde y si levantas la cabeza, el cielo expande en tus cejas un horizonte conformado por hermosas figuras. La plenitud se asila en tu consciencia. La vida es válida. Gozas de esa certeza que solo compartes contigo. Consideras que ciertos privilegios requieren de un esfuerzo singular y echas a andar. Bajo tus pasos solo existen tus huellas.

Nada más que tus huellas. Razón de sobra por la que ahora no es posible confiar y andar… ¡Oh! Me esfuerzo por borrar las huellas que marcan mis pasos. A medida que desando entre la multitud evito su mezcla. Niños que corretean, golpean mis caderas, una mujer gruesa, muy gruesa, extiende los brazos, me interrumpe el paso, pienso que quiere atraparme.

Mi corazón conmociona, se espanta y respira aliviado cuando la carcajada fabrica un nudo en el aire caliente y perplejo contemplo el rostro de la muchedumbre que deja una vasta cola de serpiente, similar a la noche más honda, sobre el inerte triángulo de mi espalda. La calma se erige después de un torrente de petardos. La repentina efusión de coloridos resplandores cobra un efecto grotesco.

El cielo es un espejo lleno de cicatrices. Renunciar al reflejo debería ser lo más coherente. Cuelgo la vista al frente. El hedor enerva de los albañales con una saña que parece odiarnos. Nos alienta para habitar otros planos materiales. En este la naturaleza y el hombre reaccionan a estímulos diversos.

El hedor dilata los hoyos de mi nariz. Tal es su fuerza que sospecho me cubro la mitad del rostro con uno de mis antebrazos. Mientras trazo un angosto sendero entre la multitud lo hago de ojos abiertos aunque los tenga cerrados. Vuelvo a levantar la cabeza aunque no lo hago y ando cuando no ando.

La melodía ha cesado allá afuera. Mas, en el reino de mi consciencia, persiste. En algún sitio sé que hallará a su creador. Alguien me llama. Me detengo y miro a mi derecha. Se trata de un niño de rizos castaños y cachetes de zanahoria. Me toma del dedo índice. Me dejo llevar. Señala a las cuatros dianas. Un sujeto de brazos velludos, ojos pequeños y semblante rastrero me apunta con una escopeta de caza.

La voltea por el cabo ante mi reacción absorta y se carcajea con aires de grandeza mientras amordaza entre sus dientes el cabo de tabaco. Sostengo el arma y me aparto. De su comisura labial pende una saliva que amenaza con salpicar el mostrador. Reparo bajo mis pies esperanzado de no encontrar sus huellas. Libero el aire que se escurre de mis pulmones.

La frente me suda y siento las piernas como dos quebradizas bolas de fuego, aun así sostengo con firmeza la escopeta. Me ha parecido que el niño ha guiñado un ojo. Aprieto el gatillo, cierro los ojos y el disparo se hace eco en la algarabía. El cañón desciende ajeno a mi voluntad.

El niño elige el peluche de la estantería de cubos. Es un peluche blanco que alza sobre su cabeza.  Se da la vuelta y presiento que sonríe. Devuelvo la escopeta a su dueño y me corro de la fila. Padres, madres, hijos, todos están deseosos de disparar. Otra vez el angosto sendero.

Me digo y entonces la melodía retorna a mi consciencia. Puedo vislumbrar el violín y reconocerlo como si fuesen mis ojos. La sinfonía late en un suspiro distante. Mis piernas son alfombras que trazan el sendero. Desde arriba el asfalto parece una oxidada herradura. Desciendo ante la atención erigida en el repentino silencio. Un hombre se acerca a mí. Lleva el violín en el brazo como si se tratase de un mono sabio. Sonríe. Su sonrisa es solo una figuración blanda de su rostro cárnico, ¡muy cárnico! Lleva un sombrero  de alas cortas sobre su cabeza, que amolda con su mano libre ante el impiadoso desliz de la brisa.

Viste todo de negro, contrasta con el pañuelo blanco enrollado al cuello. Impertérrito balancea la cabeza. Su visión punzante de ojos marchitos, denota ese rastro de hombre inteligente o apasionado. Asiente con idéntica expresión que el comienzo. Siento como si mi mano se transformase en un pétalo de rosa con el solo roce del violín. Lo coloco en posición.

Mis ojos se fijan en la cabeza del violín. Muevo la mano izquierda arriba y abajo sobre las cuerdas, pero me detiene el espacio con que rasgo la base. El estrepitoso chirrido espanta la grotesca algarabía. ¡Me acechan cientos, miles de ojos! Jamás sospecharía que su silencio cobrase en mis sentidos tan desdeñable aversión. Insisto en la disipación del silencio. Coloco hacia adelante el brazo izquierdo y es entonces que su mirada nostálgica se torna fría, helada, ¡muy helada! Se acerca a paso parsimonioso.

El vestigio de la clave de sol se agudiza en mi mente. Algo me dice que no le preste atención a sus palabras. Las palabras se ofrendan infértiles a esos sonidos que descifra la música en el noble lenguaje de la naturaleza. Su pretensión es endeble y en consecuencia destruye el maravillo entorno de las emociones. Pero no son sus palabras quienes lo enlutan. Sino sus manos en el cuello. Desanudaba el pañuelo y otra vez su helada mirada se recoge en mis ojos como un nefasto presagio.

-¿No me reconoces?- hace un pausa y señala a la  franja de sangre que le troza el cuello-. Soy tú, soy tú, tú, tú…

Se repetía entre la multitud expectante. Miraba espantando la sangre que corría por su cuello, anidándose en el pecho de la camisa. Dejé caer el violín en el lodo y me di la vuelta, pero mis rodillas se quebraron unos metros más allá. Sentí como si la multitud me hubiese cargado en peso, arrojándome al lodo.

Tal vez lo hubiese preferido. Pero lo cierto es que la algarabía retornaba y todos corrían delante, ignorando la huella que dejaban detrás. Retornaban las cicatrices en el cielo, el baile y la grandilocuente carcajada de las parejas que se reunían bajo la tarima de los músicos, cuyos rollizos semblantes enardecían por la ausencia de instrumentos de cuerdas.

Mis piernas se quebraron apenas conseguí avanzar unos metros. Recogía a mi cuesta el peluche que había ganado para el niño. Me sirvió de cayado para reponerme a la resbalosa superficie y solo me deshice de él, cuando entorpecía la flexión de mi mano en la manija de la puerta. Entré al interior de la posada y de inmediato corrí las cortinas. Aun así el bullicio agrietaba los cristales. Me llevé las manos a los oídos. Antes sacaba un pañuelo del bolsillo del pantalón y en su lugar guardaba otro objeto más rígido en comparación.

Envolví la palma de la mano en el pañuelo, lo apoyé en la barandilla y conseguir despegar los pies del suelo, retirando la mano una vez que mis pies hicieron contacto con el siguiente escalón. Levanté la cabeza y subí las escaleras a paso firme. Hallé entreabierta la puerta de la habitación.

Al inicio me figuré haber dado un paso atrás. El corazón latía como roca herida y del vientre culebras enervaron. Entré a la habitación abrigado en el silencio. El cadáver permanecía en completo reposo. Nutrido de esa apariencia inerte que nada inspira. Caminé despacio hasta llegar a la ventana. Apoyé las manos en el marco.

El cielo persistía en cubrirse de luminosas cicatrices. En cambio, alguna que otra parecía adherirse a la palma de mis manos. Entonces me separé de la ventana. La sangre formaba un hoyo bajo el pecho del cadáver. Percibí que mis rodillas volvían a quebrarse. Arrastré la espalda a la pared con la intención de proteger el cuerpo en la caída. Estiré un brazo. El pañuelo colgaba como una bandera de la mano más ardiente. La froté sin cesar, pero la sangre formaba en ellas un abismo inconquistable. Volteé la cabeza por instinto.

El cadáver reposaba a mi lado. Su cuello marcado por una franja de sangre seca me conmovió hasta el cansancio. Lo último que consigo recordar fue mi mano en el bolsillo extrayendo dos cuerdas de violín, devolverlos a su bolsillo mientras mi cuello con el pañuelo cubría.

En ese instante sentí que mi cuerpo perdía su peso y mi lánguida energía comenzaba a levitar en el cadáver. La oscuridad fue absoluta. Se trataba de una reacción edificante y singular. Tanto que hasta nuestros cuerpos conseguiría unificar. Pero mi energía no tardaba en asfixiarse dentro de aquella materia seca y sorda que no me permitiría degustar de la maravillosa pieza del violín. Mi energía aún no aceptaba a la renunciación de aquella melodía, mutilada por el maltrecho eco de sus palabras, reiterando:

-¿No me reconoces?- volvía a señalar a la  franja de sangre que le trozaba el cuello-. Soy tú, soy tú, tú, tú…

Guardaría ese hondo silencio del que nace una estoica resistencia. Entonces comencé a desenrollarme el pañuelo del cuello. La sangre pululaba animosa.  Nunca antes el reflejo del pasado se mostraba ante mí con tanta crueldad. Sentí que la tierra se abría a mis pies, reclamando su cuerpo… tan solo el suyo.



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