Historia de Santa Cruz del Sur: Al filo de un naufragio

Esta historia me la contó Pepelin Cañete

La Dorotea, una embarcación de porte medio con bandera cubana, se desliza rauda por las aguas del Golfo de Guacanayabo. Lleva sobre su cubierta una carga pesada. Se dedica al traslado de mercancías y pasajeros desde Santa Cruz del Sur a Manzanillo. Don Manuel de Jesús Cañete, el capitán también es su dueño. Es la primavera de 1931. Desde la década del 20 ofrece esos servicios de transportación marítima.

Navegan entre cayos. A veces se pueden apreciar los frondosos manglares de la costa –entre Santa Cruz del Sur y Guayabal–, las vastas ensenadas, los iluminados oasis del Guacanayabo –un área de poco calado de gran riqueza biológica—y, por último, el mar abierto en busca de Manzanillo.

Mucha razón tenía el cronista español Antonio Perpiñá, cuando escribió atónito al recorrer esos parajes de tanta belleza natural:

«Aquellos oasis iluminados por los primeros rayos del sol, se me figuraron las islas encantadas regidas por las ninfas de la fábula. Las aves marinas, cruzando con majestuoso vuelo la inmensidad de las olas, abandonaban la frondosidad de los bosques para lucir su vistoso plumaje en las arenosas playas de aquel pacífico mar. ¡Oh! ¡Qué encantos no presenta la naturaleza en aquellos remotos países, en donde la presencia del hombre no altera su fisonomía con el carácter de su genio variable y destructor!»

El mar se presenta casi como un cristal, embellecido por los pequeños islotes. La «anegadiza costa se presenta baja, llena de manglares, y abierta por muchos esteros más o menos navegables, que comunican con los extensos lagos internados en la inmensidad de los bosques».

Se pueden divisar entre el verdor de los alfombrados valles o frondosos manglares, bandadas de flamencos rosados y otras aves.

Teófilo González mira con insistencia hacia el horizonte. Le preocupa una nube oscura. Se dirige con pies descalzos sobre la cubierta a alertar al capitán.

El viejo marino no esta errado. Antes de salir de la zona poco profunda comienza a “picarse” el mar. La Dorotea tendrá que enfrentarse a grandes oleajes y fuertes vientos cargada de cera, miel y mangle rojo. Vienen sólo dos pasajeros a bordo, además de la tripulación.

–¿Qué horas es?—pregunta uno de los pasajeros.

— Alrededor de las once de la noche –responde Teófilo González, en el preciso instante en que La Dorotease estremece quebrando el madero.

–Vamos a naufragar –dice asustado, el pasajero.

–Esto pasará rápido – responde Teófilo González, para tranquilizar al muchacho.

En medio de la oscuridad observan, iluminado por un relámpago, a Cayo Tamayo, al oeste del Río Cauto y al sur de la punta El Coco.

Pero Don Manuel de Jesús Cañete asume el timón y maniobra con destreza para evitar que la embarcación choque contra un bajo y zozobre. El capitán intenta escorar la banda de estribor e introduce el trancanil en el mar. El buque queda inclinado peligrosamente. Los dos pasajeros se abrazan despavoridos. Pronto el agua penetra en las bodegas. La mar esta imponente y fantasmal.

Es considerable el agua que ocupa espacio en el interior de los compartimentos, aunque navegan por una zona de bajo calado, el barco esta a punto de irse a pique. Se escucha el grujir de los maderos y un sonido seco que cunde el pánico. Don Manuel mantiene la calma. La Dorotea solo queda encallada sobre un banco de arena. Por suerte el viento y las olas disminuyen. Los tripulantes revisan la nave en busca de algún orificio que pudo haber provocado el golpe de la quilla contra el banco de arena.

–Todo está bien– dice Manuel de Jesús –solo requiere de una reparación ligera por donde penetró el agua de mar. ¡Rápido que se nos hunde el barco!

Refuerzan la parte afectada. Deja de penetrar el agua. Tanto el capitán como Teofilo respiran con alivio.

En espera del amanecer tripulantes y pasajeros se refugian en los camarotes. Nadie prueba alimentos.

Con el amanecer se aprecia los primeros rayos del sol en el Este. El temporal ha desaparecido completamente.

–Solo un capricho de la naturaleza– dice Don Manuel.

El capitán observa el reloj. Son la diez de la mañana. La marea sube lentamente. La Dorotease endereza y maniobra. Todos participan en el achique para extraer el agua del interior del velero con el empleo de la bomba mecánica y cubos.

–Chequea la carga – ordena Don Manuel.

— La carga está intacta, capital.

–Pues continuaremos viaje a Manzanillo. Adopten las precoacciones. Que todo esté perfecto para evitar un naufragio. Teofilo se lanza al mar para chequear por el bajo, la zona afectada.

La Doroteanavega segura a pesar de los embates del fuerte temporal de la noche.

Algunas horas después, desde proa, los dos pasajeros, ya recuperados del espanto, miran fascinados siete cayos que simbolizan la vanguardia en el Este del laberinto de Las Doce Leguas. Prestar atención a una costa de distintas tonalidades en esta gran porción de mar que se interna en la tierra. Tonalidades que oscilan entre el azul pastel y azul verdoso.

En el horizonte se divisa una pequeña ínsula: Los Pájaros. Está inmediata a la costa y se mantiene aún salvaje e intacta al Oeste de Cayo Blanco. Son parajes de sugerentes fondos marinos.

Antes de sobrepasar la Bahía de Manzanillo y Cayo Perla, en pleno Golfo de Guacanayabo, se aprecia la virgen vegetación de la Ciudad del Mar.

Los temores disminuyen hasta olvidar las largas horas de lucha contra el mar de la noche anterior. Los rostros de los tripulantes y pasajeros dejan de ser fantasmales.

El conocimiento del arte de la navegación de Don Manuel de Jesús Cañete y la tripulación y la baja profundidad en parte de la ruta Santa Cruz del Sur-Manzanillo determinaron que La Dorotea, su carga, los pasajeros y los marineros no fueran sepultados por las aguas del golfo de Guacanayabo.

— Ya vamos a entrar  a la Bahía de Manzanillo. A La Doroteani un huracán la hará naufragar—dice Don Manuel de Jesús Cañete, el capitán.

Fragmento del libro Sueños y turbonadas

http://www.elaleph.com/libro/Suenos-y-turbonadas-de-Lazaro-David-Najarro-Pujols/51196/




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