Efraín Morciego Reyes: un poeta con la imaginación del pintor

Por Lázaro David Najarro Pujol

Camagüey, Cuba.-Al poeta, narrador e investigador Efraín Morciego Reyes (1950-2020), lo conocí cuando en la década de 1970 me desempeñaba como director de literatura y publicaciones en Santa Cruz del Sur, municipio camagüeyano que el autor del testimonio El crimen de Cortaderas (1982), visitaba una y otra vez, para asesorar a los integrantes del  taller literario Pablo de la Torriente Brau.

La amistad se profundizó en los encuentros literarios que organizaban las provincias de Villa Clara y Camagüey,  con sede en el municipio de Caibarién y la añeja villa de Remedios, al igual que en las tertulias literarias de las ciudades de Morón y Ciego de Ávila, territorios donde existía un fortalecido movimiento literario.

Le encantaba invitarnos al rancho de su papá campesino, quien compartía con nosotros sus poemas de un repentista que nos contaba de historia sus etapas de niño alfabetizador en aquella finca ubicada en la periferia de la ciudad de Camagüey.  “El papá que me dio  madre”: “Mi padre semejaba una crónica por escribir./ Un abecedario de correcciones en el que,/ si acaso, hubiéramos pecado de empecinados/ al mover una o dos fichas de lugar.

Y de Morciego se recuerda poemas profundos como  CANTO DE AMOR (Fragmento):

…Nací en el campo,

la leche de mi madre mojó el pedregullo

la primera vez que los sinsontes

cantaron en la cerca.

Bebía del pezón cuando llegaron

y fue el primer entretenimiento que tuve

y dejé de mamar

y mi madre siguió dando leche,

y se rió de mí,

y se sintió orgullosa

y nos maravillamos con los sinsontes.

Y la leche de mi madre

goteó sobre la tierra.

Donde cayó la leche

no nació árbol alguno.

—Será un dagame—pregonaba mi padre

sin espejuelos.

—Habrá una fuente— dije yo para mí

en mi idioma posible de niño.

Pero mi madre mojó los turromotes

para que no nacieran

robles ni jaboncillos.

No eran árboles sueltos,

era la tierra que se alimentaba

y para dar fe de ello cantan los sinsontes.

Sobresalió por el talento demostrado; cursó estudios en el Instituto Superior de Literatura Máximo Gorki, de Moscú. Su amigo de juventud y de andanzas literarias Roberto Manzano al releer la prosa de Morciego rememoraba que “nos parece oír de nuevo la peculiar manera de decirlos que tenía el poeta desde su primera juventud, con la imaginación del pintor y el teatrista, y del artista performático mucho antes de que esta variante histriónica se convirtiera en la preferida de algunos poetas que vinieron después”.

Manzano reconocía que “los jóvenes que le oíamos sus versos quedábamos largo tiempo con la nueva noticia de su voz enredada en los oídos, y el poeta rompía todos los esquemas de la recitación coloquial, que suponía una actitud antideclamatoria, un sentarse a leer como quien sucede notarialmente, ajenos a todo énfasis oral o subrayado gestual”.

Considera que los versos de Morciego “se rendían con abundante frecuencia a lo coloquial en boga, sabía tirar de la suscitación lírica, gracias a una poderosa imaginación silvestre, y golpear con metáforas de rica plasticidad natural la sensibilidad de los más jóvenes, que buscábamos con fuerza un poco más de elaboración subjetiva en los poemas”.  

Tuve el honor de compartir con Efraín Morciego Reyes el triunfo del libro El crimen de Cortaderas en el que con su estilo peculiar de recrear los hechos sin alterar la historia, cuenta a los lectores aquella desgarradora masacre ocurrida en el ano 1933, en el entonces central Senado, hoy Noel Fernández.

 

A Moricego correspondió el honor de  presidir en Camagüey la Brigada Hermanos Saíz, devenida el 18 de octubre de 1986 en la asociación de la vanguardia artística de los jóvenes cubanos, labor que desempeña sin abandonar su responsabilidad como especialista de literatura en la tierra de El Mayor.

Salido de la imprenta me obsequió como un tesoro su poemario Problemas con una Kriyumba (UNEAC, 2003), edición dedicada al X Aniversario  del Festival de Raíces Africanas Wemilere, efectuado en Guanabacoa, en 1998, con una bella dedicatoria solo salida del alma de un poeta “A mi hermano, ejemplo viviente de que el hombre puede siempre emanciparse y no retroceder jamás”.

Me leyó el poema Patria en el que reafirmaba su fervor a la  tierra: “Tenemos una bandera con flecos en la punta/ y una hilera de niños entre los cuales aparezco yo/ con la corbata atardecida por la fanfarria/ del Himno Nacional/Tenemos una puerta que hemos/dejado sin cerrar cuidadosamente…”

A Morciego corresponde el libro Poemas escritos en La Habana, en el cual el creador “transmite desde el primer verso hasta el último el sentimiento y las diarias vivencias de una generación de entonces”.

Además, la obra “pasa por distintas situaciones como la de «Casi tragedia de Pedro y Melibea», hasta su propia frustración en «Un escritor ofrece sus servicios», y te deja saboreando la ilusión y la añoranza de la familia con «Data distante», dedicado a su hermana Idalmis”.

Galardonado con el Premio Extraordinario Aniversario 50 del triunfo de la Revolución, otorgado por la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) en el XII concurso nacional de poesía Regino Pedroso, con un poema en versos libres titulado Cuito Cuanavale, Morciego es autor asimismo  de la novela El monte de las cien caballerías (ediciones Unión, 1989).

Se suman a su basta obra literaria obras como Rústicas y rupestres (1978), Juan Olimpo, un primer teniente de catorce años (1981), Provisiones de la memoria (1986 y Soledad privada (2011).

SOLEDAD PRIVADA

Allí están las medias de Nathalie

flotando en el patio.

Cada vez que aparece una prenda suya

la lavo enseguida

(y que no vaya a ocurrirle nada).

Cada vez también que prendo un cigarro

y arrojo la colilla por la ventana

tengo el temor de herir a Nathalie

pues veo flotar sus medias

dislocadas —como ella misma—

por el patio.

A veces se me olvidan

y quedan solas, en el cordel,

las huellas de mi hijita

flotando al aire de la medianoche

igual que ideas de marineros

(o de emigrantes).

Mis hijos corren hacia mí

por el calmante de una pesadilla

vociferando, de tanto protegerla,

la palabra imposible: ¡PaEfra…!

He aquí, padres del mundo,

los calcetines de una criatura

flotando a la deriva y al desamparo.

Las ropas de mis hijos

se han empapado en el Estrecho de La Florida

y todo lo que cuelga en mi patio

son dos gorriones de soledad.

El poeta Roberto Manzano en la  reseña publicada en Cubalieteraria develaba: “Para mí, que por sintonía generacional y espacial conozco muchos detalles de la aventura vital que cuentan los poemas de Efraín Morciego, lo que resalta y emerge prístinamente en la relectura es el alma recóndita y verdadera de aquel andariego poeta, cuya generosidad al desempeñar su olvidada labor de heraldo de la poesía de la tierra por toda la isla me crece ante los ojos con la levadura del agradecimiento y la amistad”.



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