¡Soñar despierto! (Fragmento del libro inédito Muchachos de los Canarreos)

Sin plena conciencia de lo que me había traído a La Habana del Este,  aún con la melancolía aferrada a mi alma y reflejada en mis ojos, observo las olas del mar levantarse al chocar violentamente con los arrecifes. Hace apenas unas semanas no imaginaría estar aquí.
Miro el reloj y las agujas marcan las cinco de la madrugada; una madrugada oscura y fría, pero con una brisa limpia. Mi cuerpo tiene olor a océano.

«–Este mar es muy distinto al de Santa Cruz: negro, imponente, salvaje y rebelde»– pienso.

A pesar de su ferocidad lo siento como propio. Es la primera vez que visito la capital cubana.
«–En definitiva es el mismo mar de allá de Santa Cruz del Sur, que cuando la marea sube entra por el fondo de la casa, aunque no sea temporada ciclónica. El mismo olor».
A menos de una milla escudriño centenares de luces sobre la superficie de las aguas marinas. Son pequeñas embarcaciones que se encuentran en labores de pesquerías y boyas de los palangres. Febrero de 1968 se presenta invernal en esta alborada un tanto húmeda y un tanto fría. Llegamos a la escuela el 20 de enero de este mismo año.
«–A esta gente sí les gusta pescar. Vaya qué frío, es verdad lo que decían, que aquí en La Habana el frío era de anjá».
Me duele en lo más profundo de mi corazón estar alejado de los míos, pero una fuerza mayor me impide flaquear: la vergüenza y la confianza que depositaron en mí el Sueco y, especialmente, el viejo Vicente, por quien siento un gran cariño.
«–Si en alguien yo confío de todo el grupo, es en ti, muchacho»– me dijo antes de yo salir de Santa Cruz.
Mis padres nacieron pobres. Vivimos en una casa de tablas, construida con los maderos de viejas embarcaciones hundidas próxima a la rivera. Como dos metros del manglar está el fondo de mi casa. En ese mismo manglar sufrí una terrible herida hasta más arriba del tobillo con el fondo de una botella de cerveza. Recuerdo que limpié la herida con agua y jabón; y deposité kerosén y azúcar prieta para que cicatrizara rápido. Me cubrí la herida con un trapo viejo, pero limpio.
––Pobres, pero honrados ––repetía mi madre.
No me adapto aún a la escuela, debo confesarlo. Lo que mas me abruma es la falta del calor y el extrañamiento cuando entra la noche. No podía retroceder. No podía dejarlo todo a un lado y regresar a la casa, envuelto en eso que mis padres llaman desvergüenza.
El 29 de diciembre del pasado año había cumplido los 14 años. El Sueco, administrador de la cooperativa pesquera de Santa Cruz del Sur se oponía a que yo subiera en el ómnibus que nos conduciría a La Habana del Este. Pero mi madre insistía.

–Sueco, ¿qué le puede impedir a usted ponerlo en la lista?

–Mire, Esther, yo no puedo hacerme responsable del muchacho. Usted sabe que sólo se admiten en la escuela a jóvenes entre 16 y 20 años. Usted sabe que su hijo es menor de edad.

–Sueco, yo no quiero hacerlo responsable a usted, además, su hermano Manuel va con él. Manuel lo cuidará, todos lo cuidarán, ya verás.

Los pescadores que estaban alrededor del ómnibus, incluyendo a Vicente Sánchez,
tenían casi convencido al administrador que alegaba que yo era un fiñe. Pero la que más insistía era mi madre:

–Usted sabe, Sueco, que David no tendrá problemas. Mi hijo sabrá adaptarse. Además su hermano Manuel le servirá de apoyo.

– Bueno, esta bien… Vamos a hacer una excepción. Ustedes verán que me buscaran un problema cuando este muchacho llegue a la escuela. ¡Móntate, muchacho!…

–Y a ti, aquí no te quiero rajado. No permitiré que estés en el comentario de la gente del barrio –me advierte mi madre.

–Muerto primero, antes que rajado. De eso pueden estar seguros.

Pero al fin estoy aquí, en La Habana del Este, contemplando el mar del norte de afrodisíaco aroma. Me siento embelesado al escuchar el sonido hermoso de las olas y la dulce melodía que proviene de aquel misterioso mar, y dispuesto a hacer lo imposible para no retornar a Playa Bonita y poder culminar el curso de marinería.
«–Este mar es para mí el único lugar del mundo realmente interesante… Ojalá que me dejen en la escuela, porque esto es lo mío…Esto es lo que me gusta» –me decía.
La brisa fría paraliza hasta el último músculo de mi cuerpo, acostumbrado a la temperatura más cálida de mí lejano Santa Cruz. La explanada frente a la escuela se veía imponente a esa hora tan temprana de la mañana. Dicen que hoy la temperatura ha bajado mucho en toda la región: en Guanabacoa, Jaruco, Santa Cruz del Norte y La Habana.
–¡Pero qué es esto! Menos mal que con los ejercicios entraremos en calor, porque aquí el aire corta.
Miguel y yo caminamos hasta la rotonda.
–Vamos, Miguel a esperar aquí, a los muchachos que ya deben estar al bajar.
–Tú sabes, te veo preocupado, contrariado… ¡A ti te ocurre algo!
– Mira, Miguel, lo que te voy a decir no se lo puedes contar a nadie de la escuela –dije a media voz.
Me mira extrañado.
–¿A nadie?
– A nadie. Yo confío en ti, pero esto que te voy a decir no lo debes comentar ni siquiera con los de mi pueblo. La verdad sólo la saben mi hermano y Santiago Lastre.
– Pero, ¿te metiste en algún problema? ¿Te fajaste con alguien? ¿No me digas que otra vez volviste a tener dificultades?
– No es eso. Me dijeron en la secretaría que no puedo continuar en la escuela y que en estos días regresarán a los menores de 16 años, y a los rajados. Yo les dije que voy a cumplir los 16 años dentro de unos meses. La respuesta de mi situación quedó pendiente. Miguel, no quiero irme de la escuela.
– ¿Y qué edad tú tienes, de verdad?
– Catorce –respondí con voz sigilo
– ¿Catorce?
–Fíjate yo confío en ti. Mi estancia en la escuela está en el aire.
– Pues yo voy a confesarte otro secreto.
– ¿Secreto?
–Si, secreto o revelación: yo voy a cumplir los 15 años ahora en marzo. Solo soy unos pocos meses mayor que tu.
– ¿Y qué hiciste?
– Nada, allá en Cienfuegos, al montar al ómnibus nadie me preguntó la edad.
– A mi no me dejaban montar en el ómnibus.
Le reitero que guardara mi secreto.
–¿Qué tengo que hacer?
–Si alguien te pregunta, tú di que dentro de poco cumplo dieciséis.
–¿Tú crees que se van a tragar el cuento?
–Recuerda lo que dice el refrán: No esperes a que se apague la luz para buscar los fósforos.
–¡Eso está hecho! Entiendo el mensaje. Deja eso en mis manos.
–Fíjate, Miguel. Que se lo crean los alumnos; que se lo crean los profesores. Aquí casi nadie tiene la inscripción de nacimiento arriba y no van a pedir a todos que la traigan.
–Mira, David, mira para allá. Oye, vamos que ya el grupo está en la formación.
Regresamos a la avenida. Aún la ciudad duerme envuelta en las delicias de la calma y el silencio, con la excepción de algunos trabajadores que se dirigen a sus labores.
–Apúrate, David apúrate, que nos pueden reportar por llegada tarde.
Nosotros vamos a realizar los correspondientes ejercicios físicos. Mientras tanto tiritamos de frío.
–Carajo, tengo frío. El invierno es más duro que el año pasado. Claro, el norte es más frío que el sur.
–Siempre ha sido así.
–Compadre, mira eso. ¡Qué cosa más linda!
Frente a la escuela burlan el tiempo unas viejas ruinas que se dice corresponden a las fortificaciones erigidas contra los ataques de corsarios y piratas y la toma de La Habana por los ingleses. Se comenta que se habían encontrado evidencias de poblaciones de aborígenes, conquistas, colonización española, encomiendas y esclavitud.
–Oye por allá viene, Lorenzo, el instructor.
–¡A formar! –indica el Instructor, un hombre de unos 35 años. Es un negro de pequeña estatura pero fornido. Viste pantalón y camisa gris: el uniforme de la marina pesquera. Lorebzo procede de la Flota Cubana de Pesca.
–Permiso, para incorporarme –pide un alumno que llega retrasado a la formación. El Instructor, que está parado debajo de una luminaria de la avenida, solicita el nombre del muchacho y lo anota en la libreta. El chiquillo está pálido y tirita.
–Por llegar tarde, tienes un reporte disciplinario.
–¿Pero me va a anotar?
–¡Ahora sí! Perderás el pase de este fin de semana –dice casi para sí Miguel Aragón que está próximo a mí.
–¿Qué dices? –pregunta el muchacho.
–Nada, que este fin de semana olvídate del pase –responde Miguel en voz baja para no ser escuchado por el profesor, pero….
– Ustedes dos. No se debe hablar en la formación. Vamos, andando. ¡De frente…Mar!
La Habana del Este se levanta como una ciudad moderna, construida a principios del triunfo de la Revolución. Se alzan enormes bloques de viviendas sociales ejecutadas por micro-brigadas integradas por trabajadores.
– En marcha… ¡Uno, dos, tres! Vamos muchachos, mantengan el paso.
Marchamos hacia la rotonda, donde nos llega una brisa suave y fresca impregnada de olor a mar, característica de las costas en horas del amanecer.
–Compadre, mira eso, qué cosa más linda…
–Sí, pero no tanto como Cienfuegos, bueno tú lo sabes porque me dijiste que tienes familia allá. Oye, esta rotonda no tiene fin.
La rotonda interrumpe la ancha avenida de dos vías. La calzada está dividida por una hilera de cocoteros que le imprime a esta área una extraordinaria belleza. Es una ciudad costera de gente humilde procedente de diversas regiones del país que vino al occidente en busca de sueños.
–¡Vamos muchacho, mantengan el paso!
La luz tenue del alumbrado público prácticamente no permite ver las siluetas de los que nos encontramos al extremo norte de la formación. Las aguas del fuerte oleaje que irrumpen contra los arrecifes nos obligan a romper la formación.
–Ni la marcha me quita el frío. ¿A quién se le ocurrió este lugar tan cerca del mar para realizar los ejercicios? Entra, David, entra a la formación que el Instructor nos está mirando. Ese hombre tiene ojos de águila –me alerta Miguel.
–Ustedes dos, incorpórense a la fila. ¿Qué les pasa hoy…? ¿Les tienen miedo al mar? Vamos, vamos. No den qué pensar.
–Instructor, es que una ola nos mojó –se queja Miguel.
–Ah, parecen que quieren quedarse sin pase este fin de semana. ¿Cuando sean marineros le van a temer a una simple salpicadura de una ola?
–Claro que no, Instructor, pero el agua estaba muy fría.
–¿Fría? Enfrentarse a los mares no es nada sencillo. Es bueno que siempre tengan eso presente, muchachos. Sueñen pero con los pies sobre la cubierta de un barco. Vamos, arriba, ánimo y sin romper la fila.
Nuestros sueños pronto se harán realidad: surcar los mares del archipiélago de los Canarreos. Siempre tengo presente las palabras de Vicente: «Muchacho, debes soñar con un mar calmo para que te anuncie suerte y éxito. Desplazarse por el mar anuncia un período de felicidad, euforia y plenitud».
«–Tú no sabes, Vicente, cómo me acuerdo de ti- Yo echo menos a Santa Cruz. Eso si, yo no me voy a rajar» –pensaba.
Mientras tanto nos reconforta disfrutar el paisaje que nos ofrecen las azuladas aguas del mar, las nuevas edificaciones, muchas con la misma forma, aunque con diferentes alturas y tamaños, y las ruinas centenarias ubicadas frente a nuestra escuela.
Ya estamos en el mes de marzo. Vamos participar por primera vez desde que estamos en al escuela en un acto público en La Habana, en el acto conmemorativo del XI aniversario de la acción del 13 de marzo de 1957.

Es 13 de marzo de 1968.  Nos montamos en los ómnibus, temprano en la mañana para ir al Palacio Presidencial. Algunos han escrito artículos sobre la nacionalización.  Nos ensañan la instalación, histórica por el asalto protagonizado por José Antonio, un día como hoy, pero de 1957. Nos explican todo lo relacionado con el ataque de los
jóvenes del Directorio Revolucionario.

Ya en la tarde salimos haciala Escalinatadela UniversidaddeLa Habana.

–¡Dicen que Fidel va a hablar!

Exactamente, ahí está Fidel Castro, primer secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Primer Ministro del Gobierno Revolucionario muy sonriente, saludando a la multitud…Se escuchan gritos: ¡Viva Fidel! La mayoría somos estudiantes y una representación muy amplia de las fuerzas revolucionarias. No existe espacio para tantas personas.

Los meses transcurren rápidamente. Vamos con frecuencia a la siembra de posturas de Café en el  Cordón de La Habana, allá en las tierras rojas de Managua.  Los estudiantes tenemos protagonismo en todas las acciones estudiantiles.

–Oye, David dicen que los mejores alumnos van a ser invitados a los astilleros Chullima para la ceremonia de botadura de un barco. ¿Oye, viste si estas en la lista? –me dice Miguel muy contento.
–Si ya sé. En el mural están los nombres de los seleccionados. Yo aparezco en la relación, pero tú no, Miguel; dicen que es una representación por cada especialidad. Todavía me parece mentira, Miguel.
Salimos hacia el río Almendares, donde está el astillero de construcciones navales. Nos sentimos realizados con el sólo hecho de estar aquí, para ver cómo el agua recibe a uno de sus inquilinos… En la Grada de Construcción Naval espera. Veo a Lobaina muy emocionado.
–Oye, David, me acabo de enterar que es el primer remolcador de estructura de acero que los hombres del Chullima lanzan a mar.
––¿Tú crees, Lobaina?
–Sí, me lo acaba de decir el administrador. Vamos. Vamos que ya está listo para botar al río.
–Si. Córrete para allá para ver mejor.
Un funcionario del Ministerio del Transporte corta la cinta. Se escuchan los aplausos. La embarcación entra de popa al río Almendares.
–Pronto lo verás, David, en La Bahía de La Habana guiando los buques mercantes que van a entrar a puerto –me dice Lobaina.
–Realmente está impotente, Lobaina… Está muy lindo. Imagínate a ti de capitán de ese barco. ¡Un sueño!
–¡Ojalá te escuchen! Pero, bueno quizás algún día yo sea tripulante de uno de esos buques grandes que están en la bahía.
–Todo es posible, Lobaina. Nosotros somos muy jóvenes y tendremos la oportunidad. ¿No crees?
–Bueno ese espero. Eso espero.
Regresamos a la escuela. Encuentro a Miguel observando el mar.
–¡La mar está espléndida! –digo en voz alta para mí.
–Me quedaría toda la vida en esta ciudad –afirma Miguel.
Miguel se peina una y otra vez su cabello como si fuera un ritual. Habla pausadamente, con la entonación característica de la región central del país.
Es un muchacho paliducho. Con dientes a flor de labios como si estuviera sonriendo. Estudiábamos marinería. Algunos serán patrones de barcos pesqueros; otros nos especializaremos en el cultivo de la esponja o en el buceo. Llegamos a la escuela «Carlos Adán Valdés» desde distintas comunidades de pescadores del país.
Nos sorprende un nuevo amanecer. Ahora vamos a correr hacia el Este.
– Si ustedes quieren graduarse de marineros tienen que estar bien instruidos y aptos en todos los sentidos. La marinería, además de agilidad, requiere también de hombres preparados físicamente. Esto que ustedes ven aquí es solo el comienzo. Arriba, marchando ya –nos dice el Instructor.
–Permiso para acordonarme la bota –pido.
–¡Rápido, que esto es para ahora mismo! –responde.
Una y otra vez desde esta bella ciudad corremos hacia el Este, hacia el Torreón de Cojímar, una extensión de las defensas de La Habana, testimonio de una época, cuya fecha de fundación apunta al 15 de julio de 1649, cuando quedó establecido el primer asentamiento poblacional del territorio. El Torreón fue destruido en 1762 por los invasores ingleses, pero nuevamente rescatado de las ruinas y convertido en el Castillito.
–¡Rápido, rápido! ¡A paso doble! Hasta Boca de Cojimar –ordena el Instructor.
Boca de Cojímar se nos presenta como poblado de pescadores pintoresco y agradable.
– ¡Hasta el Castillito!
Nos aproximamos al Castillito.
–¡Alto! –indica el Instructor.
Sólo la minoría llega al destino en formación.
–Hemos recorrido cerca de tres kilómetros. Tienen cinco minutos de descanso, pero no se sienten… Manténganse en pie o caminando. Respiren fuerte –recomienda el Instructor.
–Vamos, Lobaina, Vamos, Miguel, a la ribera.

–Ustedes tres. ¿Hacia dónde van?
–A caminar hasta allí, Instructor… Solo vamos a ver aquel yate –responde Miguel.
En la ribera están fondeadas diversas embarcaciones pesqueras de distintas dimensiones y estructuras constructivas. Lobaina, Miguel y yo nos habíamos separado del grupo.
–A este lugar venía mucho el escritor norteamericano Ernest Hemingway. Él decía que esta era su patria chica. ¿Ustedes saben que yo soy de aquí, verdad?
A la pregunta de Lobaina, Miguel y yo nos encogimos de hombro. Es un negrito prieto y bajo; fanático a la pesca deportiva. A veces olía a marisco.
–¿No lo ven allí, en el muelle?, ese es el yate Pilar
–El que está acoderado es el yate Pilar? –pregunto.
–Pues sí. En esa embarcación Ernest Hemingway se inspiró para escribir El viejo y el mar, Adiós a las armas, Las nieves del Kilimanjaro y ¿Por quién doblan las campanas?
Ahí cerca de nosotros, está ese barco del cual se habla con tanta emoción. Es una embarcación, sólida y gobernable en cualquier estado del mar; tiene la popa baja y con un cilindro de madera gruesa para izar las piezas grandes a bordo.
–Mire, Hemingway iba a comer en el restaurante Las Terrazas de Cojímar, exquisitos platos confeccionados con mariscos.
–¡A formar! –¡A formar! –ordena el Instructor.
–Vamos, vamos, que a ese no le gusta esperar –advierto.
Los rezagados llegan con pasos lentos, desorganizados. El Instructor anota nombres, como de costumbre. Generalmente los rezagados son convocados a repetir la caminata, pero aún más temprano. Iniciamos el retorno. La marcha ahora es más rápida.
–Uno, dos, tres cuatro. ¡Alumno, coja bien el paso! –requiere el Instructor.
Llegamos sudorosos y cansados a La Habana del Este. A lo lejos se distingue el Castillo del Morro, fortaleza de leyendas, que anuncia en su faro la señal al visitante desde los muros sombríos de la vieja ciudad. El sol se refleja sobre el mar. Ya los cocoteros no son bultos oscuros. Había clareado completamente. Día a día el mismo recorrido.
Las horas pasan rápidas. Aún no hemos almorzado. Los penachos se ven iluminados por el sol de las doce del mediodía.
–Mira, mira, allá está la guagua en la que se van los rajados y los que tienen que irse de la escuela –me dice Miguel.
–Menos mal que a mí no me han dicho más nada, aunque ya se que no se tragaron el cuento de la edad.
Los dos reímos.
Para sorpresa nuestra al ómnibus no solo subieron los que están en la lista, sino otros que aparecen de momento con los equipajes en las manos. Incluso algunos de los mayorcitos. De Playa Bonita permanecemos muy pocos. Los que nos quedamos en la escuela nos sentimos verdaderos hombres. Además nos burlamos de los que se marchan.
–¿No les da penas regresar con el rabo entre las patas? ¡Son unos rajaos!
–David, ¿Y tú qué? Todavía quedan asientos vacíos. Aprovecha ahora…
–No jodas, Miguel. Sabes que yo de aquí no me voy.
–Oye… es una jarana…
–No chico, no. Si estuviera en la lista me sentiría avergonzado de regresar rajado a Playa Bonita. Yo echo menos a mi gente, pero sólo muerto me montaría en esa guagua.
–Por fin lograste lo que querías. ¡Quedarte en la escuela!
–También tú ayudaste mucho. Esa ayuda me permitió soñar despierto.

Capítulo 1: ¡Soñar despierto!

Capitulo 2: Haz lo que digo…

Capitulo 3: Los Guachos

Capitulo 4: El ritual

Capitulo 5: Si demoran se les muere

Capitulo 6: Rajado, ni muerto

Capitulo 7: La fragancia del mar

Capitulo 8: Magnitud de coral

Capitulo 9: ¡Muchacho al agua!

Capitulo 10: La felicidad se va

Capitulo 11: Un enjambre de mosquitos

Capitulo 12: El Sargento

Capitulo 13: Temporal en alta mar

Los siguientes capitulos no están disponibles en  este blog

Capitulo14: ¡Un día detrás de otro!

Capitulo 15: Proa a una Isla Mágica

Capitulo 16: La fuerza del amor

Capitulo 17: Las Picolinas

Capitulo 18: Ojeada centellante

Capitulo 19: ¡La caldera del Diablo!

Capitulo 20: Peces ciegos (Solo disponible un fragmento)

Capitulo 21: Carnada para tiburones

Capitulo 22: La confianza

Capitulo y final  23: El pretexto



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