“¿Cuándo regresará de la guerra?”

La columna disminuyó distancia rumbo a su objetivo de operaciones. Prosiguió la marcha. Llegó a Las Arenas, provincia de Las Tunas. El Ejército los tenía localizados.

José Fernández Peña, un miembro del Movimiento 26 de Julio de la zona, estaba esperando a los rebeldes. Ensilló el caballo y se dirigió hacia la jefatura. En el camino se encontró con su hijo Marcel.

A la memoria de Marcel le vienen imágenes muy hermosas de su padre. Sabía lo que representaba esa mirada fija del viejo que aún se mantenía inmóvil sobre la cabalgadura del caballo. Comprendió que por largos tiempo no volvería a abrazar, ni recibir el cariño que hasta ahora le había ofrecido:

“Vestía el uniforme verde olivo…, en su brazo derecha traía el brazalete del 26 de Julio, y portaba un revólver calibre 38, el mismo que en muchas ocasiones tuve en mis manos. Mi padre se bajó del caballo. Me abrazó fuertemente y me besó la mejilla. No me dijo nada. No eran necesarias las palabras. En sus ojos y en su rostro aprecié, aún más, el amor de mi padre hacia mí”.

Unos minutos antes, René Téllez Morales, había conversado con José Fernández. Sabía que con la llegada de la columna rebelde a Las Arenas, José marcharía a la guerra.

José Fernández, mi cuñado, me pidió de corazón:

—Cuide a mis muchachos. Cuide a mi esposa

Mi cuñado es muy apegado a sus hijos. Si no fuera por las actuales circunstancias jamás se separaría de los niños, ni de su esposa.

Silvia Téllez Morales estaba muy enamorada de José Fernández Peña. Se amaban mutuamente. Las dos familias vivían en la zona de El Brazo, en Las Arenas, pero cuando Silvia y José se casaron decidieron levantar un rancho de tabla y guano en Las Tunas, a unos quince kilómetros de donde habían nacido y crecido.

Rene Tellez Morales, el hermano de Silvia estaba muy vinculado a su cuñado José:

“Compartíamos las mismas ideas políticas. Él era de una célula del Movimiento 26 de julio. Después yo fui para Las Tunas a estudiar. Vivía en  la casa de ellos.

Enero de 1958.

José Fernández Peña participaba en varios sabotajes en Las Tunas.

René llegó a la casa de su cuñado y lo encuentra preparando una nueva acción. Aún no había caído la tarde.

—¿Qué, tienen fiesta hoy?. —Le preguntó en forma de broma.

Se mantuvo unos segundos sin decirme nada. Me miró a los ojos seriamente.

—Mira René, ya tú te has dado cuenta en lo que estamos metidos. La pistola queda ahí donde tú sabes. Si me pasa algo cuida a la familia.

“Al oscurecer se marchó de la casa. Pero bueno resolvieron sin dificultades. Quemaron unas guaguas. Se enfrentaron al enemigo. José era un hombre muy arriesgado, un hombre de temple. Tenía en el escaparate veinte o treinta petardos. “Los tenía con llave en una de las puertas del escaparate. Al siguiente día le digo:

“—¡Cuñado, eso es peligroso!

José me respondió riendo:

“—Bueno, todo es peligroso. ¿Qué no es peligroso en la vida?.

“La pistola la escondía en un pedazo de guano en el techo de la casa. Sólo utilizaba el revólver, porque la pistola tenía sus problemitas. Parecía que le falla a veces. René no era de mi célula.

“E inclusive era de los primeros que comenzó escuchar a la emisora rebelde.

“Muy tarde en la noche regresé a su casa. Me lo encontré sintonizando a Radio Rebelde, aunque era un hombre muy reservado. No hablaba con mucha gente sobre sus actividades clandestinas al no ser algunos detalles relacionados con la propia seguridad de la familia.

“Él confiaba en mí. Sabía que tenía conocimiento que pertenecía a una célula, que guardaba los petardos, la pistola y el revólver en su casa y que participaba en acciones, como esa noche que quemaron las guaguas que me dijo eso: «Si me pasa algo pues cuida a la familia», pero él es muy reservado. No es una gente que habla. Muy poquita gente creo que sabe. Ni con mi hermana Silvia habla de esas cosas”.

 

José Fernández Peña sentía en lo más profundo de su corazón ese amor por la Revolución. Pasaba largos minutos meditando con relación al destino de la Revolución. Lo sentía, lo llevaba en el pecho…, una gente tremenda. René se llevaba bien con él. René conocía de las actividades revolucionarias de su cuñado:

 

“Yo era de otra célula. El nunca me había pedido que me incorporara al grupo de ellos. A lo mejor si se lo pedía él me aceptaba. Pero nunca hablamos de eso.

“Mi hermana y José tuvieron tres hijos. Marcel, cumplió nueve años de edad; Marisol, seis y Joseito, cuatro años de edad”.

 

El mayor de los tres hijos, Marcel, era muy apegado a su padre. Sentía un profundo amor y una gran admiración por este hombre valiente. A pesar de sus nueve años de edad, el niño se daba cuenta de que el padre estaba metido en algo.

 

“A mi corta edad yo me daba cuenta. En la casa, yo vi el arma que tenía escondida en el guano. La descubrí por casualidad. Estaba envuelta, con los proyectiles, en un pedazo de tela oscura.

“Cuando papá salió de la casa, a distintas misiones, yo buscaba los documentos y otros objetos comprometedores que dejaba escondidos.

“El forro del colchón, por debajo estaba desfondado completo. Ahí había gorras del Movimiento 26 de Julio, mucha propaganda…Todo eso estaba debajo del colchón. Cuando sacaba algo, volvía a coser el colchón. Sacaba o entraba y lo volvía a coser. Lo dejaba como mismo estaba.

“Mi papá era una persona autodidacta. No sabemos cómo pudo alcanzar un adecuado nivel cultural. Tenía también en el escaparate una máquina de escribir. Que yo sepa nunca había ido a una escuela. Yo  no sé cómo aprendió a leer y a escribir. Lo que sabía la vieja mía, lo sabía porque él la enseñó. Mi papá todas las noches escribía cartas, documentos o poemas revolucionarios.

“En una ocasión llegué a la casa sin hacer ruidos. Mis padres conversaban. El viejo se notaba muy deprimido.

“—Silvia, asesinaron a Frank País.

“No se dieran cuenta que yo había llegado. Parecía que se le fue, pero él se comunicaba con Frank País. Cuando Frank País cayó. ¡Coño!. Eso fue un dolor de cabeza para mi padre.

A pesar de que yo era un muchacho, papá confía en mí:

“—Cuidado con decir o comentar algo con tus  amiguitos. Si hablas de lo que tú has visto o escuchado, puede lastimar a tú mamá y también a mí. Tú eres un hombrecito. Nosotros confiamos en ti.

“Así me decía muy tristemente con lagrimas en sus ojos. Primera vez que lo vía así. José se había cuenta que yo conocía de algunos de sus pasos. Silvia, mi mamá, le reitera:

“—¡José, el muchacho siempre es muchacho!.

“Pero estaba convencido que por mí la información no llegaría al cuartel. Yo si vía que él iba para allá y regresaba atenuado. Con la edad que tenía comprendía que estaba metido en algo…, pues lo veía en movimiento. Y pensaba también que si mi papá estaba en algo, debía ser bueno, porque era un gran hombre, por su forma con nosotros, con mama y con la gente. Lo contrario de lo que se escuchaba por ahí de los guardias que daban palos y que asesinaban. Pero mi padre era callado, muy reservado.

“La tienda de mi papá estaba aquí mismo en la calle  Sosa y supo esconder a un compañero que posteriormente me enteré que lo sacaron para la Sierra Maestra”.

 

José Fernández siempre buscaba tiempo para conversar con sus tres hijos:

“—Vengan para acá Marcel y Joseito. Ven para acá Marisol. Miren yo quisiera que ustedes estudien. Yo quisiera que ustedes sean algo en la vida. Mira Marcel, tú eres un  hombrecito. Tú debes ayudar a tú mamá, pero ayúdela estudiando.

Por un problema de seguridad de la familia, José abandonó todos sus bienes en la calle Sosa, en Las Tunas y se  trasladó para Las Arenas. El asesinato de su sobrino Miguelito, por la Rural, sellaba la etapa de clandestinidad de José Fernández Peña.

Marcel estaba orgulloso de su padre, aunque a veces no  comprendía mucho de lo que le decía. Pero se sentía orgulloso de él. Aquella tarde, vestido así con el traje verde olivo, el revolver y el brazalete del 26, lo quiso más. “¿cuándo regresará de la guerra?”.