Santa Cruz del Sur: Oficio de niños

El panorama de la niñez en la comunidad de pescadores de Santa Cruz del Sur, Camagüey, Cuba –como en todo el país– era muy patético y nebuloso a principio del siglo XX y también después. La guerra dejó arruinada a la comunidad. Las fuentes de empleo eran baratas y muy limitadas y las opciones de estudios para los niños casi nulas.

En la primera etapa de la república sólo existía en el poblado una escuelita privada. Después surgió otra, hasta llegar a tres. De 1898 a 1932 los niños pobres no podían ni pensar en los estudios, sino en buscar un sustento para sobrevivir. Esa era la primera prioridad. Era como si le quitaran la vida.

Las mujeres se llenaban de hijos. Todo el peso de la familia caía sobre el único sustento de la casa: el padre. La poca alimentación y la falta de medicina y atención médica fueron las causas por las que muchas esposas enviudaran antes de que el marido cumpliera los 40 años de edad. Los hombres se morían muy jóvenes. Comenzaban a trabajar desde muy temprana edad y en condiciones infrahumanas.

No era fácil resistir el peso del trabajo para poder alimentar a tantos niños. Solo los ricos, con extraordinarias posibilidades económicas, pagaban un maestro privado y llevaban una vida desahogada. Los niños pobres más “afortunados” encontraban como fuente de empleo las labores que la sociedad consideraba denigrantes: limpiar zapatos, fabricar carbón, cargar maletas, vender periódicos…

Héctor Acosta Avalo, como muchas personas, perdió las esperanzas y los sueños de la niñez:

“Al morir mi padre, mis cuatro hermanos, mi mamá y yo, que era el más pequeño, quedamos en el mayor desamparo. No obstante, a mi corta edad, tuve que dedicarme a vender periódicos y revistas, limpiar zapatos, cargar maletas, distribuir pescado y fungir como narigonero”.

Trágica fue la infancia de América de la Cruz del Risco Muñoz:

“Al filo de las once de la noche mi viejo terminó de preparar las artes de pesca para al amanecer zarpar a la mar. Se sentó en la cama, se fue para atrás y se reunió con la muerte. Sabía que la muerte del viejo era consecuencia del exceso de trabajo, la poca alimentación y la mala salud. Había comenzado su vida laboral desde muy pequeño”.

La incertidumbre rodeó aquel hogar humilde que quedaba en el desamparo total de la mano masculina, el principal sostén. Los gritos aterradores y angustiosos de la familia se escucharon esa noche a lo largo y ancho de la comunidad.

Ahora iniciaban un camino sin rumbo. América tenía sólo 7 años. De la noche al día las niñas se vieron obligadas a abandonar el universo infantil para transformarse en mujeres y los niños en hombres.

“Para ayudar a mamá comencé a trabajar como criada a cambio de un plato de comida. Mi hermana, Leonela, se empleó en la casa de una familia rica por el pago de un poco de comida con el objetivo de tan siquiera, una vez al día, alimentar a mis hermanos más pequeños. Los varones limpiaban zapatos y cargaban maletas en la estación del ferrocarril y en la naviera. ¿En esa tensa situación se podría pensar en los estudios? Si íbamos a la escuela dejábamos de comer. ¿Con qué dinero podía pagar una escuela privada? No podíamos soñar tanto”.

No había opciones para los niños pobres. Esa clase social no era del interés de los gobernantes de la época. Era como si nunca existieran, como si no hubieran nacido. Eso lo vivió Alfredo Martínez:

“Para mitigar la situación mi familia donó una casa que se convirtió en escuela, pero al gobierno no le agradó la iniciativa y ordenó cerrarla.

”Yo había cumplido los diez años y a partir de esa edad me dediqué a los quehaceres de la finca: ordeñaba las vacas, vendía leche y chapeaba potreros. De esa forma transcurrió mi infancia”.

La vida de los niños pobres de Santa Cruz del Sur no fue fácil en aquellos años duros, recuerda con lágrimas en los ojos Teófilo González Mantilla:

“Asistí a la escuela hasta el segundo grado. La necesidad me imponía un trabajo y me inicié como narigonero en el poblado. La única posibilidad era la universidad de la propia vida.

”A los diez años de edad me enrolé en La Dorotea, propiedad de Don Manuel de Jesús Cañete, dueño y patrón. La embarcación transportaba mercancías y pasajeros en la ruta marítima Santa Cruz–Manzanillo”.

Armelio Lara Correa no estaba a salvo de aquel panorama.

“Mi mamá no tuvo otra alternativa que lavar y planchar ropas para sostener la casa. Para la vieja era muy duro poder mantener a nueve hijos. Me olvidé de la escuela; entré al mundo de la clase obrera al convertirme en uno de los mensajeros del poblado”.

Toda una generación de santacruceños nació analfabeta: los bisabuelos, los abuelos y los padres de Armelio fueron analfabetos. Los pobres lo que más podían hacer era tener muchos hijos. La necesidad les imponía darles la espalda a los pupitres, los lápices y las libretas. La generación que surgía a principios del siglo XX y la que le precedió nació sin saber leer y escribir: sus padres se los llevaban para las Doce Leguas para que aprendieran el oficio de pescador, otra de las pocas opciones de los niños pobres de Santa Cruz del Sur: una etapa donde perdieron las fantasías y los sueños de la infancia.

Muchas personas no tuvieron tiempo para la educación: la situación en la época era bastante tensa e insegura, por lo cual Fernando García Villarreal no rebasó el tercer grado.

“Éramos 13 hermanos. Nuestros padres nos enseñaban el manejo de los barcos y la pesca. En una etapa trabajé por la mitad del salario de uno de mis hermanos. Para ser pescador no era necesario aprender mucho. Lo importante era saber contar para sacar cuenta de la venta de nuestra mercancía”.

Fragmento del libro Sueños y Turbonadas

http://www.elaleph.com/libro/Suenos-y-turbonadas-de-Lazaro-David-Najarro-Pujols/51196/

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