Sobre Relato Muchachos de los Canarreos

¿Ha visto a la muerte rondándole a su alrededor dispuesta a un viaje definitivo?  ¿Podrías imaginar la conmoción que puede causar ser agredido por tiburones? Este relato deviene memoria de un grumete que jamás había conocido los peligros del mar. Se cuenta la voluntad de ese adolescente que desde una humilde comunidad de pescadores marcha a la capital del país en busca de sueños y se adentra en ese fascinante y a la vez tenebroso mundo marino del que quiere formar parte. En su intento se enfrenta a los más diversos peligros, entre ellos verse rodeado por una mancha de tiburones. El personaje central, David, en su andar por los Canarreos encuentra además, a quien puede ser la mujer de su vida… pero ocurren muchos  imprevistos.

En el relato Muchachos de los Canarreos se cuenta la voluntad de ese adolescente que desde una humilde comunidad de pescadores marcha a la capital del país en busca de sueños y se adentra en ese fascinante y a la vez tenebroso mundo marino del que quiere formar parte. En su intento se enfrenta a los más diversos peligros, entre ellos verse rodeado por una mancha de tiburones. El personaje central, David, en su andar por los Canarreos encuentra además, a quien puede ser la mujer de su vida. Pero ocurren muchos  imprevistos.

En este blog solo publicaremos los primeros capítulos del relato Muchachos de los Canarreos.  La segunda parte, Vientos del Sur,  obtuvo  Primer Premio en Testimonio del Concurso Nacional de Literatura y Prosa Reflexiva Luis Suardiaz. La versión periodística radial de algunos de los capitulos forma parte de los libros Nuevo Periodismo Radial Manual teórico-práctico de Periodismo y realización radiofónica, guiones que se han reproducido en diversos portales en INTERNET.

Le ofrecemos :

El grumete y los tiburones.

Las corúas revolotean al paso de la embarcación. Solo faltan algunas horas para que el sol se esconda en el horizonte. Navegamos una vez más hacia el golfo. Habíamos salido de la Pasadel Vapor. En el vivero del Cayo Largo 79 saltan las diminutas manjúas, principal materia prima para engoar el bonito. Los pescadores localizan los cardúmenes de distintas formas: mediante el pájaro delator. Benito conoce de cabo a rabo las zonas de pesca de Isla de Pinos.

–Pero a bordo del barco nosotros sabemos buscar las marcas para localizar el pez, pero hay un tripulante que es muy bueno con los prismáticos en la mano.

–Si, me comentó Fausto, que los ojos del Galleguito son prodigiosos.

–Usa mucho, como se dice por ahí, el «sexto» sentido que hasta ahora no le ha fallado.

– Míralo…

El Galleguito se sitúa encima de la caseta de popa y en esa posición escudriña el cielo y el mar en busca de las gaviotas, el rabihorcado u otra ave marina que indique dónde puede estar la mancha de bonito.

–Observa al Este, Galleguito, me parece que vi un ave.

–No, al Este no se aprecia nada.

–A veces es necesario mirar más allá del horizonte para poder localizar al pájaro delator y, el Galleguito, con sus ojos de águila, lo hace con extraordinaria facilidad –me dice Benito.

–Entonces, Benito, en el caso del Galleguito no vale el refrán de que quien más mira, menos ve.

–Así es.

El Galleguito combina experiencia con la vitalidad de su juventud. El pescador escucha contento la conversación entre el patrón y yo. Sin dejar la observación responde a mi curiosidad:

–Tengo que agradecer eso a Benito, a Fausto y a muchos otros que me enseñaron a ver con los anteojos, porque la primera vez no podía adaptarme y entonces practiqué bastante. Siempre la tripulación confió en mis ojos.

Desde que el barco salió del quebranto, El Galleguito se mantiene en la caseta de popa en busca de movimientos de gaviotas, rabihorcado…, para indicar al patrón hacia dónde está la mancha de bonito. A veces, centenares de esas aves marinas andan juntas y facilitan el trabajo.

–Hoy no es nuestro día. No se ve una puñetera gaviota.

–No te desanimes, en cuanto caiga un poco el sol, aparecerá la mancha –le responde el patrón.

Pasan dos horas de constante búsqueda y se ha podido localizar un rabihorcado aislado, perdido en la azul lejanía. Benito cambia el rumbo y el Cayo Largo 79 se adentra en el profundo golfo. De pronto la voz del Galleguito pone en tensión a la tripulación.

–¡Benito, Benito! ¡A sotavento la mancha!

–Mantén la mirada al suroeste.

–Oye, Benito, ya estamos encima de la mancha.

–Oye, no te apures. Cachirulo, Fausto, Álvarez… ¿qué esperan para tomar la vara? Muévanse rápido.

–Despreocúpese, Benito, que antes de entrar a la mancha estaremos ahí –responde Fausto.

Se divisan las gaviotas que se lanzan con rapidez en pos de los peces. La embarcación se dirige hacia la mancha.

–A toda máquina.

–Benito, ya se ve el hervidero de agua y espuma de los bonitos detrás de la manjúa –le digo.

–Ahora si va a picar el peje, ya tú verás que sí.

El Cayo Largo 79 tiene en la popa un pequeño balcón de madera. Sobresale de la cubierta, en el espejo de popa, como un metro y medio. Protege al pescador, escasamente, hasta más abajo de la rodilla.

–Fíjate, muchacho, cómo las gaviotas se lanzan en busca de peces pequeños que vienen en la mancha –me dice Fausto.

Entonces comprendo lo que Benito me había dicho al salir dela Pasadel Vapor:

«La gaviota, como los tiburones y el pez gata, es fiel guía de los pescadores boniteros».

–¡Atentos muchachos! –alerta el Patrón.

Pronto se ve la presa a nuestras espaldas. Benito, modera la marcha. Navegamos a una velocidad de dos millas por hora. Comienzan los movimientos y los preparativos de la faena de este atardecer.

–¡Arriba! ¡Arriba! En un momento como éste todo el mundo tiene que estar en acción, incluso tú David –me dice el patrón.

–Lo que usted diga, Benito. Espero sus órdenes.

–Mantente ahí. Yo te avisaré.

Cada quien ocupa su puesto. En el barco estamos ocho tripulantes. La mayoría se ajusta los camisones de lona para protegerse de las espinas y del contacto directo y fuerte del bonito. En los tinteros colocan el extremo inferior de la caña de pescar. Benito, con la vara en una mano y el timón en la otra, comienza la maniobra circular alrededor de la mancha. Mira al manjuero.

–¡Arriba, arriba! Échale, chico, que ya viene por la vuelta –Benito da órdenes sin levantar la vista de la vara.

–Ahora Galleguito, engole la mancha con más brío. Échele bastantes manjúas.

El Galleguito engoa la mancha para atraer los peces. El movimiento es peligroso. Cuando está en la banda tiene casi el cuerpo entero fuera de la cubierta: de la rodilla hasta la cabeza. Además, del manjuero, el resto de la tripulación está en constante peligro ya que entre uno y otro pescador sólo media una cuarta.

–Tengan cuidado que con el anzuelo pueden enganchar al compañero que tienen a su lado –previene a Álvarez.

–¡Arriba, dale que está picando!

Todos están en tensión. La manjúa es lanzada viva al mar.

–¡Agarra, David!, ¡agarra el timón! Oye, pero continúa los movimientos circulares alrededor de la mancha. No podemos perder esta oportunidad que el peje está picando.

–¡Benito, Benito!, ¿eso que viene en popa es una ballenato? ¡Nos va a virar el barco! ¡Estamos perdidos! –me preocupo.

–No, muchacho, no. Eso es un pez dama. Así tan grande como tú lo ves solo come peces pequeños. Vamos, no pierdan la mancha.

El patrón realiza constantes giros. Está inquieto. Benito, Cachirulo y Fausto traen a cubierta los primeros ejemplares. Lo sigue Álvarez, quien a pesar de iniciarse en esas faenas lo hace muy bien. Parece indicar que tiene cierta experiencia o aprende rápido. Pronto la popa se ve ensangrentada por los bonitos.

–¡El peje está picando y hay que aprovechar la abundancia! ¡Cómo ésta no tendremos otra oportunidad!

La tripulación realiza movimientos casi perfectos mientras yo guio el barco.

–Arriba, muchachos que esta mancha es nuestra.

«Benito tiene razón. Esto es único. Realmente la pesca del bonito es emotiva. Desde el instante que se localiza la mancha siento una alegría inmensa». Pienso.

Sobre el azulado golfo los peces comienzan a brincar. Nos enloquecemos. «Parece que esta vez no será como en las anteriores que se le ha echado la carnada y el pez no ha querido picar. ¡Pero de dónde salen tantos peces! Es imprescindible aprovechar el cardume en cuando se aproxime a la popa».

–¡Oye, David, aprende, que te necesito como engoador! ¡Estos peces están locos por comida!

–Cuando quieras, Benito.

Suben sincronizadamente los bonitos.

–Oye, Neno, toma el puesto de David y usted, David comience a engoar. Necesito al Galleguito aquí con una vara

Son cinco hombres que se agitan como gladiadores sobre el balcón de popa.

–Usted, Orlando, encargase de ordenar los bonitos capturados.

El mar está picado. Las olas sobrepasaban la cubierta y las aguas salen por los imbornales. La operación de los hombres es precisa, segura y rápida a pesar de las violentas sacudidas de la embarcación. Los pescadores sostienen con destreza sus respectivas varas de caña brava de unos5 metros de longitud.

–Esa es la cosa, muchachos. La cubierta está repleta de bonito –se entusiasma el patrón..

–¡Y como comen estos bichos! –digo.

Sin embargo, Benito quiere aprovechar que el pez pica.

–¡Échale, David! ¡Échele! No te detengas que se nos van.

–Mira, David por la popa del barco nos acompaña una mancha de tiburones. Caramba se están comiendo los bonitos que vienen en los anzuelos.

Ahora soy el engoador. Cuando me pego a la banda a echar la manjúa tengo casi todo el cuerpo fuera de la cubierta. Quedo en el aire. Un bandazo del barco me hace perder el equilibrio.

–¡Benito, Benito, coño, el estudiante se cayó al mar!

El Galleguito está tan asustado como yo.

–¡Alabado sea Dios! –se lamenta el patrón.

Los temores dominan al viejo pescador, mientras yo lucho por agarrarme del puntal de la caseta, desafortunadamente no lo logro. «¡Carajo! Me he golpeado fuertemente el fémur izquierdo. Lo que me faltaba: las astillas de la madera me han rasgado el muslo. ¡Tengo una herida! La sangre atraerá a los tiburones».

El agua se torna roja. Estoy en el mar violento. Me agarro del neumático que se utiliza de defensa y luego me aferro al puntal.

–¡No te sueltes, muchacho! A unos metros de ti tienes tres tiburones.

No tengo casi fuerzas para subir a cubierta. Pierdo el sentido de lo que está ocurriendo. Cierro los ojos y cuando los abro, veo los tiburones cerca de mí. El miedo me paraliza. De golpe me llega a la memoria la imagen de aquella joven de ojos verdes-castaños con la que tenía un encuentro pendiente. Siento miedo de morir antes de conocer la felicidad. «¡Miedo! Tengo miedo. Ahora sí estoy entre la vida y la muerte. ¿Me habré convertido en carnada para tiburones?» Puedo morir en un abrir y cerrar de ojos. Siento que me ronda la muerte.

–¡Muchacho! ¡Agárrate bien! ¡No te sueltes pa nada!

El duelo comienza. El patrón, muy pálido aún, tira la vara, corta varios bonitos que lanza al mar. Coge un arpón y golpea a uno de los acuáticos que se hace fuerte.

–¡Vamos a ver si te resiste ahora carajo!

El viejo pescador le clava una y otra vez el pincho al tiburón. El inmenso animal desiste de su principal presa e inmediatamente se une a los otros dos tiburones que se precipitan sobre los trozos de bonitos.

–Rápido, Cachirulo. Agarra al muchacho antes de que se lo coman vivo. Ayúdalo usted Fausto. Hálenlo por los brazos.

–¡Dame la mano muchacho, dame la mano!

Los nervios me atenazan al ver nuevamente la sombra de un tiburón. Reacciono y, con los ojos apretados para no ver la mandíbula del tiburón cuando rasgue mis piernas, extiendo una mano.

–¡Ayúdame a subirlo, Fausto, que ya lo tengo! Así es.

–Vamos, ya lo tenemos.

Me ayudan a subir. Todo ocurre en unos segundos. Benito me echa una frazada por los hombros y me abraza. Me limpia la herida y cubre con una venda.

–¡Carajo, muchacho! qué susto nos hiciste pasar. Pero todo está bien, ¿verdad?

–¡Estoy vivo!

–¡Bien, muchacho bien!

–Estoy vivo, porque el Galleguito vio cuando me caí al agua y todo el movimiento de los tiburones –digo nervioso.

–Pensé que te devorarían. Es un milagro que estés vivo. Les vimos muy cerca, a un metro de ti. Me asustó la manera de moverse el pez, el que Benito arponeó. Nadaba muy rápido y andaba asustado. Incluso dio tres vueltas. Fue cuando Benito le lanzó los trozos de bonito. Por suerte, solo fue un susto.

–¡Menos mal! Yo creía que no iba a contar el cuento.

No puedo precisar si temblé de frío o de miedo. Ese atardecer estuve a punto de perder mi vida, aunque sólo contara con 14 años. Es mi primera aproximación a la muerte, a una muerte temprana

Cuando caí al mar sentí una sensación de confianza y voluntad de sobrevivir, aunque fue un momento espeluznante. Pude imponerme al pánico ante la proximidad del peligro. No puedo explicarme cómo con el fuerte oleaje y el barco en movimiento logré aferrarme  al puntal y luego al barco. Con mi incidente terminó la pesquería.

–Hoy no es tú día de morir, muchacho. Te has librado de una muerte perra. ¡Dímelo a mí que casi me come uno!.

El viejo pescador muestra la mordida de tiburón con orgullo, casi como un trofeo de batallas pasadas.

–Oye, Benito te asustaste más hoy que la mañana que fuiste atacado y estremecido por la mordida de aquel tiburón que te sumergió en el agua.

–Claro que si, Galleguito. No sabía lo que estaba pasando. No lo sabía. Además, era mi vida. Pero si a este muchacho le pasa algo, nunca me lo podría perdonar. Vaya, que se lo coma a uno un tiburón en plena adolescencia, no lo podría soportar.

La cubierta está ensangrentada y llena de bonitos que contorsionan en su agonías.

–Vete a descansar, muchacho. Hoy ha sido un día muy duro para ti.

Camino hacia el caramanchel de proa, aún con los temblores del susto y el frío. Cierro el camarote por dentro para que nadie pueda entrar y me acuesto. Pero que va. Apenas consigo pegar ojo. Cuando la luz del sol deja de dar en la claraboya de estribor salgo a la cubierta todavía asustado.

–¿Te sientes mejor?

Le digo que sí a Benito, moviendo la cabeza de arriba hacia abajo.

–Ya todo pasó, David. Ya conociste la vida del mar, muchacho.

Las horas pasan lentas. Próximos ala Pasadel Vapor la tarde comienza a reclinar. Pronto nos sorprende la noche. El Galleguito empuña el timonel. Benito indica con las manos que se mueva a babor, pero no entiende las señales del patrón.

–¡Galleguito a babor! A estribor chocarás con una baliza.

–Ya la vi, Benito, ya la vi. Pierda cuidado.

A pesar del contratiempo logramos una buena captura.

–Cerramos con broche de oro. Y tú, muchacho eres partícipe en el cumplimiento del plan de captura de bonito.

Fausto, Cachirulo y el Galleguito extraen las vísceras de los plateados ejemplares, mientras que los restantes tripulantes los dejan libre de sangre y los refrigeramos. Las olas son inmensas. Los maderos del barco crujen.

Capítulo 1: ¡Soñar despierto!

Capitulo 2: Haz lo que digo…

Capitulo 3: Los Guachos

Capitulo 4: El ritual

Capitulo 5: Si demoran se les muere

Capitulo 6: Rajado, ni muerto

Capitulo 7: La fragancia del mar

Capitulo 8: Magnitud de coral

Capitulo 9: ¡Muchacho al agua!

Capitulo 10: La felicidad se va

Capitulo 11: Un enjambre de mosquitos

Capitulo 12: El Sargento

Capitulo 13: Temporal en alta mar

Los siguientes capitulos no están disponibles en  este blog

Capitulo14: ¡Un día detrás de otro!

Capitulo 15: Proa a una Isla Mágica

Capitulo 16: La fuerza del amor

Capitulo 17: Las Picolinas

Capitulo 18: Ojeada centellante

Capitulo 19: ¡La caldera del Diablo!

Capitulo 20: Peces ciegos (Solo disponible un fragmento)

Capitulo 21: Carnada para tiburones

Capitulo 22: La confianza

Capitulo y final  23: El pretexto


8 comentarios on “Sobre Relato Muchachos de los Canarreos”

  1. Pedro Pablo Javier Mora dice:

    Admirable relato de pescadores en el que el mar y las olas, en concordancia con la fauna descrita, ponen en peligo la vida de estos hombres que a pesar de como los puede tratar el el sol y el salitre, son adictos al mar y el enfoque de su vida esta puesto en pescar y admirar el bello paisaje de las olas. Como es basado en hechos reales es más trascendente la historia además de que para mí lo es más aún, pues he navegado varias veces por esas lindas playas del Sur cerca de estos cayos y además de que un personaje puede ser uno de mis antepasados.

  2. daine dice:

    Me parece impresionante esas historias que conjugan a hombres y tiburones. Es muy valiente por parte de quienes realizan esa hazaña. Me parece muy interesante colega. No me gustan los viajes por mar, tengo terror, pero admiro a quienes se lanzan a la mar en busca de aventuras como nuestros pescadores que extraen de el lo mejor..

    • Es una historia real de la que fui testigo como grumente de un barco bonitero en el archipiélago de los Canarreos.
      A mi siempre me ha encantado el mar y cuando era periodista en Santa Cruz del Sur escribía muchos reportajes para la prensa escrita y la radio sobre los pescadores.

  3. Mariví dice:

    “Muchachos de los Canarreos” de Lázaro David Najarro Pujol; de Cuba. Diferente relato que nos mantendrá a cualquiera de nosotros aprehendidos con los imaginarios de travesía juvenil. Dígase, con horas a “des-tiempos” para no olvidar palabras o reflexionar con oralidad de antaño; armonía de colores sin desdeño, por la incertidumbre que apostarán los sentimientos vs aventuras, donde el flujo del bienaventurado arriesgo, de colores, con brisas húmedo-cálidas en aguas cuasi transparentes, se apiadará del atónito rumor sui-géneris, por si convence al lector de que no siempre todo, se lo lleva el viento!.

  4. un relato interesante de una historia verdadera y mas cuando es de un autor que conoces y las historias del mar son buenas para el alma interesantes para el vivirr buen relato amigo un saludo desde canarias

  5. […] texto forma parte del libro en preparación  Muchachos de los Canarreos, y a decir de los organizadores del importante concurso que se convoca desde Buenos Aires, […]


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