A partir de una fotografía de anochecer camagüeyano: Versos Lúbricos

anochecer-en-camaguey-1

Por Rainer Castellá Martínez*

Foto Lázaro David Najarro Pujol

Sep, 2021.-El manto del cielo descendía sobre los brazos de la cornisa en el atardecer de la villa camagüeyana, tapizando el umbral de las columnas envueltas en la trepidante constelación de la sombra que sacudía las paredes desde el interior de las casas señoriales.

Volteé la vista al lado y allí estaba el maldito retrato. Evadía su acecho con esa energía resuelta a disponer del mundo exterior solo aquellos elementos previsibles al confiable hábito de la indolencia visual. Ningún otro objeto dentro de aquel mustio entorno parecía llamar tanto mi atención como la imagen presa dentro de aquel marco de bronce.

Moví el cuerpo un instante, pero mis piernas parecían detenerse ante el clamor insolente de ese rito sagrado que veneramos sobre la esencia ideal de la naturaleza incognoscible y a su vez tanto pavor ofrece a los maltrechos sentidos de una racionalidad dispuesta a erigirse sus más frugales utopías en el desafuero irascible de sus emociones recónditas, ataviados al delirio del ayer, donde sus versos, colmaban de lubricidad un destino apertrechado por la solitaria embriaguez de mi instinto.

Tenía yo pocos más de veinte años cuando recibí una de sus primeras cartas. Afanado entonces por conocer a la poetisa romántica más afamada de la región, mi consciencia sopesaba el hallazgo de aquellos sentimientos encontrados una vez que su carta atendía a la réplica inusitada de sus osadas estrofas que concluían con un verso lúbrico, asido al trance meditabundo de sus fantasías sexuales, exonerando a mi persona de cualquier timidez de la que fuese presa, destinado entonces a corregir los esquemas previos al encuentro en el baile de la Colonia Española donde fuimos presentados.

Describir su belleza sería obrar de ingenuo pecador ante la pincelada discreta de un otoño anidado en la verosímil pulcritud de sus mejillas sonrosadas una vez que tomé su mano pidiéndole que me hiciese el honor que me acompañase en la primera contradanza. La marquesa no tardaría en regocijarse de esa naturaleza liberal que fecundaba sus poemas, al recitarme al oído otra de sus más afamadas creaciones.

Tampoco cobijar el deseo carnal que ambos nos tributábamos dentro de una evasión auspiciada por la indulgente miseria de las costumbres que nos pusiesen a salvo de las malas lenguas justificaría acaso en la irreductible verosimilitud del naufragio emocional esa justa vehemencia de dotes altruistas que nos sepultan el sentimiento sin que la desidia aflore uniforme sobre nuestro cadáver.

Ofrendarle la libertad a ese instinto pecador que justificaba acaso la ausencia espiritual de la marquesa consorte, postrada sobre una cama desde los años que precedían al desafuero venidero de las primeras pasiones y de las trifulcas del marqués, puras empalizadas en sus tretas políticas donde la insurgente ponencia de su sicología política no le permitía voltear la vista al lado más que para hundirla en la flamante miseria asignada a los dogmas del poder, suscribieron la oportuna condición para vernos a solas.

Ningún fenómeno externo podría enlutar mis emociones ante la fragmentada secuencia de ideas que sometían mi cerebro, auspiciado por la singular de sus formas exponenciales, comparable a aquella mansión victoriana en medio de tierras vírgenes que los hechizados cipreses acechando las ruedas del carruaje, mientras cursaba aquel angosto sendero, ávido a la franja objetiva que vislumbraba las torres de la mansión, cuales brazos en su desliz sereno, emitía tras su infortunada estampida, un quejido espantoso que parecía enervar desde el supremo abismo de la superficie.

Ni siquiera la legión de cuervos que pretendía levantar el coche a picotazos una vez detenido ante la escalinata me sobresaltó en demasía, infortunio alguno conseguiría que mi corazón se estremeciese de luz derredor a la neblina insidiosa cuando viese su imagen pura a la cuesta de mis maltrechas pupilas, tampoco las grietas que mis huellas idearon sobre la escalinata, cuya vista atrás supuso una mal sana confusión de mis concretas nociones sobre le realidad, puesto que cada escalón cobraba perfecta salud una vez le abandonaban mis pasos, ni el acecho del lobo cuales garras una vez reblandecía con mi bastón la colosal puerta, sus colmillos amenazantes mostraba hasta disiparlos en un agujero que pincelaba el vacío, ¡Nada hubiese consignado nuestro fallido encuentro amoroso, ¡nada!, a menos que el vestigio de la muerte insolente pernoctase en la naturaleza frugal de sus versos lúbricos, insanos a la estoica mocedad del ideal que me tejía de mi adorada poetisa.

Supuse que de repente algo debería haber cambiado. La luz con que prendía su mirada no era más que una lumbre maltrecha bajo el incierto estímulo de sus párpados.

Los versos que recitaba apenas filtraba la pasión requerida que sus labios perfumaron durante el baile de la Colonia Española, infértil sería incluso la holgada intensidad sostenida en nuestras cartas.

¡Qué absurdo el sentido objetivo de perseguir ideales! Pensé mientras le hacía caso omiso a su cuerpo maltrecho y mis piernas intentaban revolver aquel infame recital de versos lúbricos, serviles al lívido cadalso de la fotografía sobre la mesa estilo imperio que sugería entre ambos algo más que un puente de butacas cargando imágenes obsoletas, la singularidad del retrato solía compadecerse armada de un sadismo evidente de aquella mortaja que colmada de alhajas y maquillaje exuberante sufría dentro de esa máscara que el tiempo con justa insolencia diseñaba cubriendo su verosímil aspecto amortajado.

¡No me pude resistir a tan incólume frustración! ¡Qué clase de humano sería si dejase que el recital conquistase las previsibles alas del fin!  El retrato destilaba en la quietud del salón su pendenciero triunfo. Infértil altruismo consignaría aquel trozo de lámina recubierta apenas por el cristal afincado en el molde de bronce que aprehendía la belleza incuestionable de la poetisa.

Me levanté de súbito, mis manos formaban columnas mientras la sustentaba, apertrechándolas contra mi corazón una lágrima correría insulsa sobre mi mejilla a medida que el silencio irrumpía en el salón como un visitante oportuno, cuyo testigo de lo acontecido jamás delataría, ¡No, de ninguna manera lo haría! Si pudiera hablar también me diría que obré con justeza… El lobo crujía sediento detrás de la puerta, las escalinatas erigían sus grietas al unísono de las huellas de los pasos que la asediaban, ¡pasos que no podría escuchar!, mas el eco del sendero que enervan sus quejidos desde su oscuro abismo, fungido por la animada hosquedad de los cipreses imaginaba a la perfección a medida que arrastraba el cuerpo  de la poetisa, preso a la inmóvil sensación de mis piernas, el rastro de sangre bañaba las losas de mármol en la superficie evocando el suspiro aterrador del retrato, cual extremo del marco delineaba su rastro insurgente.

No debía hacer otra cosa que prender la atención en su belleza, compararlo al cadáver rendido de bruces al suelo. Pasados unos segundos devolví el retrato a su lugar de origen. Limpiaba el extremo de bronce  ensangrentado hasta que a merced de un llanto tremebundo lo acerqué a su oído capaz de disipar hasta el lamento del demonio si se asistiese fuera, únicamente el eco de la tierra filtraría, verosímil al dulce rigor de los versos lúbricos recitados.

*Rainer Castellá Martínez, escritor, ensayista y poeta de Santa Clara, ganador de diversos premios en novela, poesia y otros generos



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