Proa a una Isla Mágica (Relato)

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Por Lázaro David Najarro Pujol

Ilustración René de la Torre

Preparamos las condiciones y pronto formamos parte de la tripulación, compuesta por ocho marineros, incluyéndonos a los tres estudiantes y un grumete. Un atardecer soltamos las amarras.
–¡Ya, así está bien! –asegura un tripulante.
Despegamos del muelle trazando rumbo hacia Nueva Gerona, capital de Isla de Pinos.
–Navegaremos toda la noche. Son 62 millas de travesías desde Cayo Largo del Sur a Nueva Gerona.
Benito, es el patrón del barco; un moreno fuerte y conversador. Tiene en el antebrazo izquierdo una inmensa cicatriz que salta a simple vista.
–¿Qué miras muchacho? ¿La cicatriz? No, eso no es nada. Sólo el beso de un tiburón. — Se pasa la mano por la puntada.
–Estábamos calando una red para capturar manjúas . Yo no había visto el tiburón. Siempre llevó este puñal de caza submarina para trozar las mallas enredadas. El tiburón me mordió el brazo, arrancándome parte de la masa muscular, provocándome una hemorragia.
–¿No se defendió, usted?
–No pudo llevarme. No me atemoricé. Me defendí como pude. Lo apuñalé, una, dos, tres veces y me soltó. La sangre del tiburón se confundía con la mía. En ese instante no sentí dolor. Mis compañeros me vendaron rápidamente para controlar la hemorragia.
–Pero, debe haber perdido muchísima sangre. ¿Cómo pudo sobrevivir? ¡Oiga, con una mordida así pocos hacen el cuento!
–Por suerte estábamos muy próximos al puerto. Llamaron a la red-costera. Zarpó una lancha rápida con un equipo médico y nos interceptaron en el camino.
Es una cicatriz inmensa que le cubre casi todo el brazo. Su voluntad lo hacía vencer cualquier tipo de contratiempo, como imponerse a la muerte cuando se vio a punto de ser devorado por aquel tiburón. La sabiduría es su mayor riqueza. Lo admiro por su humildad. Es verdad lo que me decía Vicente: Vivir con una persona humilde, refresca la mente. Yo nunca podré olvidar mi procedencia social. Con Benito me entero que fue compañero de mi padre allá en La Coloma.
–¿Así que tú eres hijo de Manuel? ¡Alabado sea Dios! ¡Mira que encontrarme con su muchacho aquí…! ¿Y qué estudias, a ver?
–Por el momento marinería…
–¡Ah, ésa es buena muchacho! Alguien tiene que hacerse cargo del trabajo porque ya nosotros estamos viejos. ¿Así que quieres ser marinero? ¡Ah, el trabajo es duro, muchacho! Claro que ustedes serán marineros leídos y escribidos… ¿Si tú supieras lo que nos costaba a nosotros poder ir a la escuela? ¡Morirnos de hambre! Además, en aquellos tiempos para pescar no era necesario saber leer ni escribir. Ahora por lo menos pongo mi nombre y dos apellidos y leo las cartas de navegación. Bueno eso de las cartas no sé si las sé leer o de tanto utilizarlas ya me las conozco como la palma de mi mano.
–Pero ustedes son muy importantes, sin ustedes nosotros no podríamos ser marineros.
–Ése es nuestro deber: enseñarles a ustedes el arte de la marinería. Mira, muchacho, la pesca es un trabajo de gusto, porque no es nada fácil. Nosotros tenemos una faena de día y de noche. Por el día nunca tenemos un momento de descanso. Si vamos al cayo nos encontramos con los mosquitos a cualquier hora, y después el tiempo invernal, cuando nos lanzamos al agua en busca de la manjúa, el frío nos cala los huesos. Para ser pescador hay que amar el oficio.
Mientras converso con este hombre amable, me viene a la memoria las palabras del escritor Arturo Pérez-Reverte; el mar se parece «a una carta náutica, nueva y crujiente, con todos los visos a la navegación actualizados, tersa superficie blanca aún no marcada por el lápiz y la goma de borrar».
–Al mar tampoco se le puede temer, aunque reconozcas lo que oculta. Al mar, hay que saberle dominar para poder andar entre sus olas.
Habla sin dejar de observar la brújula que está al lado del timón dentro de una urna de madera cubierta por un cristal. La brújula, el timón y el pescador huelen a salitre.
–Este es mi mundo –me dice abriendo los brazos y cerrándolos.
–Y a pesar de las complejidades del mar, ustedes los pescadores nunca se apartan de él. Dicen que es peligroso, que es traicionero, pero no se apartan de él. Como sentenció alguien «el mar es la comunión de la gloria y la tragedia; la fuerza que encuentra y une lo superior y lo inferior» –digo a Benito.
–Para ser pescador hay que tener el corazón en el mar. No existe otro secreto. Apréndete eso, muchacho. Apréndete también que aunque el ratón viva en el mar no es marinero…
El ruido de un trueno interrumpe la conversación.
–¿Qué hora es? –pregunta el patrón.
–Las tres de la madrugada –le respondo.
–Estoy agotado…
– Benito, si usted quiere yo puedo conducir el barco.
–No, muchacho, no. Esta es una zona muy peligrosa llena de piedras y bajos. Ya han ocurrido muchos naufragios en esta zona.
–Es mejor, me sentiría muy avergonzado si por mi culpa este barco zozobrara en este solitario mar en medio de la oscuridad de la noche.
– Del dicho al hecho, hay un largo trecho. Ya será en otro momento. Paciencia, muchacho, paciencia.
Gracias a la luz dejada por los relámpagos observamos las montañas de Isla de Pinos.
–Concho. ¡Qué clase neblina! Benito, hay mucha niebla. ¿No tendremos algunas dificultades para entrar al río Las Casas?
–No, muchacho. Ya estamos próximos. Mire allá. Debe ser el guardafronteras que nos indica con una linterna. Déle, déle prepare el cabo.
–¡Lancen el cabo! –indica el Guardafronteras.
Nos acoderamos al espigón.
–Vamos a realiza la supervisión.
–Muy bien estamos listos –responde Benito.
–¡Todo perfecto! Pueden continuar.
Nos despedimos del guardafrontera y proseguimos río abajo. Todos duermen menos el patrón y yo. Fausto, el cocinero, de momento se mueve en su camarote. Es un trigueño cincuentón que procede del puerto de Cienfuegos. Generalmente cuando muchos conversan se mantiene callado como examinando las palabras de cada quien. Es una excelente persona por lo que pude apreciar en la travesía.
–Despierta al Galleguito para que nos ayuden en la maniobra –me pide el patrón.
–No es necesario. Lo haremos nosotros dos. Deje que descanse.
El galleguito, semeja a uno de esos marinos que provienen de las islas españolas. Diminuto como su apodo lo indica, pero con grandes habilidades para la marinería. El otro tripulante, un grumete, con grandes habilidades para la marinería, que Benito enroló en el Puerto de La Coloma; navega con el patrón desde que tenía 10 años.
–¿Tienes todo listo para la maniobra de atraque? –me pregunta el patrón.
–No se preocupe, Benito. Todo está bien.
La proa rompe las aguas del río Las Casas. A babor y estribor están acoderadas disímiles embarcaciones pesqueras y de cabotaje. A estribor se distinguen unas vallas que reflejan en letras grandes y legibles: BIENVENIDOS A MI ISLA, TU ISLA, LA ISLA DE LA JUVENTUD.
–¡Eso sólo es una consigna!
Fausto, entre sueños, responde al patrón:
–¿Quién sabe?Proa a una Isla Mágica
Tuvimos tiempo hasta para rectificar. Preparamos las condiciones y pronto formamos parte de la tripulación, compuesta por ocho marineros, incluyéndonos a los tres estudiantes y un grumete. Un atardecer soltamos las amarras.
–¡Ya, así está bien! –asegura un tripulante.
Despegamos del muelle trazando rumbo hacia Nueva Gerona, capital de Isla de Pinos.
–Navegaremos toda la noche. Son 62 millas de travesías desde Cayo Largo del Sur a Nueva Gerona.
Benito, es el patrón del barco; un moreno fuerte y conversador. Tiene en el antebrazo izquierdo una inmensa cicatriz que salta a simple vista.
–¿Qué miras muchacho? ¿La cicatriz? No, eso no es nada. Sólo el beso de un tiburón. — Se pasa la mano por la puntada.
–Estábamos calando una red para capturar manjúas . Yo no había visto el tiburón. Siempre llevó este puñal de caza submarina para trozar las mallas enredadas. El tiburón me mordió el brazo, arrancándome parte de la masa muscular, provocándome una hemorragia.
–¿No se defendió, usted?
–No pudo llevarme. No me atemoricé. Me defendí como pude. Lo apuñalé, una, dos, tres veces y me soltó. La sangre del tiburón se confundía con la mía. En ese instante no sentí dolor. Mis compañeros me vendaron rápidamente para controlar la hemorragia.
–Pero, debe haber perdido muchísima sangre. ¿Cómo pudo sobrevivir? ¡Oiga, con una mordida así pocos hacen el cuento!
–Por suerte estábamos muy próximos al puerto. Llamaron a la red-costera. Zarpó una lancha rápida con un equipo médico y nos interceptaron en el camino.
Es una cicatriz inmensa que le cubre casi todo el brazo. Su voluntad lo hacía vencer cualquier tipo de contratiempo, como imponerse a la muerte cuando se vio a punto de ser devorado por aquel tiburón. La sabiduría es su mayor riqueza. Lo admiro por su humildad. Es verdad lo que me decía Vicente: Vivir con una persona humilde, refresca la mente. Yo nunca podré olvidar mi procedencia social. Con Benito me entero que fue compañero de mi padre allá en La Coloma.
–¿Así que tú eres hijo de Manuel? ¡Alabado sea Dios! ¡Mira que encontrarme con su muchacho aquí…! ¿Y qué estudias, a ver?
–Por el momento marinería…
–¡Ah, ésa es buena muchacho! Alguien tiene que hacerse cargo del trabajo porque ya nosotros estamos viejos. ¿Así que quieres ser marinero? ¡Ah, el trabajo es duro, muchacho! Claro que ustedes serán marineros leídos y escribidos… ¿Si tú supieras lo que nos costaba a nosotros poder ir a la escuela? ¡Morirnos de hambre! Además, en aquellos tiempos para pescar no era necesario saber leer ni escribir. Ahora por lo menos pongo mi nombre y dos apellidos y leo las cartas de navegación. Bueno eso de las cartas no sé si las sé leer o de tanto utilizarlas ya me las conozco como la palma de mi mano.
–Pero ustedes son muy importantes, sin ustedes nosotros no podríamos ser marineros.
–Ése es nuestro deber: enseñarles a ustedes el arte de la marinería. Mira, muchacho, la pesca es un trabajo de gusto, porque no es nada fácil. Nosotros tenemos una faena de día y de noche. Por el día nunca tenemos un momento de descanso. Si vamos al cayo nos encontramos con los mosquitos a cualquier hora, y después el tiempo invernal, cuando nos lanzamos al agua en busca de la manjúa, el frío nos cala los huesos. Para ser pescador hay que amar el oficio.
Mientras converso con este hombre amable, me viene a la memoria las palabras del escritor Arturo Pérez-Reverte; el mar se parece «a una carta náutica, nueva y crujiente, con todos los visos a la navegación actualizados, tersa superficie blanca aún no marcada por el lápiz y la goma de borrar».
–Al mar tampoco se le puede temer, aunque reconozcas lo que oculta. Al mar, hay que saberle dominar para poder andar entre sus olas.
Habla sin dejar de observar la brújula que está al lado del timón dentro de una urna de madera cubierta por un cristal. La brújula, el timón y el pescador huelen a salitre.
–Este es mi mundo –me dice abriendo los brazos y cerrándolos.
–Y a pesar de las complejidades del mar, ustedes los pescadores nunca se apartan de él. Dicen que es peligroso, que es traicionero, pero no se apartan de él. Como sentenció alguien «el mar es la comunión de la gloria y la tragedia; la fuerza que encuentra y une lo superior y lo inferior» –digo a Benito.
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El ruido de un trueno interrumpe la conversación.
–¿Qué hora es? –pregunta el patrón.
–Las tres de la madrugada –le respondo.
–Estoy agotado…
– Benito, si usted quiere yo puedo conducir el barco.
–No, muchacho, no. Esta es una zona muy peligrosa llena de piedras y bajos. Ya han ocurrido muchos naufragios en esta zona.
–Es mejor, me sentiría muy avergonzado si por mi culpa este barco zozobrara en este solitario mar en medio de la oscuridad de la noche.
– Del dicho al hecho, hay un largo trecho. Ya será en otro momento. Paciencia, muchacho, paciencia.
Gracias a la luz dejada por los relámpagos observamos las montañas de Isla de Pinos.
–Concho. ¡Qué clase neblina! Benito, hay mucha niebla. ¿No tendremos algunas dificultades para entrar al río Las Casas?
–No, muchacho. Ya estamos próximos. Mire allá. Debe ser el guardafronteras que nos indica con una linterna. Déle, déle prepare el cabo.
–¡Lancen el cabo! –indica el Guardafronteras.
Nos acoderamos al espigón.
–Vamos a realiza la supervisión.
–Muy bien estamos listos –responde Benito.
–¡Todo perfecto! Pueden continuar.
Nos despedimos del guardafrontera y proseguimos río abajo. Todos duermen menos el patrón y yo. Fausto, el cocinero, de momento se mueve en su camarote. Es un trigueño cincuentón que procede del puerto de Cienfuegos. Generalmente cuando muchos conversan se mantiene callado como examinando las palabras de cada quien. Es una excelente persona por lo que pude apreciar en la travesía.
–Despierta al Galleguito para que nos ayuden en la maniobra –me pide el patrón.
–No es necesario. Lo haremos nosotros dos. Deje que descanse.
El galleguito, semeja a uno de esos marinos que provienen de las islas españolas. Diminuto como su apodo lo indica, pero con grandes habilidades para la marinería. El otro tripulante, un grumete, con grandes habilidades para la marinería, que Benito enroló en el Puerto de La Coloma; navega con el patrón desde que tenía 10 años.
–¿Tienes todo listo para la maniobra de atraque? –me pregunta el patrón.
–No se preocupe, Benito. Todo está bien.
La proa rompe las aguas del río Las Casas. A babor y estribor están acoderadas disímiles embarcaciones pesqueras y de cabotaje. A estribor se distinguen unas vallas que reflejan en letras grandes y legibles: BIENVENIDOS A MI ISLA, TU ISLA, LA ISLA DE LA JUVENTUD.
–¡Eso sólo es una consigna!
Fausto, entre sueños, responde al patrón:
–¿Quién sabe?
–Éste todavía está dormido.
Benito sonríe. Queda algo pensativo, con su abrigo bien colocado y el cuello tapando su rostro para minimizar la fría brisa. Levanta nuevamente la mirada dejando ver su rostro.
–¿Y usted muchacho, qué cree?
–Todo es posible. Está surgiendo una nueva generación que ya tiene protagonismo. ¿No le parece?
–¡Claro, muchacho, claro!
–¡No soy yo el que lo dice! –responde Fausto entre sueños.
–Ver para creer. Mantengo que es sólo una consigna.
Fausto, se tapa nuevamente con la sábana y todo queda como en un sueño.
–No voy a dormir por ahora.
–Entonces, Benito, esperaremos el amanecer.

–Éste todavía está dormido.
Benito sonríe. Queda algo pensativo, con su abrigo bien colocado y el cuello tapando su rostro para minimizar la fría brisa. Levanta nuevamente la mirada dejando ver su rostro.
–¿Y usted muchacho, qué cree?
–Todo es posible. Está surgiendo una nueva generación que ya tiene protagonismo. ¿No le parece?
–¡Claro, muchacho, claro!
–¡No soy yo el que lo dice! –responde Fausto entre sueños.
–Ver para creer. Mantengo que es sólo una consigna.
Fausto, se tapa nuevamente con la sábana y todo queda como en un sueño.
–No voy a dormir por ahora.
–Entonces, Benito, esperaremos el amanecer.

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