Cuba, 1958: La masacre de la Caobita

 Significa la masacre de La Caobita

Texto y fotos Lázaro D. Najarro Pujol

Santa Cruz del Sur, Cuba, 27 sept.- Cuando los rayos del sol aparecieron en el este, comenzaron los casquitos a mover a los heridos rebeldes de la emboscada de Pino 3 que no se pudieron rescatar. Son alrededor de las ocho de la mañana.

   A los prisioneros los tiran en la cama del camión entongados como animales.  El camión, a su paso, va dejando en el terraplén, una franja de sangre.

   A los prisioneros los trasladan para la enfermería del central Macareño, donde reciben los primeros auxilios. Estaba prevista una ambulancia, que envían de Santa Cruz del Sur, para trasladar de urgencia a los más afectados por la metralla. Los militares no lo permiten.

En este hospital fueron curados los heridos de Pino Tres

   En la enfermería, Pedro Ballester Noriega reconoce a uno de los médicos que está curando a los heridos. Habían estudiado juntos en el hospital Calixto García de La Habana, pero comprende que el doctor no puede hacer nada por él. Hay guardias adentro y afuera.

   Pedro Ballester Noriega le dice al enfermero:

   —Yo soy laboratorista. Yo estudié con aquel doctor que está allí curando a mis compañeros.

   En la cama anterior a la última, hay un casquito acostado, durmiendo. En el parque hay unos cuantos casquitos. En la cama de al lado hay un muchacho jovencito que no es conocido por el personal de la enfermería. Tiene una pelusa como barba y él le dice a Picón:

   —Si yo tuviera una navaja, me podía afeita, irme, confundiéndome con la gente.

   Se miraron. El casquito parece dormir. Picón se encoge de hombros. Mira al muchacho. Después al casquito. No se hace nada por el muchacho.

   Marciano Ross Castro está entre los once rebeldes prisioneros trasladados hacia la enfermería del central camagüeyano de Macareño. Marciano dice obsesivamente:

   —¿Qué dirá Fidel? ¿Qué dirá Fidel?

   El no es de los más heridos. Llama al enfermero:

   —Oye, ven acá. ¿Tú crees que esta gente nos va a matar?

   Marciano Ross Castro está claro. Todos están condenados a muerte. Pero también Gelasio Gutiérrez García tiene pleno convencimiento de cómo proceden los militares, por sus experiencias allá en Jiqui, y alerta al enfermero cuando lo está atendiendo:

   —Si nos sacan del hospital, nos matan.

   A Ramón Domínguez de la Peña un proyectil le pasó un pulmón. Está herido de gravedad. Es de los más heridos. En enfermería del central Macareño le controlan la hemorragia. Respira bien. El enfermero Manuel García Borrás se encuentra a su lado.     Ramón le enseña una fotografía de una señora con dos niñitos y le dice:

   —Esta es mi mujer y éstos, mis dos hijos.

   Ramón está muy mal, pero comprende que el enfermero puede ayudarlos y le dice:

—Yo me he fijado que usted no habla, que usted es más activo, el más interesado en curarnos y el de mayor edad. ¿No será posible que hicieran gestión para que no nos saquen hoy de aquí? Yo sé que si nos sacan, estamos perdidos.

   La enfermería está rodeada de guardias. Hay guardias adentro y afuera. La gestión del personal no fructifica. Ramón Domínguez de la Peña no está equivocado. Todos están condenados a muerte.

   A los once heridos los depositan cuidadosamente encima de unas colchonetas colocadas por el personal de la enfermería, sobre la cama del camión. Han cubierto las colchonetas con sábanas limpias y tapan a los heridos con otras sábanas.

Dos de los sobrevivientes de Pino Tres en el camión donde fueron masacrados los heridos

Ante la lentitud de aquella operación el comandante Domingo Piñeiro se impacienta:

   —¡Apúrense, cojones! Nos va a coger la noche.

   Los prisioneros llevan unas catorce horas heridos, algunos de gravedad. No pueden comprender cabalmente lo que está sucediendo.

   Son poco más de las cinco de la tarde. El camión se pone en marcha. En el terraplén que se comunica con la carretera de Santa Cruz del Sur a Camagüey, la gente ve cruzar el vehículo.

   En el cementerio el pueblo da sepultura a los veintidós caídos en la emboscada de Pino 3. A unos ocho kilómetros del cementerio el camión se detiene. De un jeep que sigue al camión descienden el comandante Domingo Piñeiro[16] y otros militares. Un esbirro grita:

   —¡Nos están atacando los rebeldes!

   Es como una señal. Simulan un ataque de los rebeldes. A medio kilómetro de allí, el gallego Platero, un peón de ganado, escucha los disparos.

   El sargento Lorenzo Otaño lanza dos granadas encima de la cama del camión donde viajan los once rebeldes heridos, acostados sobre colchonetas tendidas en el piso del vehículo. Toda la macabra operación la observa impotente sobre su caballo, el gallego Platero.

   El Español presencia también, cómo el sargento Lorenzo Otaño, aún sin saciar su sed de sangre y no bastarle toda la barbarie anterior, sube a la cama del camión y dispara con su fusil ametralladora sobre el amasijo de cuerpos decapitados y miembros destrozados por los efectos de las dos granadas.

   Han transcurrido sólo diez horas de haber caído prisioneros de los casquitos y son asesinados. Probablemente no llegaron a saber lo que había ocurrido.

   El impacto de la metralla arranca a unos la cabeza, a otros, los brazos. El que no muere, queda agonizando, y sobre los agonizantes, uno por uno, el sargento Otaño descarga su fusil ametralladora.

   El almanaque se detiene en este trágico 27 de septiembre de 1958.

Homenaje a los masacrados en La Caobita


One Comment on “Cuba, 1958: La masacre de la Caobita”

  1. […] De igual forma fortalecerán los vínculos de estudiantes de las carreras de Veterinaria y Agronomía con unidades productivas y vaquerías y con el Instituto Politécnico Agropecuario Mártires de Pino Tres. […]


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