El último Superviviente de la caballería de Ignacio Agramonte

Un grupo de estibadores de azúcar carga sobre los hombros, como si fuera un niño, a un hombre. El Guajiro viene al frente de los estibadores. Caminan rumbo a la línea del ferrocarril.

El Guajiro Bolongo sujeta al hombre que no deja de sonreír.

–No me dejen caer que me pueden dar un golpe.

–No se preocupe que no le pasará nada –asegura uno de los estibadores.

José Cañete Fonseca, como es de su costumbre, camina por las calles de Santa Cruz. Se fija que el hombre que los obreros portuarios llevan cargado es un viejo de estatura pequeña.

Le pregunta a Raúl García:

–Raúl, ¿de quién se trata?

–Coño, Pepelín. Aquí todos lo conocemos.

El viejo continúa en hombros de los estibadores.

–Mire Pepelín, ahora lo llevan para el Centro de Veteranos que se encuentra en la calle Línea. El viejo viene a cobrar su pago todos los meses y los estibadores saben cuándo le corresponde y no lo dejan caminar. Es la forma de rendirle homenaje al viejo.

–¿Pero quién es? ¿Por qué ese homenaje? –pregunto nuevamente.

–Se llama Aniceto Recio Pedroso. ¿Quién no conoce a Aniceto Recio? Es un sobreviviente de la caballería del Mayor General Ignacio Agramonte y participó en el rescate de Julio
Sanguily.

“En este instante tuve el privilegio de conocer a tan insigne patriota de nuestra guerra independentista y libertadora. Luego visité su humilde hogar allá en «Las Uvas». Aniceto no conservaba muchos trofeos de la guerra. En su casa guardaba con amor una bandera cubana muy pequeña. En la sala se destacaba una foto del bravo mambí y la medalla de la valiente acción en el rescate de Sanguily entregada en la etapa neocolonial”.

Aniceto Recio Pedroso, –hijo de Juan Recio y Felipa Pedroso, que a su vez eran descendientes de esclavos– nació el 12 de agosto de 1847 en el poblado de Palma Hueca situado, en época de la colonia, en el antiguo barrio Buenaventura, del Partido Pedáneo de Santa Cruz del Sur.

Los Recio Pedroso se dedicaban a las labores de la agricultura. En ese ambiente campestre transcurrió la niñez de Aniceto, quien se vinculó con los esclavos y la tierra. Con mucha frecuencia escuchaba las narraciones de negros apalencados, amotinados y sublevados. También conoció de los asaltos que realizaban los cimarrones a las fincas cercanas, asaltos que devinieron verdaderos combates.

Señala el historiador Vilfredo Avalo Viamontes, en su ponencia: Un jinete de la caballería de Agramonte, que “la constante actividad de estos esclavos del sur de Puerto Príncipe, obligó a las autoridades de la villa a fortalecer la vigilancia del Partido de Santa Cruz del Sur, con grupos de rancheadores encargados de perseguir a los sublevados”.

La niñez de Aniceto transcurrió en una etapa en la que el país se debatía en medio del candente conflicto de la esclavitud:

Inglaterra se oponía al tráfico ilegal de negros y se iniciaba asimismo la esclavitud de chinos, conocido como “importación de colonos asiáticos”.

Para la familia Recio-Pedroso, la vida era muy tensa y, aún más, por su condición de negros estaba condenada al trabajo indiscriminado y al analfabetismo. En esa etapa, solo en el barrio de Santa Cruz del Sur había una escuela, creada en 1843, a la que asistían pocos alumnos.

El niño Aniceto jamás tuvo la oportunidad de recibir el pan de la enseñaza y, en esa etapa de la vida, se vio en la necesidad de vincularse al trabajo en el campo.

Así transcurrió el tiempo y con el tiempo, la niñez y la adolescencia. Pero el 11 de octubre de 1868, llegaron a la villa de Puerto Príncipe, las primeras noticias de la liberación, por Carlos Manuel de Céspedes, de sus esclavos y de la convocatoria a incorporarse a la lucha independentista, en el ingenio La Demajagua, en el Oriente de la Isla.

En Santa Cruz del Sur se supo la nota el 12 de octubre.

Las autoridades españolas orientaron la adopción de diversas medidas para evitar que el levantamiento de La Demajagua fuera secundado por los camagüeyanos, pero el 28 del propio mes un grupo de 25 sublevados, encabezado por Pedro Recio Agramonte, comenzó algunas operaciones en la zona. En respuesta a esa acción los españoles reforzaron la guarnición de Santa Cruz del Sur y construyeron fortificaciones y cuarteles.

Esas medidas frenaron la organización de una estructura militar mambisa en el sureño territorio, perteneciente a la Brigada Sur del Ejército Libertador.

Al ocurrir el levantamiento de La Demajagua,  Aniceto Recio contaba con 21 años de edad y motivado por el alzamiento de los 25 santacruceños  y las sublevaciones de los esclavos, principalmente de los de Serapio Recio, en la hacienda de Cuatro Compañeros, no vaciló un instante: se sumó a la lucha por la independencia de Cuba y se incorporó a la Infantería del Tercer Cuerpo del Ejercito Libertador y posteriormente es asignado a la Caballería de El Mayor General Ignacio Agramonte, destacándose por el dominio de las armas, disciplina, seriedad, responsabilidad y valentía.

Los cubanos participaban en una guerra contra un enemigo superior en número y armas, por lo que el Ejército Libertador aplicó la efectiva guerra de guerrilla.

La mayoría de los hombres que integraba aquella fuerza insurrecta era analfabeta, entre ellos Aniceto Recio Pedroso.

Ante aquel panorama, Ignacio Agramonte estableció, entre sus tropas, lo que hoy se denomina en Cuba Círculos de Estudios.

“Con la punta del cuchillo les ha enseñado a leer y a escribir en la corteza de los árboles y a valerse por sí mismo.”

Según testimonio, se afirma que Aniceto fue alfabetizado por Agramonte, pues al concluir la guerra ya éste conocía las primeras letras y leía”.

A decir de José Martí:  “¿Y aquél del Camagüey, aquel diamante con alma de beso? […] ¿Aquél qué, sin más ciencia militar que el genio, organiza la caballería, rehace el Camagüey deshecho, mantiene en los bosques talleres de guerra, combina y dirige ataques victoriosos, y se vale de su renombre para servir con él al prestigio de la ley, cuando era el único que, acaso con beneplácito popular, pudo siempre desafiarla?”

Aniceto Recio siempre estaba muy cerca de Agramonte.

El oficial le había enseñado las primeras letras al muchacho, que se caracterizaba por su valentía, modestia y tenacidad. Con mucha razón Martí afirmaba que “en los lugares puros y apartados del campo se crían las grandes fuerzas.”

El Mayor devino jefe y maestro de aquel Ejército que estaba formando, apoyado por los hombres que ya habían sido forjados por él. Entre sus alumnos estaba Aniceto Recio, quien, al igual que los demás combatientes, aprendía la disciplina militar y el manejo de las armas, sentado en bancos de cuje, bajo un palmar, tan atento como si estuviera en una academia militar: “Solo un hombre dotado de especiadísimas condiciones podría llevarla a cabo; por fortuna –dijo Enrique Collazo–, el que debía hacerlo era Agramonte. Empezó por la transformación de sí mismo: al joven de carácter valiente y apasionado sustituyó el general severo y justo, cuidadoso y amante de su tropa; moralizó con la palabra y con la práctica, convirtiéndose en maestro y modelo de sus subordinados, empezando a formar, en la desgracia y el peligro, la base de un ejército disciplinado y entusiasta.”

Como muchos mambises, Recio Pedroso se encontraba, el día 8 de octubre de 1871, junto a su jefe en el campamento.

Todo transcurría en la más tranquila normalidad. Algunos insurrectos limpiaban sus armas y otros preparaban el machete de combate.

Gilberto Toste Ballart, en su libro Reeve, el Inglesito, narra que Ignacio Agramonte había acampado el día anterior con 70 jinetes en el potrero Consuegra al sur de la ciudad de Puerto Príncipe y cerca del potrero de Jimaguayú; “era el merecido descanso, después de un mes de incesantes y largas marchas y contramarchas por la región.

“Al día siguiente, de mañana, el brigadier Julio Sanguily se trasladó al cercano rancho de la patriota Cirila López, para dejar 3 enfermos a su cuidado; lo acompañaban su ayudante el capitán Diego y Luciano Caballero, su asistente. En el rancho, Sanguily fue sorprendido y capturado por la sección exploradora de una parte de la columna española de Sabás Marín, con 100 hombres de Pizarro a caballo al mando del capitán Cesar Matos”.

Diego y Luciano Caballero, logran escapar y partieron para comunicar sin demora el incidente. Inmediatamente la tropa española, llena de regocijo, marchó hacia el campamento del general Sabás Marín, ubicado en Jimaguayú para más tarde proseguir hacia la ciudad de Camagüey con el prisionero. Los peninsulares tenían el propósito de mostrar a Sanguily como gran trofeo y, posteriormente, fusilarlo a la vista de todos como un escarmiento.

Diego y Luciano Caballero, cabalgaban raudos en sus corceles en sentido contrario a donde iban los españoles. Llegaron al campamento insurrecto y se lanzaron de los caballos, aún con éstos en marcha, para informar al Mayor General Ignacio Agramonte de la detención del brigadier general.

El Mayor no preguntó cuantos soldados componían la fuerza española, sino en qué lugar se encontraba.

En su libro Apuntes de Camagüey, Jorge Juárez Cano describe el acontecimiento y señala que Ignacio:

“[…] escogió los 35 jinetes que montaban mejores caballo (en su mayoría oficiales) y salió a batir la columna española, ordenando al capitán Reeve que le siguiera por el rastro.
”Al llegar El Mayor a la finca de Antonio Torres divisó la retaguardia enemiga y moviéndose al grupo de valientes que le seguía, les dijo:

”–El general Sanguily va prisionero en aquella columna enemiga; es necesario rescatarlo vivo o muerto, o todos quedar allí.

”Y se dirigió al comandante Manuel Emiliano Agüero y Agüero; con un gesto señaló la dirección de la columna y gritó:

“¡Corneta toque usted a degüello! El clarín tocó nuestra típica “carga al machete”; el pelotón siguió el penacho blanco de Agramonte, y momentos después aquel puñado de jinetes desorganizó la fuerza enemiga que, gallardamente ripostó, pero fue arrollada y fusilada por 10 rifleros que pie a tierra, apoyaron la carga de los camagüeyanos”.

Según Gilberto Toste Ballart, la vanguardia de la caballería de Agramonte la componían 4 rifleros de la escolta al mando del capitán Henry Reeve, mientras que el resto estaba a las órdenes del comandante Emiliano Agüero, donde también iba Agramonte con sus ayudantes.

“Uno de los ayudantes del brigadier Sanguily, el capitán Palomino, se acercó al jefe camagüeyano y le dijo: «Creo, Mayor, que se intenta una acción para rescatar a mi jef e, y si esto es así, le ruego que me señale un sitio en el lugar más peligroso.  Así –respondió el Mayor–, marche usted al lado del capitán Henry Reeve».”

El joven Aniceto Recio, cabalgaba muy próximo a Ignacio Agramonte. Blandiendo el machete penetró como un rayo en la columna española y derribó a varios soldados. Un disparo lo alcanzó; quedando tambaleándose encima de la bestia y agarrado a su crin. Cercano a El Mayor combatía como león el sargento primero Ramón Bueno. Un proyectil lo hirió gravemente y lo derribó del caballo. Mientras que el cabo Francisco Montejo, ordenanza de Agramonte, se llevaba las manos al pecho y caía mortalmente herido; momentos después moría heroicamente.

“El general Sanguily iba bajo la custodia del sargento Lorenzo Plan que lo apresó, y en medio de la refriega se quitó el sombrero gritando: Viva Cuba Libre. Dicho sargento resultó muerto y Sanguily herido de bala en la mano derecha”.

La fuerte columna española, del Regimiento de Pizarro, al mando del comandante César Matos, se debilitaba poco a poco y pronto salió en desbandada. Los jinetes de la caballería de Agramonte sincronizaban sus movimientos como si se tratara de un solo cuerpo.
Sobre las tierras de la finca de Antonio Torres quedaron algunos muertos, heridos y prisioneros españoles, así como muchos caballos, armas, municiones, equipos y otros botines de guerra. Los cubanos tuvieron un muerto y varios heridos, aunque al siguiente día falleció el sargento Primero Ramón Bueno.

Agramonte y Sanguily se abrazaron con cariño ante la vista de los valientes jinetes mambises.
El rescate del brigadier general Julio Sanguily Garritte, se inscribe entre las acciones más brillantes del Mayor General Ignacio Agramonte Loynaz, quien emocionado destacó la destreza de sus hombres cuando expresó que “mis soldados no pelearon como hombres: ¡lucharon como fieras!”  Y más tarde, en el parte oficial, narró ese encuentro bélico con una sencillez extraordinaria:

“En la mañana del 8 de octubre salió del campamento el general Julio Sanguily. Sin escolta y sólo con dos hombres, cayendo en poder del enemigo, se componía éste de 100 hombres, montados del Batallón de Pizarro a las órdenes del Comandante César Matos. Una hora después se me presentó en el campamento uno de los hombres que había salido con el general Sanguily, manifestándome lo ocurrido. Sólo con treinticinco jinetes bien montados podía contar en esos momentos para darle alcance al enemigo, y no había tiempo que perder, para hacer esfuerzos desesperados a favor de un jefe distinguido y un buen compañero. Salí con ellos, logrando alcanzar al enemigo en la finca de Antonio Torres, cargué por la retaguardia al arma blanca, y a la invocación del nombre y a la salvación del general prisionero, los nuestros, sin vacilar ante el número ni ante la persistencia del enemigo, se arrojaron impetuosamente sobre él, le derrotaron y recuperamos el general Sanguily, herido en un brazo…”

Pepelín Cañete, habla con mucho orgullo del santacruceño Aniceto Recio Pedroso:

“En Santa Cruz del Sur lo recuerdan como al mambí héroe, un hombre sencillo; con un inmenso poder en sus brazos y en el corazón.

”A los veintiún años se incorporó al Tercer Cuerpo del Ejército Libertador y participó en una batalla contra una fuerza mucho más poderosa que aquellos 35 jinetes extraordinarios que lograron su propósito y se ganaron un lugar en la historia de Cuba”.

Leonardo Depestre, considera que “la acción, por inesperada; y la carga al machete, por su violencia y tenacidad, desconcertaron a los españoles”: “El rescate de Sanguily causó admiración aún entre las tropas colonialistas y evidenció el irreductible espíritu combativo de los cubanos”.

El combate dejó importantes experiencias en el orden militar como aseguran los estudiosos.
“Desde el punto de vista militar, en está acción sobresalen varias experiencias positivas, tales como la puesta en práctica de una ingeniosa idea del combate que logró desconcertar, neutralizar y desorganizar al enemigo, el aprovechamiento de la sorpresa, y la rapidez e ímpetu desplegado por la caballería camagüeyana”.

El Mayor demostró, con el rescate de Sanguily, que su caballería era capaz de competir con la mejor. Organizó su escuadrón para lograr una victoria segura. Contaba con el ejército regular más disciplinado. Ya Ignacio lo había dicho en carta a su amada Amalia: “Estoy preparando un escuadrón de caballería que dejará atrás a la caballería española.”
No cabe ninguna duda que el rescate levantó la moral combativa de los mambises en el Camagüey y así lo plasmó Carlos Manuel de Céspedes en carta a José Inclán:

“En la Isla nuestros asuntos van bien; el Camagüey se ha reanimado; el Mayor General Ignacio Agramante con poca fuerza realizó el hecho heroico de rescatar, al arma blanca, al general Julio Sanguily que horas antes había sido hecho prisionero; a más han tenido lugar varios encuentros de importancia favorables a nuestras armas”.

El 22 de septiembre de 1872, en la zona de Las Deseadas, camino de Santa Cruz del Sur, Ignacio Agramonte decide que Aniceto Recio Pedroso forme parte de su escolta. En febrero de 1873 es ascendido al grado de cabo.

Tras el Pacto de Zanjón, Aniceto regresa a la vida de campesino, pero al iniciarse la Guerra Necesaria de 1895 (preparada por José Martí), con 48 años de edad y con la experiencia de las dos contiendas precedentes, se incorporó en junio de ese año a la Primera División del Tercer Cuerpo. Se incorpora a la guerra acompañado de Luis Recio La O, el mayor de sus nueve hijos. Prestó servicios hasta el 24 de agosto de 1898 y alcanzó los grados de Comandante del Ejército Libertador.

Una vez terminada la guerra regresó al barrio de Guaicanamar, en Santa Cruz del Sur, arrendando al señor Mariano Brull, la finca Las Uvas. Como señala Rafael Soto Ruiz: “Y tantas vicisitudes y tantos esfuerzos, tanta sangre vertida y como final ni siquiera el palmo de tierra que Don Aniceto cultivaba en unión de sus nueve hijos era suya.”
En la finca las Uvas, se dedicaba a labores agrícolas.

Al conmemorarse el aniversario 54 del rescate de Sanguily, en 1925, se crea un Comité Gestor en homenaje a los supervivientes de ese importante acontecimiento. El día 24 de febrero de ese año, frente a la estatua a El Mayor, se les impuso la medalla conmemorativa a los cuatro jinetes que aún quedaban vivos: el coronel Elpidio Loret de Mola y Boza, el comandante Aniceto Recio Pedroso, el Alférez José Antonio Regino Avilés y Eugenio Barceló. También fue homenajeada
Cirila López Quintero. Las medallas fueron impuestas por el Mayor General Javier de la Vega Basulto.

Ya en 1941, al conmemorarse el centenario del natalicio de Ignacio Agramonte, nuevamente Aniceto Recio, con 94 años de edad, fue invitado a la ceremonia, efectuada en la Logia Tínima, a la que asistió, asimismo, Herminia Agramonte Simoni, la hija de El Mayor.

El periodista Rolando Nieves Casa, publicó en El Camagüeyano, el 25 de diciembre de 1941, una entrevista al bravo mambí en la que resaltaba que “Aniceto era en ese momento todo lo que quedaba de Agramonte como guerrero, un hombre de piel negra, de 94 años, invitado de honor por la sociedad “El Liceo.”

“El Comandante Aniceto Recio Pedroso, único superviviente del Rescate de Sanguily, honró a Camagüey con su visita, para asistir a los distintos actos que en homenaje al Bayardo se han venido celebrando al conmemorarse el Centenario de su natalicio. En el Hotel «Habana», donde se hospedaba, lo vimos.

”Aún fuerte y arrogante, nos habla con calor, de su Jefe, y de sus ojos parecían brotar lágrimas cuando contemplando a la multitud bulliciosa, decía como hablando consigo: “Parece increíble… tantos años…”

”Viéndolo sostenerse con ese vigor impropio en un hombre que incansablemente ha luchado desde su juventud, le preguntamos su edad y nos manifiesta jocosamente:

”–Pues usted verá. Yo he calculado que tengo 94 años.

”–¡Cómo! ¿Pero no lo recuerda, exactamente?
”–Es que hace muchos años que no recuerdo muchas cosas.

”Y es verdad. Cuando nos hablaba de las acciones guerreras en las que participó conjuntamente con Agramonte, no olvida detalle alguno.

”Pero, cuando se refiere a su vida, entonces no sabe nada.

”El Comandante Don Aniceto Recio, es de esos hombres. Olvida sus cosas, sus hazañas gloriosas, a las que no dá valor alguno. Y sin embargo tiene una memoria privilegiada para relatar cualquier batalla, cualquier escaramuza, en la que se distinguió un amigo, un compañero…

”Hombres así no deberían morir nunca. Es Don Aniceto, una valiosa reliquia, que los camagüeyanos todos debemos venerar. En él, está aún latente el Rescate, la vida de Agramonte en toda su inmensidad…”

A la pregunta: ¿Cuál fue su participación en el rescate? Aniceto, con una dosis de modestia dijo “estar muy viejo y no recordar apenas lo que había hecho él como soldado del Ejército
Libertador, con 24 años entonces. No obstante, sí guardaba en su mente con claridad, pese al tiempo, lo que hicieron los demás.

Al decírsele que había un cuadro de El Mayor allí, pidió:
“–Yo quiero que me lo enseñen, para ver si es verdad que tiene ojos caídos, como en realidad eran los suyos.

”Largo rato contempló el hermoso cuadro. Parecía como si estuviera en pose militar ante su jefe. Respetuosamente, sombrero en mano, se extasió mirándolo, hasta que al fin se retiró.

”–Tiene gran parecido.–fueron sus palabras”.

”Algo cansado y entristecido por los recuerdos, se detiene y no nos atrevimos a insistir. […] ¿Acaso no lo conmovió en lo más profundo de su alma una foto del Mayor?”

Finalmente al despedirse del periodista le dice:

–Volveré lo más pronto posible para mí finca en Guaicanamar donde dejé los míos, mi compañera que es una ancianita, nueve hijos y numerosos nietos.

En el año 1943 visitó la capital, acompañado de su hijo Alberto, quien ingresó en el hospital Mercedes. Aprovechando la estancia del viejo mambí en La Habana, el Doctor Pedro Hidalgo lo invita a un conversatorio en el Salón Santa Clara de la Cámara de Representantes del Capitolio Nacional. Allí intercambió con el doctor Julio Sanguily, nieto del brigadier y momentos después fue entrevistado por el diario habanero El Crisol, el 11 de marzo de 1943.

Cuentan que Aniceto salía muy poco de su casa, solo los domingos se reunía con un grupo de veteranos en la casa de Amado Abalo. Así lo sorprende la muerte el 20 de julio de 1948, a la edad de 101 años, en la más extrema pobreza y con una bochornosa “pensión”. Muere como consecuencia de una hernia estrangulada por falta de atención médica.
Según el investigador Vilfredo Avalo Viamontes, todos los vecinos de Guaicanamar supieron rendir oportunamente los honores al Comandante mambí. Su muerte fue muy sentida, (al menos) en su poblado. Viejos compañeros de armas lo escoltaron hasta su última morada. Su ataúd iba cubierto con la bandera que tantas veces ondeó en los combates. Por caminos intransitables, como consecuencia de las lluvias, la masiva peregrinación recorrió a pie más de tres kilómetros hasta llegar al cementerio. El pueblo, conmovido y firme, entonó las notas de nuestro Himno de Bayamo y posteriormente se escuchó la descarga de fusiles, como última despedida a aquel bravo mambí.

Desde entonces el Comandante del Ejército Libertador, Aniceto Recio Pedroso, el último superviviente del escuadrón más disciplinado de las tres guerras, se convirtió en uno de los principales protagonistas del Camagüey legendario.

 

Fragmento del libro Sueños y Turbonadas.


6 comentarios on “El último Superviviente de la caballería de Ignacio Agramonte”

  1. Alberto Montoya dice:

    El leer esto me ha dejado muy emocionado y muy orgulloso de ser santacruceño. Los padres de mis dos abuelas también pelearon junto a Iganacio Agramonte.

  2. […] eterna a la vanguardia de su pueblo. A sus espaldas, en estructura de hormigón, un fragmento del Regimiento de Caballería del Camagüey. (Ver +) Valora esto: Comparte este texto en:Correo electrónicoFacebookTwitterImprimirMe gusta:Me […]

  3. Reiber León Fonseca dice:

    Es bueno que escriba de Aniceto Recio, pero no que copie de la ponencia del Dr.C. Vilfredo Avalo, biografo de Aniceto por más de 20 años, seguro que alli en su trabajo hay cosas que no las dijo Pepelín Cañete. Saludos cordiales.

    • Al contrario se menciona la fuente y se enriquece el texto. Si usted viera el original de la ponencia cuando ni siquiera era Doctor se daría cuenta de la enorme diferencia. Claro Cañete solo habló del encuentro aquel de Aniceto. Cañete escribió de Aniceto cuando el Dictor no habia nacido. Quien sepa de investigación histórica, aunque sea solo un poquito, podría saber que se puede citar un texto siempre y cuando se diga la fuente.

  4. Linares de la vega dice:

    Yo soy bisnieta del general José De la Vega basulto era el padre de mi abuela alayda De la Vega. Y madre de Hatuey linares De la Vega, Marti maceo Baire, guaimaro


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