Aurelia Castillo de González: la amiga entrañable de El Mayor (II)

Texto y fotos Lázaro David Najarro Pujol

Ago, 2020.-La escritora y periodista cubana Aurelia Castillo de González (1842-1920), la más sobresaliente del siglo XIX en Cuba, devino amiga entrañable del Mayor General Ignacio Agramonte Loynaz. Dejó escritas las convicciones sobre «aquel diamante con alma de beso», como lo calificó José Martí.

La talentosa e ilustre mujer conoció a Agramonte Loynaz, el patriota camagüeyano también, que los habitantes sienten el honor de que en su provincia lleven como gentilicio agramontinos, como tributo eterno a su memoria.

Publica el portal digital de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba que El Mayor era para ella paradigma y lo describió como joven alto, delgado y muy pálido, pero no de una palidez enfermiza. Era una «…palidez de fuertes energías reconcentradas».

Esa amistad está reflejada en su libro Ignacio Agramonte en la vida privada, en el que la autora rememora que: «Sí, algunos recuerdos tengo del héroe, y los guardo en mi alma, como guarda el avaro su oro… no; como se guardan amadas reliquias, que, sin tener valor intrínseco, tiénenlo inmenso por venir de quien vienen…» 

Testimonia que lo conoció «siendo él estudiante de derecho de La Universidad de La Habana. Ya antes lo había sido en el Colegio de Don José de la Luz…»

Al caer en combate el 11 de mayo de 1873, la escritora y amiga del patriota, señala que «…fue aquel un día espantoso en Puerto Príncipe. Jamás podremos olvidarlo los que lo presenciamos».

«Cuando los españoles descubrieron, gracias a una cartera y a un retrato de la amada esposa, que uno de los muertos en la que habían tenido por la insignificante refriega, era Agramonte, la noticia voló como en alas de electricidad a la capital de la provincia, y los voluntarios, ebrios de gozo — ¡bien sabían el valor de la vida que se había tronchado! — se apoderaron del cadáver y, atravesándolo sobre una bestia, la hermosa cabeza ras de tierra, lo pasearon triunfantes por las principales calles de la ciudad, entre tumultuosas vociferaciones, cínicas carcajadas y atroces insultos. Al paso de la horripilante procesión, cerrábanse las puertas con rudos golpes»…[1]

En la nota de la editora se describe el amor de Amalia e Ignacio: «Desde una vieja foto una pareja de jóvenes cuenta historias de amores truncos por la guerra y la muerte. En otros tiempos su romance hubiera sido corriente. Hubieran envejecido juntos, viendo crecer a los nietos. Pero su tiempo fue el polvo y manigua, su tiempo fue de breves estancias y grandes ausencias…»

En su libro Ignacio Agramonte en la vida privada, Aurelia dedica un capítulo a El Idilio, sitio al que –estimulado por la obra—, fuimos con un grupo de expertos a indagar entorno al lugar exacto donde se alimentó una fascinante historia de amor entre el mayor general del Ejército Libertador Cubano Ignacio Agramonte Loynaz y Amalia Simoni.

Quizás no sea conocida ampliamente por las nuevas generaciones y mucho menos El Idilio, sitio donde se encontraron por última vez, los protagonistas de una de las más bellas memorias románticas de la ínsula.

Precisamente en carta de Ignacio se describe el término donde Amalia vio partir al héroe a misión militar, el 26 de mayo de 1870, durante la Guerra por la Independencia de Cuba.

Y tras más de diez años de exploraciones los especialistas del territorio y la filial camagüeyana de la Sociedad Espeleológica de Cuba comprobaron el lugar donde el Mayor General Ignacio Agramonte y su esposa Amalia Simoni se refugiaban junto con familiares de ambos.

Días antes de la detención de Amalia, El Mayor le escribe una hermosa misiva a su madre en la que se traduce el infinito amor por los suyos:

«Por acá no ocurre novedad alguna digna de especial mención en la familia. Amalia goza de salud y se conserva gordita: pasa algunos sustos a veces, incomodidades y privaciones, pero está contenta; las más de las veces vive en algún rancho en el  bosque con Simoni y Manuelita, mientras yo estoy fuera en campaña: allí les falta una infinidad de pequeñeces que en las poblaciones por su abundancia no se aprecian: remiendan sus vestidos porque no hay facilidad de reponerlos; sin embargo ella piensa que nada de eso importa con tal que Cuba sea libre y lleva con gusto esa vida soñando con nuestros triunfos y preocupando siempre con anhelo las noticias de la guerra. Nuestro Ernesto ocupa todo su tiempo: ella misma y sola lo cría, lo carga y lo atiende: delira con él. ¡Si usted lo viera, Mamá, cómo lo había de querer! Es lo más mono y simpático, y no digo precioso por modestia. Ya camina, dice Mamá y Papá y pide papa y da besos el 26 de este mes cumplirá un año».

En honor a ese amigo de la escritora y periodista cubana Aurelia Castillo de González, en El Camagüey se erigió el Parque Agramonte. La estatua ecuestre de El Mayor, fundida en bronce, como su base de granito, fueron elaboradas en Roma, Italia, por el escultor Salvatore Buemi. Se cumplía así el sueño de su amiga de juventud, Aurelia Castillo de González:

«¡…él siempre debe estar altísimo ante nuestra vista interior, como símbolo y eterno ejemplo de pureza moral, de cívica grandeza!».

[1] Ignacio Agramonte en la vida privada. Castillo de González. Editora Política, 1990



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